Recomendaban el otro día los locutor@s catalan@s del lobby gay en un programa de Radio Nacional, ante el resurgimiento del fascismo en Occidente, que se revisaran dos películas imprescindibles para entender el fenómeno: una, La ola, de 2008, y otra, Anniversary, de 2025. Lo cierto es que no existen, que yo sepa, películas o series que muestren fielmente lo que es el fascismo real, lo primero porque quienes pretenden exponerlo en una película o en una serie no tienen ni idea de lo que es, aunque pretendan saberlo; y lo segundo, porque siempre se recurre a una doble vía: reflejar de aquella manera el fascismo pasado con enfermos psicópatas uniformados de negro que hablan raro y torturan y matan a saco a hombres, mujeres y niños como quien se toma un café escuchando a Wagner, o prevenir contra el neofascismo futuro a través de nebulosas distopías totalitarias sin ningún punto o programa ideológico reconocible, simplemente mostrando un matonismo arbitrario, más o menos estatal, de manos de unos señores blancos, más o menos trajeados o uniformados de oscuro, quienes se dedican a controlar o a perseguir a la gente en grandes coches negros, en especial a librepensadores, demócratas, artistas, mujeres, homosexuales y no blancos en general. Las dos películas citadas van por esta última vía, al estilo del 1984 de Orwell, quien, no lo olvidemos, intentó reflejar en su novela el régimen estalinista, no el fascismo.
El problema de exponer el fascismo a través del género de ficción (por tanto, no real) con el propósito de aleccionar a las masas, por lo visto amenazadas hoy de ser contagiadas por esta peste recurrente en la Historia, es que, si se hace bien, puede llevar a que estas masas se den cuenta de que el fascismo no es tan malo, o que, incluso, puede ser la solución a muchos problemas actuales que ya se dieron en el pasado. De modo que en estas ficciones no se puede concretar mucho en cuanto al contenido ni al verdadero programa fascista, y es necesario que haya mucho matonismo descerebrado y mucha crueldad psicopática que ha de poner en jaque nuestros derechos y libertades fundamentales, sobre todo los de cintura para abajo. En definitiva, lanzar un mensaje emocional e histérico, no racional e histórico. Redactar un ensayo serio y documentado sobre el fascismo no es el estilo de sus detractores, primero, porque no saben de qué hablan; segundo, porque no son intelectualmente capaces, ni existen pruebas ni documentos históricos creíbles que les den la razón; y tercero, porque las masas no leen ensayos.
Y si hay alguno capaz de hacerlo, como la judía Hannah Arendt, no va a contar la verdad, porque entonces, ya lo hemos dicho, sus lectores verían la luz y se harían fascistas por millares. La raíz de la confusión en torno al fascismo se halla en que el término está tan generalizado que ha perdido todo significado. Todo lo que no sea democracia sería fascismo, cualquier autoridad no elegida en votación sería fascista, y desde Julio César, pasando por Felipe II, hasta Napoleón, o cualquier padre de familia algo estricto, serían fascistas. Los comunistas e izquierdistas en general lo usaban y lo usan para denostar a sus padres ideológicos, los liberales jacobinos revolucionarios de la derechona burguesa de toda la vida, que suelen hacer buenas migas con el Capital y, en su momento, con la Iglesia preconciliar, por lo que ambos serían también fascistas, aunque, como bien nos prueba el economista e historiador Antony Sutton, el Capital judío neoyorkino financió la Revolución soviética y a la URSS constantemente durante toda su existencia, y si se hundió fue porque el soviético era un régimen netamente capitalista controlado desde fuera.

Y la Iglesia, la buena, no la actual secta del Vaticano II, también se puso a despotricar contra Hitler y Mussolini en sendas encíclicas que jamás se osó enviar a países católicos en los que los revolucionarios liberales y masones eran ya la autoridad competente. Las derechas, a su vez, también usan el término como improperio contra sus hijos ideológicos de la izquierda, desde el momento en el que el socialismo y el comunismo nacen adoptando métodos mafiosos matonistas y totalitarios, que posteriormente, para combatir a aquéllos, usará Mussolini (Hitler vino después), el auténtico y estricto fascista por antonomasia. Pero hablamos de medios, no de contenidos ideológicos, que, evidentemente, son dispares con los socialistas-comunistas y los liberales-demócratas, porque lo que pretende el fascismo es unir a la gente fuera de divisiones de partido, clase y territorio, con una raza y una religión comunes, sometidos todos al principio de autoridad (con excelencia intelectual y probidad moral de las jerarquías), con subsidiariedad y participación popular en la elaboración de las leyes, al margen de la usura capitalista, de la finanza internacional y del poder del dinero, todo dentro del marco orgánico de una familia, un sindicato y un municipio, con justicia social no de igualdad, sino de dar a cada uno según sus merecimientos, y con absoluta libertad para el bien y la verdad, porque lo demás es libertinaje. Esto es el fascismo.
