OPINIÓN | Hoy no hacía falta exhibir la fuerza militar, hacía falta en Ceuta.

El 12 de octubre exhibe el potencial de las Fuerzas Armadas españolas en un auténtico paripé mientras Ceuta sigue arrastrando las consecuencias de una invasión que no se evitó

España vuelve a sacar músculo este 12 de octubre. Aviones de combate surcando el cielo de Madrid, vehículos blindados, miles de militares desfilando con precisión, unidades de élite, la Legión avanzando a su característico paso y su inseparable cabra. Una exhibición de disciplina, tradición y capacidad militar que pretende representar el poder de un Estado dispuesto a defender su soberanía. La imagen es imponente: banderas, uniformes, armamento y una maquinaria militar que recuerda a los españoles que el país dispone de unas Fuerzas Armadas preparadas para cumplir con sus misiones. O no.

Pero una vez terminan los aplausos y se apagan los motores de los aviones, surge una pregunta incómoda: ¿de qué sirve exhibir tanta fuerza si después no se usa para proteger tus propias fronteras, como sucedió en Ceuta? Por tanto, este año sí, hay que hablar de paripé en este desfile. Tendría algún sentido si no fuera porque toda la fuerza demostrada no sirve cuando hay que utilizarla de verdad. Tendría sentido si Ceuta no estuviera viviendo 63 días después de la invasión, la misma o parecida situación inaguantable.

Y, sin embargo, mientras Madrid se convierte cada año en el gran escaparate del poder militar español, muchos ciudadanos se preguntarían allí mismo si esa capacidad se traduce en una respuesta suficientemente firme cuando la presión se produce sobre el territorio nacional. La respuesta es no. La misma distopía de siempre, una cosa y la contraria. Paripé vs realidad. Pan y circo. El desfile es el circo, pero a la hora de que falte pan, a la hora de la verdad, no estuvieron. Me da igual las razones, no estuvieron.

Un Ejército que se dedica a desfilar

Hay un detalle especialmente significativo en el desfile de este año: las unidades militares de Ceuta no han participado en la parada de Madrid porque permanecen desplegadas en la ciudad en el contexto de la crisis fronteriza. La ausencia introduce una paradoja difícil de ignorar. El desfile muestra al conjunto del país la capacidad de sus Fuerzas Armadas, pero una parte de ellas no puede acudir a la gran celebración nacional porque continúa vinculada a las necesidades operativas de un territorio que atraviesa una situación delicada. Nada que celebrar además.

Conviene precisar que el Ejército sí está presente en Ceuta y que la defensa militar de la soberanía no es lo mismo que la gestión policial de la inmigración. No se trata de exigir que los soldados sustituyan a la Guardia Civil, a la Policía Nacional o a las autoridades responsables del control fronterizo. La cuestión es otra: si España dispone de medios militares, de inteligencia y de capacidad de despliegue, ¿por qué no aprovechó todos los instrumentos del Estado para garantizar la seguridad de sus fronteras y respaldar a los ciudadanos de Ceuta?

El desfile del 12 de octubre tiene un indudable valor simbólico. Sirve para reconocer a los militares, homenajear a quienes han dado su vida por España y acercar las Fuerzas Armadas a la ciudadanía. Sería injusto reducirlo a una mera representación propagandística. Detrás de cada uniforme hay profesionales que cumplen sus obligaciones, a menudo lejos de sus hogares y en condiciones difíciles. También sería un error responsabilizar a los propios militares de las decisiones políticas que determinan cuándo, dónde y cómo deben actuar.

Precisamente por eso, la crítica debe dirigirse a quienes tienen la responsabilidad de decidir. Un país no demuestra su fortaleza únicamente cuando exhibe sus cazas, sus blindados y sus unidades de élite; la demuestra cuando protege eficazmente sus fronteras, anticipa las crisis, mantiene un cierto orden y evita que sus ciudadanos tengan la sensación de estar abandonados. El problema no es que España celebre a su Ejército, sino que la solemnidad de esa celebración supone un insulto a los ceutís y a la gestión allí realizada por individuos de baja ralea como Marlaska.

Felipe VI no ha ido a Ceuta

La otra gran paradoja del 12 de octubre tiene como protagonista a Felipe VI. El Rey preside el desfile, recibe los honores militares y representa la continuidad institucional de la Corona en una de las jornadas más importantes del calendario nacional. Sin embargo, desde su proclamación en 2014 no había visitado oficialmente Ceuta ni Melilla. La última visita de un monarca español a ambas ciudades se remontaba a noviembre de 2007, cuando Juan Carlos I y la reina Sofía viajaron a los territorios españoles del norte de África.

La ausencia resulta especialmente llamativa por el significado constitucional y simbólico de la Corona. El artículo 56 de la Constitución atribuye al Rey la condición de jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia. Desde esa perspectiva, una visita a Ceuta no es un simple acto protocolario: representa la presencia de la máxima institución del Estado en una ciudad cuya españolidad es objeto de reivindicación por parte de Marruecos y que ha afrontado episodios de enorme tensión fronteriza.

Irá mañana, acompañado de Leticia, 64 días después de ser invadidos y encima, rozando la burla al pueblo español, visitará el cementerio musulmán de Sidi Embarek, para participar en un homenaje a las personas que murieron en el mar durante los intentos masivos de entrada a la ciudad autónoma de los días 30 y 31 de julio. De los ceutís que llevan más de dos meses con una situación insostenible ya habrá tiempo por parte del rey de esta nación a la deriva. Y lo peor de todo es que seguro que se dará una baño de masas ante las ‘ovejas’ españolas, que nunca le exigen nada, y valoran asimismo su belleza: «De cerca es muy guapo», dirán las señoras. España y su eterno surrealismo.

El 12 de octubre debería ser una jornada de orgullo compartido, reconocimiento a los militares y reafirmación de la unidad nacional. Pero el orgullo también exige autocrítica. España puede exhibir una fuerza militar considerable y, al mismo tiempo, tener dificultades políticas para responder a determinados desafíos fronterizos. Reconocer esa contradicción no significa menospreciar al Ejército, sino exigir a quienes gobiernan que estén a la altura de los profesionales a los que homenajean. Pero el ejército está para proteger no para exhibiciones.