Hace décadas la censura eclesiástica y política, cuando ambas cosas eran lo mismo por entonces, aplicaba a las películas de cine la calificación de toleradas para menores, las calificadas como del 1 y del 2. Las del 3, para mayores de 16 años; las del 3R, para mayores con reparos, sea lo que significara eso, y las terribles y peligrosas del 4, éstas para mayores ‘con reparos’, algo que tampoco nadie sabía lo que quería decir. Hoy en día las calificaciones se han flexibilizado, son menos ñoñas y han pasado a ser no recomendadas para menores de 7 años, algo también sin sentido alguno, o para menores de 12 años, para menores de 18, etc. En cuanto a la televisión, antes se ponían uno o dos rombos a ciertas películas para adultos. Ahora se emiten a deshoras películas pornográficas en ciertas cadenas. Las más violentas las tenemos desde la hora del desayuno. Las de asesinos en serie y canibalismo a la hora de comer. Lo de las porno a altas horas de la mañana debe ser para que los niños y los más jóvenes no las vean, cuando hoy en día son casi los únicos que aguantan despiertos o están de marcha a horas tan intempestivas de la madrugada.
Pero aparte del sexo duro y la contagiosa violencia en la televisión, que ya de por sí apestan y están llenos de sombras, de Grey o no, hay algo aún de mucho peor gusto y, muy posiblemente también, de más dañinas consecuencias: la epidemia televisiva de ciertos programas basura, los que tienen como principio, medio y finalidad el incrementar en la mayor medida posible el nivel de estupidez, incultura e hipocresía de la sociedad, así como los aspectos más embrutecidos, bajos y rastreros de la conciencia y naturaleza humanas. Son esos conocidos programas casi siempre hechos por chupadores de sangre ajena, presentados por seres aún considerados como humanos por mucho que demuestren niveles de conciencia de depredadoras ratas de cloaca, reality shows dirigidos a los aspectos más degenerados e inmundos de un cada vez más diseminado cretinismo endémico-social, que, al fin y al cabo, es lo que aumenta los todopoderosos índices de audiencia.
No hay que ser tan ingenuos como para pensar que la propuesta de llevarse a cabo una censura cultural – ojo, no política -, de toda programación televisiva que denoste la dignidad o sea abiertamente un atentado contra la más mínima decencia de la naturaleza humana, nunca será mayoritaria y oficialmente secundada. ¿Quién podría pensar que alguno de los astutos y siempre confrontadores, pues de eso viven, y muy bien por cierto, líderes políticos del Ministerio de Incultura, se atrevería a defender tal posición en una campaña electoral? De ser así seguro que su partido perdería todas las elecciones, una tras otra, tal vez por aquello que dijera Einstein de que una mayoría de estúpidos está garantizada para siempre y que la «estupidez humana es tan infinita como el Universo» y eso que añadió a continuación que no estaba seguro de lo segundo.
Esto empalma a la perfección, lo que de paso sirve de consuelo, con la famosa frase de ese otro genio de la cultura y el espíritu, que fue el ácrata Henrik Ibsen: «La mayoría no tiene razón nunca. La minoría casi siempre tiene razón. El individuo siempre la tiene.» Por algo, los pocos seres humanos éticamente superiores e insobornables, como el personaje principal de su obra ‘Un enemigo del pueblo’, siempre serán una absoluta minoría, aunque a su vez conformen los mayores enemigos de la deshonestidad y de la generalizada mediocridad e insufrible pesadez mediática de la política profesional, a la vez que los mejores, y tal vez los únicos y verdaderos, por paradójico que parezca, amigos del pueblo.
Entonces, ¿para qué la cultura anglosajona y el modernismo han instaurado el sagrado respeto al individuo, base de cualquier verdadera democracia con sanas intenciones? Sobre todo aturde y sorprende la tercermundista inmunidad legal con la que las viperinas lenguas de algunas presentadores/as de ciertos programas de TV y sus tantas veces cínicos y/o prostituidos/as invitados y mamarrachos participantes disfrazados de seres humanos dominan los medios. Conciencias ascendidas desde las oscuras y miserables cloacas subterráneas del Hades hacia la fama de la más ineducada e inculta vulgaridad, naturalezas sin escrúpulos que se alimentan de los deshechos morales de una sociedad cada vez más subhumana, corrupta y decadente.
Deificación de la estupidez
Confabulación liderada, entre otras, por el poderoso caballero de aquellos cuyos esfuerzos y misión vital también son los de infringir el derecho a la intimidad, a la vida privada de la gente, al respeto y a la dignidad de los individuos, al mismo tiempo que se vilipendia, insulta y denigra gratuitamente a todo tipo de personas, no solo vivas sino incluso muertas, mayormente utilizando ese cáncer cada vez más diseminado de nuevo cuño que son las llamadas redes sociales. Lo que en verdad ha muerto ya es el último aliento de decencia social, elevación y respeto a la dignidad humanas. Como vergonzoso es que una persona no tenga derecho a defenderse de tanta intromisión haciendo tragarse el micrófono y mandar al dentista a un/una impertinente periodista que le persigue insistentemente en contra de su voluntad por la vía pública o le asalta a la puerta de su casa, e incluso dentro. Un caso más de que la ley protege al infractor. Y no es la única.
Tal vez fuera el papel de un Ministerio de Cultura (mínimamente evolucionado y culto) el calificar los contenidos de algunos programas de TV como atentados contra la salud mental pública, exigiéndose un nivel de mínimos que no atente contra la verdad, la cultura, el espíritu humano, los derechos del individuo, el buen gusto, y a su vez impida la deificación de la estupidez, la hipocresía y la malevolencia. En todos estos casos se podría prohibir terminantemente la emisión de todo programa de telebasura como delito contra la ciudadanía y el bien común, a ver si así se acaba con las pocas neuronas que queden de muchos guionistas, presentadores, espectadores y participantes dedicados a escandalizar y trastornar a niños y mayores.
No es que esto convertiría a rata de cloaca alguna en un ser sabio, bondadoso y digno, pero al menos ayudaría a luchar contra el peor de los venenos y enfermedades de la humanidad: la todopoderosa estupidez. La cual es la principal causa de todas las demás desgracias que acechan al ser humano, incluidos el mal, la infelicidad, la codicia, el egoísmo, el miedo y la ira. Al menos eso es lo que dijo, literalmente, el mismísimo Buda.


