El Profesor Ramón Cacabelos (Cambados, 1955) lleva estudiando el cerebro humano y la carga genómica que arrastra cada ser humano desde hace 30 años. Su trabajo le ha llevado a ser uno de los médicos más distinguidos del mundo en el campo de la neurociencia y la medicina genómica, no en vano fue el primer catedrático de Europa en su campo. Se formó en Japón y mantiene un gran vínculo con el país. «Allí aprendía amar la ciencia», una ciencia de la que extrajo que cada ser humano es único, por lo que es un férreo defensor de la medicina personalizada en función de tu carga genética. Gracias a esa convicción fundó Euroespes, una empresa que combina sus conocimientos de toda una vida con la tecnología más moderna, incluida la IA. Y así han desarrollado herramientas de gran utilidad como es un sistema bioinformático para medir tu predisposición a un medicamento en concreto, una vacuna para el tratamiento del Alzheimer o una patente para prevención y tratamiento del Parkinson. Y, como es lógico en una persona de su conocimiento, es crítico con el sistema médico y con la industria farmacéutica. «Debería ir al compás del progreso científico para ser más eficaz».
-Si tuviera que explicarle a alguien ajeno a la ciencia a qué se dedica, ¿qué diría que hace usted?
-Me dedico a explorar el cerebro y su genómica desde hace más de 30 años. Quizá el tiempo me ha hecho un poco experto en ambas cosas. Pero no hay día que no aprenda algo nuevo.
-¿Cuestiona la medicina convencional? ¿qué piensa de este sistema sanitario?
-No cuestiono la medicina. La medicina es esencial para preservar la salud y combatir la enfermedad. Cuestiono algunos procedimientos que se usan en el ejercicio de la medicina. Cuestiono el ultraconservadurismo de cierto sector, que roza el inmovilismo; y cuestiono la ortodoxia acrítica, donde el protocolo está por encima del paciente; porque creo que la medicina debe ser personalizada. No es veterinaria. En cuanto el sistema sanitario, cada país y cada cultura tiene el suyo; y el nuestro está bastante contaminado por las ideologías y por las inercias cómodas, que lo hacen recio en cuanto a posibilidades de progreso e innovación.
-En este medio siempre apoyamos a los que salen de las reglas marcadas por principios, ¿se considera un médico diferente?
-Todos somos diferentes. Las diferencias personales suelen marcarlas nuestra educación, nuestra conciencia y las posibilidades de progresar profesionalmente a lo largo de la vida. En mi caso, es probable que el hecho de haberme educado en Japón me haya hecho un poco diferente, a pesar de haber probado las amargas mieles del funcionariado.
-Usted es una eminencia en la medicina genómica. Para los que no somos expertos, ¿se trata de que en función de los genes que arrastre esa persona, se le puede aplicar un tratamiento u otro o tendrá unas consecuencias u otras?
-La genómica es nuestra infraestructura heredobiológica, aquello que nos han aportado nuestros padres. Hoy el conocimiento de la genómica nos permite saber nuestras fortalezas y nuestras debilidades; pero no se trata de determinismo. El genoma no nos condena a nada. El genoma solo nos predispone. Somos el resultado de nuestro genoma en diálogo permanente con el medioambiente que nos rodea (alimentación, estrés, educación, tóxicos, etc). Las enfermedades mendelianas, las del sí o del no; las que nos condenan si tenemos un gen concreto mutado, no llegan aun 5% de todas las patologías humanas. Más del 80% de las dolencias que matan al ser humano en las sociedades avanzadas (corazón, cáncer, cabeza), son enfermedades multifactoriales, donde la convergencia de vulnerabilidad genómica, junto a la presión medioambiental, arruinan nuestra salud.
Por lo tanto, en términos de salud, lo importante es el equilibrio entre genómica y entorno vital. En términos de tratamiento, la farmacogenética nos permite saber qué fármacos podemos usar y qué fármacos debemos evitar a lo largo de la vida ante una enfermedad o necesidad determinada. Nuestra genómica es responsable de la buena o mala capacidad para procesar, metabolizar y eliminar adecuadamente todos los agentes externos que penetran en nuestro organismo. La farmacogenómica es la fórmula más eficiente disponible hoy para la personalización del tratamiento farmacológico.
