La deriva y polarización de las campañas electorales. Por Fernando Cuesta

No descubro nada si digo que las campañas electorales son prescindibles. Entendemos que solo sirven de plataformas para que los diferentes candidatos muestren a sus seguidores lo comprometidos que están con el proyecto político que representan. Un hecho que es conocido por la mayoría de los ciudadanos a lo largo del tiempo. Pero no se prescinde de esas campañas porque son el mejor espejo para los candidatos, en el que al mirarse la autoestima rebasa todos los límites y, con ello, se afronta mejor la víspera electoral. Además, sirven para demostrar ante sus electores que son los líderes que necesita la sociedad para seguir avanzando.

En definitiva, que el proyecto político que representan y con el que están comprometidos es el mejor para este país, comunidad, ayuntamiento, diputación…. Todo ello también sirve para poner de manifiesto y exhibir su gran talla oratoria para criticar al resto de representantes políticos. Sirven las campañas para rendir cuentas a sus afiliados que mes a mes, con el pago de su cuota, contribuyen al proyecto y mantenimiento del partido. Aunque también, evidentemente, la meta de los políticos es reunir a cientos de seguidores para alimentar su ego viendo cómo les aplauden y aclaman lanzándoles vítores de entusiasmo como si fueran grandes artistas, aunque muchos de esos políticos, a quienes vitorean, solo tiene como objetivo vivir de la política sin llevar a cabo las tareas a las que se ha comprometido una vez que son elegidos. Algo que es demasiado habitual en este país.

Todo ese ‘circo político’ suele ir adornado con algunas actuaciones musicales para que sus afiliados y seguidores disfruten de sus innumerables mítines, a lo largo de las campañas electorales. Pero no olvidemos las comidas y cenas que se organizan para que los candidatos compartan un tiempo con sus votantes y se acerquen a ellos, de manera personalizada, para que puedan saludarles e intercambiar unas palabras de ánimo. Y no podía faltar esa pose de los líderes con sus electores, delante de los teléfonos móviles, para hacerse una foto de rigor. Esa foto que mandarán a sus amigos y familiares para sentirse orgullosos de su partido y de sus admirados líderes. Tal vez la foto vaya directa al salón de la casa, en un lugar destacado, para que las visitas puedan contemplar esa gran cercanía del anfitrión con el jefe del ejecutivo.

Todo ello es, hasta ahora lo habitual. Cada formación política organiza esa campaña electoral con el denominador común de movilizar a sus votantes. Pero, sobre todo, de afinar las críticas hacia su rival político para movilizar y animar a los ciudadanos para que se sientan comprometidos con la democracia y ejerzan su voto. Aunque en este capítulo a veces, por cálculos electorales, algunas fuerzas políticas tratan de que las urnas entren el día de las votaciones, en un período de ayuno. Algo que pese a no ser lo más correcto, la abstención forma parte del juego político y del derecho a la libertad. Pero de un tiempo a esta parte los mítines de algunas formaciones políticas se han convertido en una verdadera escupidera del rechazo hacia las otras candidaturas. Algunos partidos políticos han considerado que no tienen rivales políticos, sino enemigos y, como tal, hay que combatir duramente. La educación, cortesía y respeto al diferente han sido secuestrados, han desaparecido de las campañas electorales. Aunque es el reflejo de lo que, en la actualidad, ocurre el Congreso de los Diputados.

Los rostros de algunos candidatos cuando se suben al atril se vuelven oscuros. Se les hinchan las venas del cuello, la cara se vuelve de un rojo intenso y alzan la voz como si se encontraran en un estadio de fútbol marcando un gol. Es fácil comprobar esta actitud de algunos candidatos, aunque creo que se ha subido un escalón más en ese declive político. La actual campaña electoral en la comunidad de Andalucía es un claro ejemplo de la deriva de las campañas electorales. Diría que no es muy higiénico para la salud moral asistir a algunos mítines, aunque tengan el sello de la formación política que proyectas votar. No merece la pena escuchar a líderes que vomitan odio de sus más directos rivales acusándoles de cuestiones muy serias que para nada podrían demostrar si lo denuncian ante un juzgado. Es muy lamentable que, de la boca, de la socialista y número dos del PSOE y de quien fuera Ministra de Hacienda y actual candidata a presidir la Junta de Andalucía, M.J. Montero, hayan salido acusaciones tan sumamente graves.

Clausurar campañas

La señora Montero ha insinuado que el PP y su líder tiene mucho que esconder por merodear ambientes cercanos a la droga con la foto de Feijóo de hace más de 30 años con el condenado por blanqueo de dinero y tráfico de estupefacientes, Marcial Dorado. Una foto que se hizo cuando el líder del PP no se dedicaba a la política. Y tampoco Dorado por aquellas fechas se encontraba en el ojo vigilante de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Es miserable que tras 30 años en la que se hizo esa foto, la señora Montero conociendo lo señalado, quiera ganar votos de una mentira. Porque señalar a su rival político que merodeaba o tenía relación con el mundo de la droga significa que su aspiración a liderar la comunidad andaluza es nula y por ello trata de ensuciar al líder del PP, aunque no es Feijóo, precisamente su rival, y por ello es aún más grave ese señalamiento criminal y miserable. Pero se confirma que viendo la actitud que ha demostrado la señora Montero es más que justificable el clausurar las campañas electorales.

Marcial Dorado y Núñez Feijóo

Unas campañas que solo sirven para que quienes son conscientes de no salir elegidos tengan la oportunidad de manchar el prestigio del resto de candidatos. Tienen la oportunidad de contaminar las campañas electorales sabiendo que no tienen penalización ya que no serán ganadores de las elecciones, pero lo que buscan es la polarización. Porque esa polarización que se ha inyectado desde la moción de censura en la que el PSOE con su líder, Pedro Sánchez, a la cabeza, se hiciera con la presidencia del gobierno, ha contaminado la sociedad generando un ambiente demasiado tóxico que poco a poco más se parece a una pandemia política indecente. Por eso cada vez que se convocan comicios se refuerza esa polarización.

Es, por tanto, necesario tomar medidas ante discursos mitineros que rebasan unos mínimos de respeto y ponen en peligro la libertad de expresión. Porque en un estado de derecho, traspasar los límites de la libertad de expresión, conduce a un deterioro grave del sistema de libertades. Un sistema que todos conseguimos enterrando unas diferencias que parecían no superarse, pero que unos y otros, no sin mucho esfuerzo, supieron clausurar.