Cuando el estrecho de Ormuz perteneció a España. «Era una piedra preciosa»

En el siglo XVI, junto a Portugal, la Monarquía Hispánica se sirvió de él como una gran aduana marítima, perdiendo su control en 1622 a manos de los ingleses y persas

El renovado protagonismo internacional del estrecho de Ormuz, eje clave del comercio energético mundial, ha reavivado también el interés por su pasado histórico, marcado por el dominio ibérico durante más de un siglo. Lo cierto es que, lo que poca gente sabe, es que la isla de Ormuz estuvo en maños de la corona española, tras ser conquistada por Portugal en el siglo XVI y pasar después a la órbita de la Monarquía Hispánica tras la Unión Ibérica, cuando ambas coronas quedaron bajo un mismo monarca.

Desde entonces, Ormuz se consolidó como una de las posiciones estratégicas más valiosas del imperio. Funcionaba como una gran aduana marítima desde la que se controlaban las rutas comerciales entre Asia y Europa a través del golfo Pérsico. Cada embarcación que atravesaba la zona debía pagar derechos y aranceles, convirtiendo este enclave en una de las principales fuentes de ingresos del llamado Estado de la India, la estructura que sostenía la presencia ibérica en Asia. La relevancia de este punto era tal que en la época se decía: “El mundo es un anillo y Ormuz es su piedra preciosa”.

Sin embargo, a comienzos del siglo XVII, la posición ibérica empezó a debilitarse en un contexto de creciente presión internacional. El Imperio español, inmerso en múltiples frentes, no logró consolidar alianzas efectivas en la región. En particular, fracasaron los intentos de entendimiento con Persia frente al enemigo común otomano, lo que abrió la puerta a un acercamiento entre los persas y los ingleses.

Dibujo que representa La Compañía Inglesa de las Indias Orientales

La caída de Ormuz en 1622 fue consecuencia directa de esta nueva correlación de fuerzas. Una alianza entre el sah Abbas I de Persia y la Compañía Inglesa de las Indias Orientales lanzó una ofensiva cuidadosamente planificada contra la posición ibérica. Lejos de un ataque frontal, la estrategia se centró en debilitar la resistencia mediante el control de recursos esenciales, que fue minando la posición española.

El primer paso fue la toma de la isla de Qeshm, situada frente a Ormuz, donde se encontraban los principales pozos de agua potable que abastecían a la fortaleza. Este movimiento resultó decisivo, ya que dejó a la guarnición sin acceso a un recurso básico. A ello se sumó el bloqueo marítimo, con el hundimiento de barcos portugueses que impedían la llegada de víveres, refuerzos y munición.

Durante aproximadamente diez semanas, unos 500 soldados portugueses y españoles resistieron el asedio en condiciones cada vez más precarias. Sin agua, sin suministros y sin capacidad de defensa efectiva, la rendición se hizo inevitable en mayo de 1622. La pérdida no solo fue militar, sino también simbólica: el mayor imperio de la época cedía una de sus piezas clave por falta de previsión logística.

Felipe IV

Las consecuencias fueron inmediatas para la monarquía de Felipe IV. La pérdida de Ormuz supuso un duro golpe económico, al desaparecer una de las aduanas más rentables del imperio, y una humillación geopolítica que evidenciaba la pérdida de control sobre rutas estratégicas. Además, consolidó la presencia inglesa en la región, que pasó a dominar buena parte del comercio en el Índico.

Quevedo lo reflejó

El impacto de este episodio también quedó reflejado en el ámbito cultural. El escritor Francisco de Quevedo, crítico con la gestión política de su tiempo, aludió a la caída de Ormuz en sus versos contra el mal gobierno. En ellos denunciaba la lentitud de la administración y la incapacidad de reaccionar con rapidez ante crisis de gran magnitud, resumida en la idea de que “el daño es pronto y el remedio tarde” o “Los ingleses, Señor, y los persianos han conquistado a Ormuz…

Quevedo

Los intentos de recuperar la plaza en los años siguientes, entre 1623 y 1627, fracasaron reiteradamente, confirmando la pérdida definitiva del enclave. Este episodio marcó el inicio del declive de la presencia ibérica en Asia y anticipó cambios estructurales en el equilibrio de poder global. Años después, en 1640, Portugal iniciaría su proceso de separación de la Monarquía Hispánica.

En la actualidad, el estrecho de Ormuz vuelve a situarse en el centro de la tensión internacional, recordando que, siglos después, su valor estratégico sigue siendo determinante. Las disputas por su control, ayer y hoy, reflejan la persistencia de este enclave como uno de los puntos más sensibles del tablero geopolítico mundial y la voluntad actual iraní es volver a convertirlo en una aduana marítima.