Alzheimer en el Homo Sapiens
-Domina la neurociencia, ¿cree que llegará una solución clara para el alzheimer? ¿puede que usted llegue a dar con una vacuna para ello?
-El Alzheimer es hoy uno de los principales problemas de salud en el mundo desarrollado, pero no es nada nuevo. Existe desde que el Homo sapiens habita el planeta. Hay evidencias de demencia desde hace más de 5.000 años. Lo que ocurre es que nunca el ser humano alcanzó cifras de esperanza de vida como las actuales (84 años las mujeres; 82 años los hombres), sobre una longevidad de especie entre los 100 y 120 años. Aun así, no hay que confundir la demencia con el Alzheimer. El Alzheimer es la forma más frecuente de demencia degenerativa; pero a partir de los 70 años, más del 80% de las demencias son mixtas, con un importante componente vascular. Para sufrir un Alzheimer genuino necesitamos tener un genoma bastante defectuoso.
Hay más de 600 genes en nuestro genoma, cuyos defectos nos pueden abocar a una demencia precoz. En estos casos, las neuronas empiezan a morir cuando el cerebro deja de madurar alrededor de los 30 años de edad; y la enfermedad aparece muchas décadas después. Cuando aparecen los síntomas han muerto ya tantos miles de millones de neuronas que no hay tratamiento eficaz, porque ningún medicamento va a resucitar a las neuronas muertas.

Este es el motivo por el que venimos preconizando desde hace más de 20 años que la clave de la lucha para el Alzheimer es evitar que las neuronas mueran en vez de dar tratamientos inútiles cuando las células del cerebro ya han sido destruidas. Eso hace que la propuesta de las vacunas tenga sentido. Hasta la fecha se han desarrollado más de 120 vacunas; pero ninguna ha sido suficientemente eficaz porque todas se han centrado en la limpieza de los depósitos de proteína beta-amiloide en vez de mantener el trofismo neuronal. En el 2010 sometimos a aprobación de la oficina de patentes de Estados Unidos la primera vacuna española contra el Alzheimer. Nos la aprobaron y desde entonces estamos trabajando en la búsqueda de soluciones preventivas para evitar que las personas con genómica de riesgo para Alzheimer entren en ese proceso de muerte neuronal prematura. Es probable que antes de una década dispongamos de soluciones profilácticas mejores que las actuales.
– ¿Qué puede aportar la medicina genómica en un caso de ELA hoy?
La ELA, a otro nivel, es una enfermedad neurodegenerativa terrible, con un importante componente genómico. La estrategia de lucha contra la ELA es similar a lo mencionado para el Alzheimer: Hay que identificar a las personas en riesgo e intervenir profilácticamente. Una vez que la ELA da síntomas el destino es nefasto, aunque hay formas más tenues que permiten cierta prolongación de la vida. Pero, en general, el diagnóstico de ELA equivale a un certificado de defunción con fecha aproximada.
Industria farmaceútica descompasada
-Usted ha sido crítico con el modelo farmacéutico. ¿Cuál es el problema estructural?
He tenido oportunidad de participar en muchos ensayos clínicos a lo largo de los años; y creo que conozco bastante bien los procedimientos de la industria farmacéutica. Siendo, como es, un sector prioritario, tan importante como el de la alimentación y la nutrición, debiera ir al compás del progreso científico para servir con mayor eficiencia los intereses de la población. Sin embargo, hay tantos intereses creados detrás de la cortina industrial -y tanta contaminación política- que esta industria esencial se ha ido adulterando y, en ocasiones, predomina el componente empresarial sobre la esencia de esta industria, que debiera ser la salud.
