OPINIÓN: Los tontos útiles del mal, personajes devorados por el sistema que ellos crearon. Por Ignacio Tusurya de Huegun

La Revolución es un caballo de trote implacable hacia la distopía del Paraíso en la Tierra sin Dios ni espíritu, una mala copia del Milenio apocalíptico en el que Cristo ha de reinar sobre la Tierra junto con sus elegidos. El marxismo llamaba a esta Edad de oro de la humanidad sociedad sin clases, en la que no habrá pobres ni ricos y todos seremos iguales; la Ciencia-ficción moderna nos habla del transhumanismo, en un mundo en el que las maldiciones bíblicas del trabajo y de la muerte dirigidas a Adán, y las del sometimiento al macho y el parto con dolor dirigidas a Eva quedarán definitivamente abolidas gracias a la tecnología; y la democracia liberal nos promete un libertinaje sin límites, a costa de nuestra libertad, en una suerte de progresismo ético de lo políticamente correcto en el que todo mal moral será extirpado del hombre, en el marco de una sociedad en la que las necesidades básicas quedarán aseguradas por el libre juego de las fuerzas del Capital.

En este esquema gnóstico-cabalístico panteísta en el que de la nada surge un dios que evoluciona hacia la materia y el espíritu hacia ese punto Omega paradisíaco, el trote implacable del caballo de la Revolución aniquila centenares de millones de cuerpos y de almas, algunos por oponerse activamente a su implacable avance; otros simplemente por estar en medio del camino; y no son poco numerosos tampoco aquéllos que sucumben al paso del monstruo que ellos mismos contribuyeron a crear: es precisamente de estos desencantados de la Revolución de los que voy a tratar a continuación.

Porque la Revolución impregna completamente hasta el tuétano, en una o dos generaciones, tanto a las sociedades como a aquellos individuos que la han sobrevivido por apartarse a tiempo del camino y asumir borreguilmente sus postulados sin rechistar, o bien por colaborar activamente con ella. Es por esto que los países de la antigua órbita soviética, a pesar de haber decapado su pintura exterior comunista y haberla sustituido por otra más retro, con símbolos e imágenes del Antiguo Régimen, manifiestan en sus ciudadanos una auténtica infección incurable de los principios intelectuales y amorales del comunismo más ortodoxo, ateo, materialista y nacionalista. 

Putin, de joven

Lo mismo se puede decir de la otra Europa, la libre, y de Occidente en general, que tras más de dos siglos de Revolución liberal democrática y dos generaciones de ateos tras el Holocausto del Concilio Vaticano II, comparten exactamente los mismos valores marxistas, materialistas y ateos, de sus corraciales del este de Europa.

Sabido es que la Revolución va aniquilando a sus propios hijos, porque existe una conexión lógica y evolutiva entre los principios básicos de la democracia liberal y de la democracia popular comunista, y así, los revolucionarios que se quedan atrás en este proceso progresista hacia el Paraíso en la Tierra, son debidamente purgados como reaccionarios. Esto pasa igual en las derechas y en las izquierdas, porque ambas son revolucionarias y asumen exactamente los mismos postulados básicos, con simples matices divergentes en cuanto a la estrategia y el pragmatismo leninista del aquí y el ahora. 

Por eso, siempre habrá modernos memos y payasos que clamarán que la democracia está en peligro, que se han degradado los valores de la Transición y del Progresismo, que hay menos libertades, que igualdad de sexos sí pero feminismo radical no, que inmigración sí pero que invasión no, que con Feijoo o Abascal estaremos mejor que con Pedro Sánchez, pero todos ellos se abrazarán a muerte a una Constitución masónica, a un Régimen del 78 corrupto y a una Monarquía degenerada que consideran su Biblia, su Iglesia y su Papa, muchos por convicción, porque conspiraron para instaurar en España este despropósito satánico y revolucionario llamado democracia, pero los más por mera inercia borreguil, porque comen de ello o porque no quieren meterse en líos. Porque sólo hay una democracia, la buena, la auténtica, la revolucionaria, y es precisamente la que estamos viviendo en este momento, que no es sino evolución lógica de sus principios ortodoxos desde Rousseau, Montesquieu y Adam Smith.

Personajes que ahora no encajan

Y surgen así personajes e intelectuales que empiezan a lamentarse ahora por el auge del wokismo y del feminismo, por la abundancia de activistas titiriteros del cine y de la cultura progre subvencionados por el gobierno, y que se sienten molestos porque el monstruo que contribuyeron a crear con sus películas y sus silencios ahora les señala como reaccionarios disidentes y les niega el agua y el pan que otrora comieron de su mano. Nuevos Eisensteins, revolucionarios preciosistas aburridos, quienes tras su paso por las luces de neón neoyorkinas, volvieron a su patria para ser purgados por el sistema. Tontos útiles que nos pontifican sobre el Bien y El Mal a través de personajes teóricos imposibles plagiados de El Perfume de Süskind, y fundados en el falso mito de Hitler como epítome y encarnación de cómic de la maldad absoluta y gratuita frente a las supuestas bondades democráticas. Y es que la Revolución, como religión que es, también señala a un enemigo, a un Satán, al que persigue sin piedad e intenta eliminar aun después de muerto. Ese Diablo maligno no es otro que aquél que fue combatido por la democracia liberal y por el comunismo soviético juntitos de la mano en la segunda guerra mundial.

Churchill, Roosevelt y Stalin en la Conferencia de Yalta

Pero no nos dejemos engañar: el Mal es la Revolución, por sus falsos postulados intelectuales que niegan el principio causa- efecto, y con ello a Dios y al alma, verdades de razón, no de fe. Y por su falta de valores morales estables basados en la naturaleza de los seres creados y en la voluntad del Creador, recurriendo a un ente ideal de razón inexistente, el Pueblo soberano, como legislador ético de una cosa y su contraria, y otorgando derechos y libertades a una cosa y su contraria al mismo tiempo. La búsqueda del Bien jamás debe emprenderse asumiendo como base de actuación los postulados amorales y erróneos del Mal, que es el que hoy impera absolutamente en todos los órdenes de nuestra sociedad.

El Mal y el pecado son absolutos y sin gradación en cuanto a su negación integral del orden divino de las cosas, pero, sin embargo, es una necesidad prevista por Dios para recuperar el orden primordial de la Creación, alterado por el libre albedrío de ángeles y hombres, que implica por pura lógica reconocer la opción hacia el Mal y el pecado. El Sacrificio de Cristo es la prueba fundamental de esta evidencia.

«Yo Yahweh soy el que forma la luz y el que crea la oscuridad, el que hace la paz y crea el Mal». Is. 45, 7.