Hay momentos en los que la política deja a un lado los discursos, las campañas electorales y las siglas. Momentos en los que gobernar consiste simplemente en estar.
Juan Vivas lleva más de dos décadas al frente de Ceuta y atraviesa ahora uno de los periodos más difíciles de su trayectoria política. La ciudad afronta una grave crisis migratoria y política mientras su presidente mantiene una intensa actividad institucional pese a haber reconocido públicamente que padece una cardiopatía y un cáncer de próstata actualmente en remisión.
No es necesario compartir todas sus decisiones para reconocer la dimensión personal de esa circunstancia.
Durante las últimas semanas, Vivas ha comparecido ante los medios, se ha desplazado a Bruselas para trasladar la situación de Ceuta a las instituciones europeas y ha reclamado al Gobierno de España y a la Unión Europea una respuesta ante una crisis que considera que supera ampliamente las capacidades de una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados.
Incluso ha explicado públicamente el coste personal que estos acontecimientos están teniendo para él. Ha hablado de su enfermedad, del cansancio acumulado y de circunstancias familiares que ha tenido que relegar durante estas semanas. En una entrevista llegó a afirmar que estaba dispuesto a continuar afrontando la situación «hasta el último aliento».
Detrás del presidente existe, por tanto, una persona. Y quizá convendría recordarlo con mayor frecuencia en política.
Vivas puede ser criticado por sus decisiones. De hecho, algunas actuaciones de su Gobierno durante la crisis han provocado discrepancias con el Ejecutivo central y controversias sobre la acogida y el traslado de menores migrantes. La fiscalización de esas decisiones forma parte de una democracia saludable.
Pero una cosa es discutir una gestión y otra olvidar el componente humano de quien tiene que tomar esas decisiones.
Ceuta presenta además unas circunstancias que difícilmente pueden entenderse desde la distancia. Es territorio español y europeo situado geográficamente en África, constituye una de las fronteras exteriores de la Unión Europea y mantiene una relación inevitablemente compleja con Marruecos.
Vivas ha insistido estas semanas en que el control de las fronteras debe corresponder a España y Europa y ha reclamado para Ceuta y Melilla una atención específica derivada de su situación geográfica. También ha defendido públicamente la españolidad de la ciudad y ha pedido recuperar cuanto antes la normalidad después de los acontecimientos del verano.
Puede discutirse cómo conseguirlo. Lo que resulta difícil ignorar es que, mientras mantiene esa actividad, existe también una realidad personal que él mismo ha decidido hacer pública.
La enfermedad recuerda algo elemental: los cargos públicos no dejan de ser personas cuando entran en un despacho. La política española está demasiado acostumbrada a juzgar a sus protagonistas exclusivamente por el color de sus siglas. Quizá deberíamos ser capaces de separar, de vez en cuando, la discrepancia política del reconocimiento humano.
Juan Vivas seguirá teniendo que responder por sus decisiones, como cualquier gobernante. Pero su situación también plantea una reflexión que trasciende a Ceuta y al Partido Popular: qué significa asumir una responsabilidad pública cuando las circunstancias personales invitarían a apartarse.
Gobernar no consiste solamente en ocupar un cargo cuando todo marcha bien. También consiste en permanecer cuando llegan las dificultades. Y estos días, mientras Ceuta busca recuperar la normalidad, su presidente ha decidido seguir estando allí.


