El deporte necesita dejar de repartir más derechos a jugadores famosos y millonarios y empezar a exigirles más responsabilidades como respetar al entrenador
Escuchaba el otro día a Gerard Piqué recordar una anécdota de cuando jugaba en el Manchester United. Dice que un día, al acabar un encuentro, se le ocurrió sacar el móvil diez segundos. Le vio Roy Keane, el capitán del Manchester United. Un capitán de los de antes, rudo, seco, de los que no vienen a al fútbol a hacer amigos, de los que te ponen rápido en tu sitio si te vas por la tangente. El catalán recuerda la bronca que le cayó. Cinco minutos sin parar de decirle cosas bastaron para que nunca más se le ocurriera sacar un móvil en un vestuario. Me puedo imaginar broncas de otros deportistas como Michael Jordan, Petrovic, Julen Aginagalde, Fernando Hierro, Estiarte y un largo etcétera. etc. Eran otros tiempos, eran otros capitanes, eran otros vestuarios. Al igual que a nivel social, en esto también hemos ido a peor, pero la actitud y los supuestos derechos de muchos deportistas empieza a clamar al cielo y hay que darle la vuelta. Podríamos empezar a fijarnos en el rugby, un deporte más maduro.
Porque estamos entrando en una dinámica en la que el deportista, y voy centrarme por el momento, en los futbolistas, los nenes mimados de la industria, reclaman todo tipo de derechos, pero, ¿qué pasa con las responsabilidades? Responsabilidades no tantas. También es verdad que son jóvenes, que si las redes sociales, que si tonterías… Ya es hora de empezar a hacer que los futbolistas empiecen a comportarse y a hacer valer los sueldos astronómicos que cobran. Ya es hora de que la figura del entrenador vuelva a ser respetada, te guste o no te guste su método. Escuchamos muchas veces, y en esto la prensa deportiva ha contribuido, que si el futbolista no está a gusto, que si no se entiende con el entrenador, que no le dirige la palabra, que si le están haciendo ‘la cama’ al entrenador. ¿A quién le importan los sentimientos de unos jóvenes privilegiados, que se dedican a lo que más les gusta y tienen la vida arreglada?
Le damos demasiado importancia a las motivaciones o sensaciones de futbolistas. Y la conclusión de todo esto es que hacen lo que les da la gana, se saben poderosos y no entienden que tienen unas obligaciones que cumplir, con el club, con el entrenador y con los aficionados y el resto no importa. Como esto se ha desvirtuado es hora de coger el camino inverso: mano dura. O, lo que es lo mismo, volver al pasado en cierta medida. El entrenador es la máxima autoridad en el vestuario, es tu jefe ahí dentro y punto. El respeto no va en función de si juegas más o menos o te da ‘mimitos’ cuando no marcas. Y si no juegas, te callas y apoyas al compañero. Las malas caras se las dejas al obrero que se levanta a las 5.00 y no llega a fin de mes. Si no te gusta, renuncias al sueldo y te vas a jugar con algún equipo amateur. Y los peores son los que vienen de más abajo, como Vinicius. No le verás a Toni Kross las actitudes del brasileño. Ya es hora de volver a poner en su sitio ciertas actitudes en el deporte profesional y, sino, a Arabia, que allí te van a aguantar todo. Pero no es un ataque solo al madridista.
Porque la culpa la tienen, en su mayoría, muchos clubes que han permitido manga ancha a estos jóvenes millonarios, con millones de seguidores en redes sociales, que tienen unos egos inaguantables. ¿Por qué se permiten los móviles en el vestuario al acabar un partido? El móvil al salir, en el vestuario escuchas al entrenador, te duchas y te cambias. Y no hay cómo comparar con lo que todos hemos vivido en algún vestuario amateur. Si la figura del entrenador no es respetada, adiós, ya no es una autoridad y reina la anarquía. Todos hemos tratado de tener un buen comportamiento con los compañeros por la unidad del grupo. Y todos ellos pagan dinero por jugar. ¿Y resulta que los privilegiados sí tienen libre albedrío? También, todo el que haya estado en cualquier equipo, sabe que hay jugadores que juegan menos. Es una faena pero es así. Y esos pagan lo mismo y, en la mayoría de los casos, se aguantan. Sino, sería inviable formar un colectivo. No todos pueden ser ingenieros, también tiene que haber peones. Incluso, los niños en los colegios lo entienden. Y ahora resulta que los que más cobran, más se quejan.
El caso Obradovic
Salimos del fútbol para ir al baloncesto. Uno de los casos que más han llamado la atención en los últimos tiempos es el de Zjelko Obradovic en el Partizán. Obradovic tiene nueve Euroligas en su haber, un dato demoledor, que le sitúa como el entrenador más laureado de la historia de Europa. El serbio empezó a entrenar en 1991 en la antigua Yugoslavia. Los métodos en el deporte en aquel momento eran tremebundos, al límite, y económicamente no había color. No es que eso sea lo idóneo, pero es que hemos virado hacia lo contrario. Y Obradovic ha vivido el proceso. Y ya no ha podido aguantar más. En diciembre presentó su dimisión del equipo de sus amores, el Partizán de Belgrado, donde empezó, como hemos dicho.
El serbio ve que nada cambia, que la actitud de los jugadores es pésima, que casi les da igual ganar que perder y ha dicho basta. En una entrevista reciente de su mano derecha, el español Josep María Izquierdo explicó lo que era de sobra conocido. «Los nuevos jóvenes tienen muchas cualidades, pero entre ellas no está el compartir y ser parte de un equipo. Son muy individuales, son muy egoístas. Solo piensan en su bien por encima del bien común. Allí, como entrenadores, sobrábamos«. Es tremendo sentir que sobra el entrenador más laureado de Europa en el club de sus amores. Al final, como en la sociedad, destaca el egoísmo. «Los jugadores trabajaban bien o muy bien en cosas individuales. Mis pesas, mi tiro, todo ‘mi’. Pero muy mal en cuestiones relacionadas con el equipo«. Ya está bien de móviles, de retrasos, de salidas nocturnas, de mensajitos en redes sociales, de miradas, de malos gestos; la mano dura está para atajar todo esto, el que no la aplique que luego no se queje.