Es un mundo complejo donde economía, política y salud pública todavía no han encontrado la armonía y el criterio adecuado para hacer que la salud no pierda la primacía que debe tener en los objetivos de esa modalidad industrial, asumiendo que el objetivo de cualquier empresa es ganar dinero. Pero hay formas y formas; y en el caso de la industria farmacéutica, el beneficio debería estar asociado a la salud, no a costa de la salud. A favor de la industria, tendría que decir que la abundancia de rigideces regulatorias, por parte de la ambición de control político, no ayudan a la hora de abaratar costes y hacer que los productos farmacéuticos sean más accesibles y tengan precios más razonables.

-¿El sistema sanitario está preparado para la medicina personalizada?
-Lamentablemente, no. La medicina personalizada se fundamenta en la medicina genómica. En este sentido, una reciente encuesta en Estados Unidos y Canadá, demostró que no llega a un 5% la cifra de médicos y farmacéuticos que se sienten familiarizados con la genómica y la farmacogenética. Los tres grandes obstáculos para la implantación de una medicina personalizada a nivel internacional son: la falta de educación en el sector de los profesionales de la salud; la estandarización de procedimientos genómicos accesibles a los médicos; y el coste de las tecnologías genómicas que -aunque se han abaratado notablemente en la última década- todavía no están lejos de ser asumidas en los presupuestos comunes. Uno de los peligros de la medicina genómica es crear una mayor distancia entre las sociedades ricas, que pueden pagar el progreso tecnológico, y las sociedades pobres, incapaces de asumir los costes de las nuevas tecnologías.
–¿Qué es Euroespes, del que usted es presidente?
EuroEspes es una empresa privada con tres áreas de actividad: una división médica; una división de medicina genómica; y una división industrial. En la división médica, el Centro Internacional de Neurociencias y Medicina Genómica, vemos pacientes de diferente procedencia: un 40% son de Galicia, un 40% del resto de España, y el 20% restante son del extranjero, de países europeos, Golfo Pérsico, América y Asia. En la división de genómica desarrollamos biomarcadores genómicos para enfermedades del sistema nervioso, enfermedades cardio y cerebrovasculares, y cáncer, en diferentes modalidades. Uno de nuestros productos estrella es Mylogy, un sistema bioinformático inteligente para la personalización del tratamiento farmacológico. Es el modelo más avanzado hoy de farmacogenómica en el mundo. El usuario lleva un sistema instalado en su móvil, iPad u ordenador al que puede preguntar por más de 1000 fármacos aprobados por la FDA americana o la EMA europea.
El sistema lee el genoma del usuario y le indica si el medicamento es adecuado o no. Con este sistema, el médico prescriptor puede personalizar los tratamientos de sus pacientes sin incurrir en error o riesgo de efectos adversos. En la división industrial desarrollamos bioproductos de diferentes líneas (marina, vegetal, animal, híbrida) para prevención y tratamiento de diferentes problemas de salud. Uno de nuestros productos más valorado, aprobado por la oficina de patentes de la Unión Europea, es Atremorine, para la prevención y tratamiento de la enfermedad de Parkinson.

-¿Qué papel tendrá la inteligencia artificial en su campo? ¿Cómo podría afectar próximamente la tecnología en el campo médico?
La inteligencia artificial es esencial en nuestro trabajo diario. En genómica, son tantos los millones de datos que manejamos cotidianamente que sería imposible entender e interpretar resultados sin la IA. Mylogy, por ejemplo, es el resultado de integrar, genómica, farmacología, patología e IA. En un futuro próximo, la IA se implantará como rutina diagnóstica en medicina y en gestión de la información médica.
Eternas ganas de aprender
-Después de toda su carrera, ¿de qué es lo que más orgulloso está?
-En lo personal, quizá el no haber perdido el interés por el conocimiento. Creo que si te falta el apetito por seguir aprendiendo cosas, te conviertes en un fósil. En lo profesional, hay unos cuantos granitos de arena que me han hecho sentir útil al desarrollo científico, como la primera guía mundial de farmacogenómica (World Guide for Drug Use and Pharmacogenomics) o el primer tratado de Farmacoepigenética (Pharmacoepigenetics), editado por Elsevier en Estados Unidos en 2019, cuya segunda edición, en dos volúmenes, acaba de aparecer. Aparte de estos detalles intelectuales, creo que Mylogy, Atremorine y la vacuna EB-101 también son motivo de satisfacción. Pero lo que más me llena de orgullo es la confianza de todas las personas que cada día ponen su vida en nuestras manos para que velemos por su salud y por su bienestar. Eso es lo verdaderamente importante en la vida de un médico.
