1 de mayo, feliz día de la oveja trabajadora

Siempre que se producen reivindicaciones que se sabe que van a caer en saco roto me imagino a varios poderosos en un despacho fumándose un puro y riéndose del rebaño de ovejas que salen a la calle el 1 de mayo, supuesto día del trabajador, en el que tras agitar muchas banderas sindicalistas, hablar por un megáfono y pegar una patada a un contenedor, nunca cambia nada. «Déjalos con su ilusión, que piensen que van a cambiar algo«, se dirán los poderosos, unos a otros, mientras se descojonan. Las ovejas son ambiciosas y se ilusionan, de eso no cabe duda, piensan que van a ganar derechos o algo. No es difícil jugar a futurólogo con ciertas cuestiones, pero cuando las mismas situaciones se repiten una y otra vez y no estableces patrones, denominadores comunes y aún crees en Cenicienta, enhorabuena, ya eres un esclavo. Y no escaparás nunca, porque el mejor esclavo es el que piensa que no lo es. El sistema te atrapó, pero necesita más esclavos y en este caso vendrán de fuera. Ah, y la clase media está en sus últimos días.

Porque hoy se reivindica el día del trabajador, el 1 de mayo. Quizás después del día de hoy, aumenten significativamente los salarios. Ya te digo que las ovejas somos así, soñadoras. Pero para que aumenten no debe haber mano de obra regalada de personas que vienen de fuera con una mano delante y otra detrás que aceptarán lo que sea. Nadie cuestiona la consecuencia, sino la causa. Pero a los poderosos, que al fin y al cabo, son los que manejan los hilos, querrán mano de obra barata para aumentar sus beneficios. Estos son peor que el esclavo, porque se engañan con la normalización moral de la avaricia y la codicia, pecados capitales, que los más inocentes piensan que no entrañan consecuencias. Por eso, Jesús dijo esta frase: «No puedes servir a dos amos a la vez. O estás con Dios o estás con el dinero» (Mateo 6:24). O estás a enriquecerte a costa de los demás o priorizas ayudar, una u otra, el resto es hipocresía.

Quizás, tras algunas manifestaciones, se produce una rebaja fiscal sin precedentes, igualándonos con Andorra, por ejemplo, a donde muchos van a pagar menos impuestos, con la consiguiente diatriba moral de los buenistas, generalmente de izquierdas. Aquí se produce un fenómeno encantador: ovejas diciéndole a los demás lo que está bien y mal y cómo deben actuar. Ellos son así, esclavos convencidos a los que les molesta que otros dejen de serlo, ya se sabe aquello de «el mayor problema no es mi pobreza, sino que los demás la vean«. De este modo, acaban en un callejón sin salida en el que caen en una especie de síndrome de Estocolmo, por el cuál acaban diciendo que están encantados de pagar tantos impuestos, que incluso pagarían más y los reconocerás porque siempre terminan sus argumentaciones haciendo alusión a tres palabras. Las dos primeras son sanidad y educación, y cuando los fríos datos reflejan que eso corresponde a la cuarta parte total, se producen cortocircuitos que acaban derivando en una calificativo final: «Facha». A estos esclavos se les puede observar con total normalidad y a cualquier hora por cualquier calle del país. Están como una cabra, pero no son peligrosos.

Luego es curioso ver cómo estos fenotipos, que han visto el deterioro económico-laboral flagrante delante de sus ojos a lo largo de las décadas, ahora acepten migajas que sirven para autoengañarse de que realmente estás consiguiendo algo y que la lucha obrera es esencial. No digo que no lo sea, sino que está claro que no es efectiva. Todo se mueve en función del capital, no de las necesidades del pueblo. Personas que han visto cómo en su casa solo trabajaba su padre y que la familia con seis hermanos salía adelante con menos dificultades que ahora familias de tres miembros, quieren, a modo de solución de algún tipo, trabajar dos horas y media menos al mes. Y ya estaría, es que como para no descojonarse desde un despacho. Y dejan estas reivindicaciones en manos de políticos que cobran 100.000 euros al año, que les lanzan algunas soflamas desde su coche de alta gama pagado por el pobre contribuyente que no llega a fin de mes, pero que ha izado banderas el 1 de mayo. «No nos podemos quedar en casa», te dicen como epílogo a un show dantesco.

Igual me equivoco y desde hoy aumenta la capacidad adquisitiva o se encuentra una solución para el problema de la vivienda, para que tengamos unos servicios públicos sin saturaciones o los autónomos dejen de estar asfixiados. Qué curioso que los mismos que están en primera fila levantando banderas y pegando gritos no vayan a la raíz del asunto. Y ahí están todos juntos, las ovejas del progreso y los empresarios, de la mano en su razonamiento que, por alguna extraña razón, la entrada de más millones de extranjeros con salarios y pensamientos de esclavo va a suponer alguna solución de algún tipo, en vez de la causa principal. Aquí el esclavo vuelve a desarrollar de nuevo síndrome de Estocolmo, porque defiende convencido medidas que van claramente en su contra. A esos no hace falta amenazarlos ni intimidarlos ni crear guerras para que obedezcan, ya son felices esclavos. Y, en su inocente delirio, se preguntarán por qué no les va bien en general, como si la vida les tuviera manía y todo esto se reflejará en sus caras.

El Frente Obrero

Y en medio de esta situación, se entiende que una formación política como El Frente Obrero haya ganado peso en la esfera nacional, porque parece ser el único que piensa mínimamente por el trabajador. Ya no utilizan el término obrero porque cada vez hay menos y no llega a la gente, pero por lo menos, defienden posturas racionales y confrontan a políticos cuando su clasismo económico les aleja del pueblo con medidas incomprensibles. Porque si tenemos que esperar a que sea la izquierda clasista la que defienda al trabajador, ellos son más de defender a ciertos gremios de mujeres, por ejemplo, el de mujeres que fuman o también el de cortesanas, por encima de otros. Y ya si tenemos que esperar a los sindicatos nos quedamos sin comer, porque se lo habrán comido todo antes de que llegues, sobre todo si el menú incluía unas buenas gambas. Ellos son más de buey de mar que de troca, más de cuatro tenedores que de cuatro horas seguidas de trabajo. Pero a tope con los trabajadores sí señor, ahora cuando acaben el menú degustación, se ponen con ello.