OPINIÓN | Nosotros somos el Israel de la Biblia. Por Ignacio Tusurya de Huegun

A petición del Sr. Director de este Diario y de numerosos lectores que no han acabado de entender por qué suelo decir en mis artículos que la raza aria que reside en Occidente es el verdadero Israel que cita el Antiguo Testamento de la Biblia, he decidido aclarar la cuestión, de modo comprensible para todos.

Dios, cuyo nombre propio es Yahweh en dicho Testamento, se encontró con un problema tras el Diluvio universal, decretado para el exterminio de la raza híbrida de gigantes surgida del ayuntamiento entre ángeles y mujeres humanas que ponía en riesgo la futura Encarnación de Él mismo como hombre en la figura de Yashuá o Jesucristo. El problema era que ese gen angélico de los gigantes o nefilim (los dioses de todas las mitologías) sobrevivió en el arca de Noé, como nos cuenta el primer libro de Henoc, a través de su mujer, quien lo transmitió como dominante al hijo de ambos Cam y como recesivo a su otro hijo Yafet, quedando el tercero, Shem, limpio, como su padre Noé. Cam descubrió la desnudez de su padre, es decir, se acostó con su madre, y del fruto de esta relación nació Canaán, maldito entre sus hermanos Shem y Yafet, que eran también sus tíos. 

Y en esta tesitura posdiluviana, Dios tuvo que formar un pueblo genéticamente cerrado (segulah) basado exclusivamente en la raza de Shem, el padre de la raza aria, no de los hoy mal llamados semitas, quienes no descienden de él, sino de Canaán. Por eso el salmista nos dice que hay dos pecados o envenenamientos genéticos del Adán original que Dios creó con gloria divina: el de Adán y Eva, que nos afecta a todos generándonos tendencia al mal moral, y el de la madre (la mujer de Noé), que afecta principalmente a los hijos de Cam y especialmente a los de su hijo Canaán, y que supone un agravamiento de esa tendencia general a la maldad entre ciertas razas camitas y cananeas: negros, chinos, indios y bereberes-cartagineses y fenicios, básicamente. Por eso Dios en el Deuteronomio mandaba a Israel no mezclarse con cananeos y exterminarlos a todos, mujeres, niños y ganado incluidos.

Porque Dios estableció una predestinación genética a la salvación entre los descendientes de Shem y los sanos de Yafet: a partir del Diluvio sólo los llamaría a ellos, no al resto de hombres, porque éstos iban a rechazar indefectiblemente su llamada, por su mayor maldad, y Dios quería concederles el beneficio de la duda y la ignorancia para que pudieran salvarse en el Juicio final. Con este resto genéticamente limpio del elemento angélico constituyó a Israel sobre la base de Shem y Abraham, para mezclarlo posteriormente con Yafet: y de aquí surgen los pueblos indoeuropeos que posteriormente se extenderían por Europa, para mezclarse con los preindoeuropeos, también descendientes de Shem, y por todo Occidente y más allá.

Nacen los indoeuropeos, según las últimas investigaciones, al sur del Cáucaso, en Armenia y entre los ríos Tigris y Éufrates, Aram Naharayim, que es la tierra originaria de la estirpe de Abraham (no Ur de Caldea, que es la tierra de su padre, emigrado allí, y donde él nació), a donde precisamente manda a su hijo ir a buscar esposa, y territorio de los hurritas y urartianos, ancestros de Akhenatón, el faraón herético que de la nada se sacó de la manga un culto monoteísta muy parecido al israelita. Los indoeuropeos son los parientes colaterales de Abraham, y la de éste es la estirpe aria que invadiría Egipto con carros, armaduras y caballos para fundar las dinastías de reyes hicsos, uno de los cuales fue, precisamente, su biznieto José.

