La exalcaldesa de Barcelona ha tenido que abandonar el piso en el que vivió durante más de 15 años porque asegura que no podía asumir el alquiler con un solo sueldo
Ada Colau vuelve a situar la vivienda en el centro del debate, aunque esta vez desde una posición muy diferente a la que ocupó durante sus años como alcaldesa de Barcelona. La exdirigente de los comunes ha reconocido que ha tenido que abandonar el piso de alquiler en el que llevaba más de 15 años porque no podía llegar a final de mes con un solo sueldo y que ahora comparte vivienda con un familiar.
La explicación de Colau tiene una particularidad que la convierte en una historia políticamente llamativa: la vivienda ha sido precisamente una de las grandes banderas de su trayectoria política. Antes de llegar al Ayuntamiento estuvo vinculada a la lucha contra los desahucios y, durante sus mandatos, impulsó políticas destinadas a aumentar la vivienda protegida y la intervención pública en el mercado inmobiliario.
Ahora, años después, la propia Colau cuenta que se encuentra en una situación que afecta a muchas familias: mientras vivía con su pareja podía asumir el alquiler, pero tras la separación tuvo que afrontar los gastos con un único salario. “Con un sueldo no podía”, ha explicado.
Una política que cumple con lo prometido
Hay un elemento que diferencia el caso de Colau de algunas de las polémicas que han rodeado a dirigentes de la izquierda en los últimos años. Colau no se compró una vivienda de lujo al alcanzar el poder ni abandonó el alquiler para instalarse en una gran propiedad. Al contrario: continúa viviendo de alquiler y ahora explica públicamente que no puede mantener sola la vivienda que ocupaba.
Desde este medio, no podemos sino mostramos nuestro respeto a cualquier persona que, confundida o no, es fiel y consecuente con sus ideales. Ella se aplicó a sí misma y se vio perjudicada por sus propias leyes. Es lo que se le pida al de arriba, que no miente al de abajo bajo una hipocresía que ya hemos normalizado. Colau puede ser lo que sea, pero su trayectoria personal en materia de vivienda no se ha separado radicalmente del modelo que defendió políticamente.
El contraste resulta especialmente evidente si se recuerda la polémica protagonizada en 2018 por Pablo Iglesias e Irene Montero, cuando ambos compraron un chalet en Galapagar por el que solicitaron una hipoteca de 540.000 euros. La operación provocó entonces un debate interno en Podemos sobre la coherencia entre aquella adquisición y el discurso político de la formación. Ese es el problema; el engaño, el no dar ejemplo…
“Me podría haber comprado una casa”
La propia exalcaldesa ha aportado otro elemento a esta historia. En una entrevista reciente explicó que durante su etapa como alcaldesa renunció a más de 400.000 euros entre parte de su sueldo y dietas, y aseguró que podría haberse comprado una vivienda.
Su relato no encaja, por tanto, con la imagen de un político que convierte la vivienda en bandera mientras aprovecha el cargo para mejorar sustancialmente su patrimonio inmobiliario. Eso no convierte automáticamente sus políticas en acertadas ni elimina el debate sobre sus resultados. Pero sí introduce una circunstancia personal que resulta difícil de ignorar: Colau parece haber aplicado a su propia vida una parte importante de aquello que defendía públicamente.
La cuestión puede resumirse en una paradoja: la política que durante años defendió que el acceso a la vivienda no debía depender exclusivamente de la capacidad económica se encuentra ahora experimentando personalmente las dificultades de mantener un alquiler en Barcelona con un solo salario. Igualdad para todos.
De la política de vivienda a la experiencia personal
Colau sostiene que su situación demuestra un problema estructural del mercado del alquiler: viviendas cuyo coste resulta asumible para un hogar con dos ingresos pueden dejar de serlo cuando una familia se rompe y queda un único salario. Ella misma ha explicado que el mercado parte de la premisa de que en una vivienda habrá dos personas con ingresos.
Se puede discutir si las políticas que impulsó durante sus años en el Ayuntamiento consiguieron o no resolver ese problema. También se pueden cuestionar sus efectos sobre el mercado inmobiliario y sobre propietarios e inquilinos. Pero hay un dato que resulta difícilmente discutible: Colau no está contando esta historia desde una vivienda en propiedad o desde un chalet, sino desde la necesidad de abandonar un alquiler porque afirma que ya no puede pagarlo sola.
Y ahí aparece el contraste con otros dirigentes de su espacio político. Mientras algunos acabaron protagonizando polémicas precisamente por mejorar notablemente sus condiciones residenciales después de alcanzar posiciones de poder, Colau presenta una imagen diferente: una exalcaldesa que continúa alquilando y que ahora reconoce que ni siquiera puede mantener por sí sola la vivienda en la que ha vivido durante más de una década.
Sin embargo, en la otra cara de la moneda nos encontramos con esto. Esto sí es hipocresía.