-¿Sigue fumando? ¿Le escuche que respecto a sus genes, fumar no es tan negativo para usted?
-No creo que mis genes digan eso. Fumar quizá no sea bueno para nadie. Comer de más, tampoco. Beber de más, tampoco. La vida -como casi todo- es un problema de dosis.
-Podría abrirse un precedente peligroso de «por mi genética, esto a mí no me sienta mal»?
-El riesgo está latente, pero sería un error garrafal, por lo que mencionamos anteriormente. La genética no es determinismo. Es simple probabilidad. Quien la convierta en destino se equivoca. Lo inteligente es prestarle atención para saber lo que te conviene hacer y lo que no, pero nunca jugar con profecías.
–¿Qué es lo más importante que considera que ha hecho en su dilatada carrera? Si tuviera que elegir solo una.
-Haber dedicado mi vida al cerebro como órgano rector de nuestra dignidad.
-¿Qué es el mensajero de Asclepio, donde escribe usted artículos profesionales y sociales?
-Como su nombre indica, es el mensajero que anuncia cómo debe ser la medicina del siglo XXI.
-¿Todavía le da tiempo a escribir artículos médicos?
-Estoy en una edad en la que es importante tender las ideas al sol.
Lazo con Japón
-Sorprende no ya su estrecha relación con Japón, sino que usted llegó a aprender japonés. ¿es así, le costó mucho?
–Me formé en Japón, en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Osaka, donde viví casi toda la década de 1980. Defendí mi doctorado en ciencias médicas (medicina interna y psiquiatría) en japonés. La necesidad obliga. Es el mejor maestro.

-¿Cuántos idiomas habla?
-Bien, 3; un poco, 6.
-Por qué ese país es tan relevante en su investigación? En qué se traduce esa colaboración?
-Allí me formé; allí aprendí a amar la ciencia; allí planté mis primeros pinitos científicos; allí conservo muchos amigos; y con ellos sigo colaborando. Maduramos juntos y vamos envejeciendo juntos.
-¿Sigue viajando allí constantemente?
-Con cierta frecuencia, pero no tanto como me gustaría.
-¿Usted también trabajó en psiquiatría?
-El primer paciente que tuve en el departamento de psiquiatría donde me eduqué era un japonés con enfermedad de Huntington; y el segundo, fue un joven americano, testigo de Jehová, con un brote psicótico durante una misión de apostolado en Osaka.
-¿Qué le pasa al ser humano moderno?
Anda un poco desorientado entre tanto estímulo absurdo…
-¿Usted cree en Dios?
Soy un firme creyente agnóstico que respeta y cree en todo lo posible.
-Con 70 años, ¿de dónde saca la energía?
-Quizá de un espíritu algo más joven
-¿Le sigue ilusionando la medicina?
Como el primer día, cuando estrené la Facultad de Medicina de Oviedo.
-Próximos objetivos
-No dejarme influir por la miopía y seguir palpando los secretos de la mente humana.
La industria farmaceútica debiera ir al compás del progreso científico para servir con mayor eficiencia los intereses de la población
Mylogy, por ejemplo, es el resultado de integrar, genómica, farmacología, patología e IA
Creo que si te falta el apetito por seguir aprendiendo cosas, te conviertes en un fósil.
Cuestiono el ultraconservadurismo de cierto sector, que roza el inmovilismo; y cuestiono la ortodoxia acrítica, donde el protocolo está por encima del paciente; porque creo que la medicina debe ser personalizada
Las enfermedades mendelianas, las del sí o del no; las que nos condenan si tenemos un gen concreto mutado, no llegan a un 5% de todas las patologías humanas
En cuanto el sistema sanitario, cada país y cada cultura tiene el suyo; y el nuestro está bastante contaminado por las ideologías y por las inercias cómodas