El Nuevo Testamento, en Lucas y Mateo, se molesta en darnos la genealogía completa de San José desde Adán, pasando por el rey David, y la de José, padre de la Virgen, desde Abraham, descendiente de Shem, estando también David por medio. Ni Jesucristo ni la Virgen vienen de dichas genealogías, porque estaban hechos de otra pasta, pero esto es otra historia. Dice el Antiguo Testamento que David  (de nombre indoeuropeo) era rubio, no pelirrojo (‘ademoni, el mismo término que define a Adán como encarnado, del color de la tierra original antes de que hubiese lluvia, manantiales y vegetales) y de hermosos ojos, justo como el Cantar de los Cantares describe la fisionomía de dos israelitas de alta alcurnia, que se diría parecida a la de un alemán tostándose al sol en Benidorm: soy morena, pero hermosa… no reparéis en que soy morena, pues que me ha quemado el sol. Mi amado es blanco y rubio (‘adom), su cabeza como oro finísimo, las extensiones de su peluca (quevutzot) negras como el cuervo; sus ojos son como palomas… Amada… tu cuello es cual torre de marfil, tus ojos como los estanques de Jesbón, y tu cabello rojo como la grana.


Peluca egipcia de cabello natural. Museo britanico de  Londres (EA 2560).

Cuando en el 722 a. C. los asirios toman los territorios de las diez tribus norteñas de Israel, éstas son expatriadas más al norte, a la tierra de Abraham, entre los dos ríos citados. Desde allí se extenderían más allá del Cáucaso para constituir los pueblos bárbaros que invadirían la Europa Cristiana en el s. V d. C. para formar la base fundamental de la Iglesia Católica: los sacae o escitas, luego sajones (Isaac’s sons); los khumri de la casa del rey Omri de Israel, o cimerios y galeses (cymru); los daneses y teutones (deutschen) de la tribu de Dan; los hunos heftalitas de la de Neftalí; los Sabalin-goy de Frisia, de la de Zebulón; los semnoni suevos, de la de Simeón; los euscos de la de Isacar, los Iberos e hiberni descendientes de ‘Eber, ancestro de Abraham… La propia Biblia suscribe la tesis indoeuropea en Macabeos cuando afirma que espartanos y judíos son hermanos, y del linaje de Abraham. (Carta de Onías sumo sacerdote a Ario, rey de Esparta).

Momias de Thuya y de Yuya, príncipes hurritas abuelos de Akhenaton. Nefertiti su esposa también era princesa hurrita.

Por ello, San Pablo no fue el apóstol de los gentiles, sino el apóstol que evangelizó a Israel, que por aquél tiempo ya habitaba en Europa, cumpliendo así el mandato de Jesucristo: no vayáis camino de los gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos, id más bien a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Porque el Evangelio estaba dirigido en primera instancia a las ovejas perdidas de Israel, no a los gentiles, ya que las otras dos tribus, Judá y Benjamín, lo habían rechazado asesinando a su autor en la cruz. Y así dice Hechos que la palabra que (Dios) envió a los hijos de Israel anunciando la buena nueva (Evangelio) de la paz por medio de Jesucristo le fue encargada a San Pablo: 

Instrumento escogido me es éste, para llevar mi Nombre en presencia tanto de los gentiles, como de los reyes y los hijos de Israel, entre los que no estaban los judíos. Santiago, el apóstol de España, empieza su carta dedicándola a las doce tribus que viven en el exilio. Por esto mismo vino a nuestro país.


Esvástica de origen indoeuropeo en una piedra del segundo Templo de Jerusalén.
Suelo de la sinagoga de Ein Guedi

El Israel ya constituido en Iglesia Católica sería quien llevara sus genes para mestizarse con los gentiles de todo el Mundo porque, puesto que existe una predestinación racial para asumir la fe y salvarse, era necesaria la unión de la genética de Israel con la de los gentiles, para que éstos fuesen también Israel y recibiesen de buen grado la Fe. De este modo, como en todo Europa se perdió el cromosoma Y originario por las invasiones de indoeuropeos y bárbaros, también en América se produjo el mismo hecho por la presencia civilizadora española: el mestizaje era necesario en cuanto que medio imprescindible para la conversión de los gentiles a la verdadera religión de Israel, la católica.

Sin embargo Lucas nos previene de una cosa: de que habría una época en la que el tiempo de la gentilidad llegaría a su fin, el Evangelio sería predicado por todo el Mundo, seguiría una apostasía general y ya no habría nadie más a quien convertir (porque la actual secta romana del Vaticano II no es Iglesia Católica, y ya no hay ni sacerdotes ni sacramentos válidos), por lo que el mestizaje con los cananeos ya no sería una obligación, sino una prohibición, como en el tiempo de Moisés. Ese tiempo ha llegado y mezclarse con otras razas hoy es una abominación, y mantener nuestros genes limpios de mezcla es un imperativo religioso y divino. 