Y este fascismo tiene que utilizar los mismos métodos expeditivos de su satánico enemigo revolucionario si realmente pretende imponerse a él con éxito. No puede haber votaciones, partidos, división de poderes, libertad para el mal y el error, lucha de clases, egoísmos materialistas, dominio del Capital ni enfrentamiento entre hermanos que pongan en peligro la paz social y el futuro, tanto material como espiritual, de la patria común. El fascismo tiene que fundamentar el cuerpo de la sociedad en la familia, el trabajo manual e intelectual y en la comunidad de raza homogénea que ha constituido su materia histórica; y el alma de la misma en una moral estable fundada en la única religión del Dios verdadero, Jesucristo-Yahweh, que no es otra que la católica, y en una concepción espiritual, artística y estética del mundo. Por eso, las primeras medidas a tomar deben ser la nacionalidad por razón de sangre, la expulsión inmediata de todo aquél que no sea español de raza, por parte de padre y de madre, porque si el derecho a emigrar existe, también existe el de impedir la entrada de inmigrantes; y el aumento de la población nativa a través de generosas ayudas sociales y de la penalización del aborto y de la contracepción, pestes del feminismo que ponen en peligro grave la supervivencia de la sociedad. Verán ustedes cómo se resuelven inmediatamente los problemas de delincuencia, de vivienda, del paro, de la excesiva fiscalidad, del gasto público y la deuda, de los bajos salarios y las malas condiciones laborales. Procrear, producir y gozar de una vida digna. A problemas complejos, soluciones sin complejos.
Porque la democracia liberal también utilizó, ya desde sus primeros crímenes en 1789, y sigue utilizando hoy, estos mismos métodos fascistas y totalitarios, los de 1984 de Orwell, dulcificados con otros de la otra gran distopía clásica que es Un mundo feliz, de Aldous Huxley: puño de hierro con guante de seda para complacer las bajas pasiones humanas, nublar el cerebro y ahogar el espíritu para convertirnos en mano de obra barata mestiza al servicio del Capital. Cualquier película o novela distópica ya no es género de ficción: es pura realidad en ciernes, máxime con los avances tecnológicos que ya han entrado en nuestras vidas o están ya llamando a nuestras puertas. Porque eso a lo que llaman fascismo no es ni ha sido nunca fascismo histórico: es pura tiranía y, efectivamente, es una peste recurrente en la Historia, y con las constantes mejoras tecnológicas, vuelve cada vez más refinada y poderosa, bajo formas hoy democráticas y anarco-liberales que en pura lógica han de evolucionar a formas totalitarias sovietico-estalinistas, como ya sucedió en el siglo pasado. Y contra esa tiranía sólo hay una solución eficaz: el fascismo ortodoxo sin contemplaciones.

Pero mucho cuidado, señores, que no todo lo que se vende como fascismo es tal. Las élites dirigentes del cortijo a nivel mundial, no sus payasos títeres de los gobiernos nacionales, con el fin de polarizar a las masas para que se maten entre ellas como gallos de corral, crean sucedáneos de fascismo franquiciados y financiados por Nueva York y Tel Aviv y controlados por el Sistema para engañar a los idiotas de buena voluntad con melodías de flautistas de Hamelín, todo para que no se dejen seducir por un auténtico fascista como Mussolini, Hitler o Jose Antonio, quien tarde o temprano volverá como Caudillo del Tajo o como el gran Emperador Enrique V, tal y como aseguran muchas profecías. Y para dirigir tales engendros engañabobos llamados de ultraderecha o fascistas ponen al frente a personajes mediocres y controlables de oscuro pasado y dudosa moralidad que comparten lecho con judías y negras, como Santiago Abascal, el vicepresidente norteamericano Vance o la lideresa de Alternativa por Alemania Alice Weidel; o son homosexuales, como ésta misma, o como Bardella, el delfín de Marine Le Pen; o mestizos café au lait como Ignacio Garriga, de VOX, o Geert Wilders, de la ultraderecha holandesa. ¿De qué nos va a defender y qué va a cambiar esta chusma de politicastros a sueldo del Sistema?
Los documentales de la 2
Por eso la democracia liberal y el Capital, que no temen a las hordas extranjeras que nos invaden con su complicidad, ni les importa la degeneración moral y espiritual en la que han sumido a Occidente, todo para su beneficio y perpetuación, no tienen inconveniente en favorecer y financiar a las izquierdas antifascistas y antirracistas, y a toda una suerte de colectivos paraproletarios, homosexuales, feministas, inmigrantes y víctimas de aquí y de allá, todos tontos útiles a su servicio, para polarizar y enfrentar a la gente y animarles a combatir al único enemigo al que realmente temen, el fascismo de verdad, contra el que lucharon de la manita de Stalin durante la segunda guerra mundial. Por eso tantas películas y series de ficción y tantos documentales holocáusticos en la 2 de TVE, cuando Hitler ya lleva ochenta años muerto. Porque lo que tienen pensado las élites para Occidente no es sino una suerte de tiranía tecnológica neoestalinista (y capitalista, como el régimen soviético) de bata blanca para exterminar a la mayor parte de la población mundial y esclavizar al resto, los goyim que trabajarán la tierra prometida, la Tierra, otorgada por Satanás a su pueblo elegido, el falso Israel luciferino que hoy impera.
De ahí las políticas de destrucción sistemática de la agricultura y la ganadería en todo el Mundo, la guerra de Ucrania en el granero de Europa, el cierre del suministro a Europa del gas ruso, los bombardeos ucranianos al crudo ruso, el corte total del petróleo de Oriente Medio, y la acaparación del crudo de Groenlandia, Venezuela y Méjico. Objetivo: hambre, peste, guerra, infierno y muerte para el verdadero pueblo elegido de Yahweh, el Israel que habita en Occidente, nosotros mismos.


