El 9 de marzo es el día en el que numerosas mujeres que han acaparado las calles manifestándose, descansan de la resaca populista y mitinera, poniendo en escena el feminismo repugnante y sectario. Del feminismo de una Izquierda que se ha echado en brazos de la intolerancia y de la dictadura. Hemos asistido a un movimiento de un sector de la sociedad que ha servido para confirmar que el feminismo debe tomarse un tiempo de reflexión. Me refiero al feminismo de pancarta, que ignora que existen mujeres que no necesitan salir a la calle para reivindicar la igualdad en este país. Consideran que en España la igualdad es una realidad y si hay algo que reivindicar es la modificación de la ley conocida del “sí es sí». La ley que perdona delitos contra la mujer, que se elaboró y aprobó por mujeres. Mujeres que no buscan la protección a la mujer. Son sectarias que solo tienen como objetivo tratar de ridiculizar al perfil ideológico contrario.
Porque lejos de proteger a las féminas de agresiones, violaciones o asesinatos, la ley ha premiado a sus agresores recortándoles las penas a las que habían sido condenados. Son las mismas mujeres que se han manifestado por las calles este 8 de marzo gritando “no a la guerra”. Un eslogan que para nada encaja en la fecha en el que se celebra el día de la mujer trabajadora, aunque el 8m ya se sabe que engloba un poco de varias reivindicaciones. Hemos escuchado decir a la ministra portavoz del gobierno, Elma Sáinz, que “el feminismo también es pacifismo y por eso alzamos la voz y decimos no a la guerra”. Frase que retrata a quien la pronuncia. No se entiende que se diga semejante ridiculez habiendo escuchado a las mujeres iraníes que se muestran aliviadas de que los EEUU e Israel hayan emprendido una acción armada contra el régimen iraní que las tiene ‘machacadas’.
Mujeres que no cesan en animar a las tropas americanas e israelíes para que acaben con un régimen criminal. Mujeres que no tenían ningún derecho y a las que se asesina sin castigo alguno. Están agradecidas porque al fin los EEUU e Israel, han escuchado sus gritos desesperados. Gritos de mujeres que apenas pueden agarrarse a la vida si rechazan ser aplastadas por un régimen asesino. Además, no debemos pasar página sin mencionar a la ministra de igualdad, la señora Redondo, que no se ha privado de acudir a la manifestación del 8-M. Una ministra que no merece respeto alguno. Después de una nefasta gestión de las pulseras anti agresores, que en un principio afirmaba que funcionaban bien, se comprobó que fallaban más que una escopeta de feria. Y no solo eso, además, se permite el lujo, en un día tan señalado como el 8 de marzo para las mujeres, acudir a una convocatoria a la cual no aportaba nada. Al contrario, aumentaba su carácter sectario.


Una ministra que debería haber dimitido por su desastrosa administración del ministerio, que con 500 millones de euros de presupuesto no ha sido capaz de amortiguar el gran número de delitos sexistas. Una de las mejores consecuencias que a las mujeres les puede suceder es que pida perdón y dimita. Porque la señora Redondo representa al sectarismo vomitivo de un feminismo adulterado y contaminado. Sin olvidarnos de la ex ministra Irene Montero, que en el día de la mujer trabajadora quería que se notase su presencia en las manifestaciones. Ha puesto una denuncia porque ha recibido amenazas de muerte de un grupo neonazi. Ignoro si es verdad, pero su credibilidad es la misma que nada. Su paso por el ministerio de igualdad fue nefasto. Debemos recordar que fue la ministra que aprobó la decepcionante ley del ‘sí es sí‘ y con esto creo que queda todo dicho. Desafortunadamente el 8-M está siendo contaminado, desdibujado y expulsado de las plataformas reivindicativas de los derechos de la mujer. Las feministas sectarias, de salón y, en definitiva, las incentivadas por los recursos del estado, están arrojando el 8-M al estercolero social más lleno de podredumbre y despreciable.