Nuestros antepasados intuían algo en torno a esto de la predestinación racial desde el momento en el que se impedía a negros e indios, aun bautizados, acceder a la Península y tener potestad sobre cristianos blancos, de modo que no podían tener cargo público ni ser sacerdotes, práctica esta muy reciente sobre todo tras el Vaticano II. Sobre moros y judíos, aun convertidos, las sospechas fueron siempre mayúsculas, y por esto se instituyeron los expedientes de limpieza de sangre, nuestras leyes de Nuremberg, se decretó el registro del apellido de la madre y se puso la manta en las iglesias para tirar de ella: no emparentarás con los cananeos; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo, porque desviará a tu hijo de en pos de Mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Yahweh se encenderá sobre vosotros, y os destruirá pronto. Desde el momento en el que hemos metido en nuestra patria millones de cananeos de todo el mundo, de lo mejor de cada casa, la sentencia condenatoria divina contra nosotros ya ha sido dictada.

Judíos vs Israel bíblico

Y la gran pregunta que vendrá ahora a nuestros lectores será sin duda ¿quiénes son entonces los judíos si no tienen nada que ver con el Israel bíblico? La respuesta es simple: el pueblo elegido de Satanás, quien siempre imita a Dios en todo. Ni tienen un solo gen que los emparente con ese Israel bíblico, ni guardan un solo punto en común con la Ley de Moisés, en la que no creen, hasta el punto de haber constituido una religión falsa alternativa, el talmudismo o judaísmo farisaico, ya denunciado en su tiempo por Jesucristo, que los llama asesinos, mentirosos e hijos del Diablo. Su ley no es la Torah sino el Talmud. Sólo el verdadero Israel llevó la Torah, el Antiguo Testamento, a los gentiles del Mundo.

Racialmente, cerca del noventa por ciento de los judíos del Mundo son asquenazíes, provenientes del Imperio jázaro, de base racial turca y asiática, que se desarrolló entre el mar Negro y el Caspio entre los S. VII al X d. C. y que se convirtió al judaísmo farisaico. El otro diez por ciento, los sefardíes, no tienen nada que ver racialmente con las tribus de Judá y Benjamín, que ya en tiempos de Cristo eran una minoría aristocrática asentada principalmente en Jerusalén, Belén y Nazaret (ciudad de los descendientes del netzer o retoño de David). El exilio de los judíos a Babilonia en el VI a. C. hizo que se mezclaran con la raza caldea, como afirma Nehemías. Los propios macabeos, y sus sucesores los hasmoneos, eran de origen racial samaritano (extranjeros introducidos por los asirios en la tierra de Samaria tras la expatriación de los israelitas en el VIII a. C.), y la mayor parte de la población de Judea ya en tiempos de Jesús era de origen alógeno (siendo los palestinos actuales sus descendientes, como afirmaba el propio Ben-Gurión),de modo que los sefardíes son descendientes de diferentes pueblos conversos al judaísmo (llamados prosélitos) por toda la cuenca mediterránea, desde idumeos, fenicios, egipcios hasta cartagineses o bereberes, e incluso kurdos de la antigua Adiabene y negros de Etiopía y del reino converso himyarita del Yemen.

El Israel que a todo el mundo le viene a la cabeza cuando se pronuncia dicho nombre es la mayor impostura de la Historia, un engendro alumbrado por el sionismo político, a la manera de nuestros nacionalismos, a pesar de la condena explícita de los rabinos de su tiempo. Su gran objetivo es exterminar al verdadero Israel, robarle la identidad de pueblo elegido de Dios y quedarse con la herencia. Y en éstas estamos, primero los palestinos y luego nosotros.

En cuanto al futuro, lo único que podemos decir es que Dios guardará para los tiempos finales a ciento cuarenta y cuatro mil primogénitos con su parentela de la raza de las doce tribus que se hallan dispersas por Occidente, los cuales se salvarán porque no asumirán la marca de la Bestia, por lo que hay que deducir que ésta será una marca genética introducida o inyectada desde fuera, seguramente algo que tenga que ver con aquel gen angélico del que hablé al principio; hagan ustedes sus cálculos matemáticos con el 666 y el 144.000, que van en versículos seguidos en el Apocalipsis, o mejor compren mi libro y léanselo si desean saber algo más de lo que hasta aquí les he contado.

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