La catalana recibió la eutanasia ayer a la tarde, convirtiéndose en la tercera española más joven en aplicarla en un caso que no deja indiferente a nadie
Incluso, a las puertas de la aplicación de la eutanasia a una joven de 25 años, el ruido exterior, la España polarizada quiso dejar en evidencia que este ya es un país enfermo, que ni un hecho tan grave puede hacer que se llegue a un consenso en algo. Lo único claro es que España no tiene remedio y tanto enfrentamiento va a acabar mal. Yo no voy a ser el que haga de juez entre los que aprobaban encantados que se quite la vida porque es su decisión y los que querían salvársela, pero criticar al que lo quiere intentar es de ser muy mezquino.
Curiosamente, entre los que querían salvársela estaba su padre, que parece haberse convertido en el malo de la película por no aprobar algo tan doloroso para un progenitor, e incluso su mejor amiga, que llegó al hospital, dispuesta a hacerle cambiar de opinión. También aparecieron por el hospital gente con la esperanza de que cambiara de parecer. Pero Noelia ya lo había decidido. Nosotros no sabemos si era recuperable, si tenía fuerzas para intentarlo, nadie puede entender el sufrimiento de otro en una situación tan dura como la que lleva atravesando ella años y la que el sistema español le ha dejado de lado hasta la muerte.
También es cierto que se escuchan constantemente casos de gente que algún momento de su vida tuvo algún pensamiento suicida y que con el paso de los años se convirtieron en personas felices. Cuando miran atrás, se alegran de que aquello solo hubiera sido un pensamiento. No obstante, el caso de Noelia desgarra. A quien no se le haya revuelto algo viendo semejante drama es que no es de este mundo. La temprana edad (25 años), su entrevista televisiva, su horrible vida, el testimonio de sus padres, su cara de tristeza y frases como «quiero morir sola y mona, con un poco de maquillaje«, nos recuerdan que la mayoría somos afortunados y no lo sabemos.
Lo que sí sabemos que es que Noelia ya está en un lugar mejor, en el que ahora sí, podrá ser feliz. Porque la ley del karma se aplica en ambos sentidos. El que la hace, la paga, pero también al revés. El que ha sufrido, vivirá. «Los últimos serán los primeros y los primeros, últimos«. Todo es equilibrio, todo termina equilibrándose, la injusticia no dura para siempre. Sin duda, un caso tan extremo que en 48 horas ha tenido una repercusión mundial, incluso personas tan distinguidas como Nayib Bukele, presidente de El Salvador se ha hecho eco en X, criticando a las «organizaciones de derechos humanos que prefieren matar a las víctimas en vez de protegerlas».
Suicidios y abortos
Como digo, se ha hecho éste un caso muy mediático pero hay que recordar que, a pesar de que «ojos que no ven corazón que no siente», en España en el último año cerca de 500 personas se han quitado la vida por esta vía. ¿Y de los suicidios de los cuáles nadie habla y de los que no se conoce su historia, pero son igual de importantes? Más de 4.000 personas al año se quitan la vida en España. Lo grave es la facilidad, al parecer, con la que personas pueden quitarse la vida de un modo ‘médico’. La cultura de la muerte ha llegado para quedarse porque nadie va a mover un dedo contra ella. Si tienes problemas, pastillas, y si tienes muchos problemas, muerte. El sistema satánico en el que vivimos funcioan así.
Tampoco hay demasiada sensibilidad con los más de 100.000 niños abortados al año solo en España. Al parecer, como no se expresa, no hablan y no tienen que ir en una silla de ruedas, son menos humanos que los que ya son más mayores y no valen lo mismo. Una matanza indiscriminada que sigue al alza. Pero aquí la sensibilidad también ejerce su influencia. Porque en Carolina del Sur hicieron una simple prueba para las chicas que querían abortar: escuchar el latido del corazón del bebé. Solo con eso, se redujeron en un 40%. Por eso, el sistema nos quiere endurecidos, faltos de corazón y basados en un racionalismo diabólico que nos lleva a un callejón sin salida.


