OPINIÓN: La ciudad del cuarto de hora. Por Ignacio Tusurya de Huegun

Quizá hayan oído ustedes hablar de un concepto novedoso como el de la ciudad de quince minutos, que garantizaría a cualquiera de sus habitantes poder acceder en ese tiempo a todos los servicios necesarios con gran comodidad. Supongo que la mayoría de los que lean este artículo no han estado nunca en prisión y, por tanto, no saben nada de la vida carcelaria, aparte de las patochadas que se cuentan en las películas de Hollywood. Pues bien: yo, que sí he estado, les voy a contar a continuación en qué pretenden convertir aquéllos que están al cargo del establo, da igual del partido que sean, la ciudad en la que ustedes viven.

Un centro penitenciario siempre se organiza en módulos aislados, por aquello del divide y vencerás, y esos módulos jamás tienen cocina ni despensa, de suerte que, en caso de motín, se pueda establecer un sitio por hambre. Todos los suministros de luz, agua y calefacción se controlan desde fuera y, por descontado, está todo lleno de cámaras. Hay corredores internos aislados para el acceso de funcionarios, y en el economato de cada módulo, no se paga nunca en metálico, sino por un peculio que se ingresa desde fuera por banco. Las llamadas, las conversaciones con las visitas y el correo están intervenidos, y los chivatos campan en cada esquina, empezando por el capellán, por lo que el sicólogo del módulo tiene medios suficientes para leer el pensamiento de cada recluso. Hay servicio médico interno, y aquél que no haga caso de las prescripciones sobre vacunas y pastillas se arriesga a cumplir su condena en el módulo más infecto y peligroso. Los presos del módulo pueden montar cualquier jarana, que no será inmediatamente respondida, pero cuando cada uno esté en su celda, entonces vendrán las detenciones uno por uno, y al día siguiente resultará que los promotores de aquélla habrán desaparecido como por arte de magia.

Si en este país se ha metido inmigración extranjera es por tres razones: para alimentar al Capital, para reemplazar o mestizar a la población blanca, y para promover la delincuencia, de modo que haya más policías y más cámaras. Esto es lo que siempre exige la derechona pepero-voxista: más policía, más seguridad, leyes penales más duras, pero esto no es para los delincuentes, sino para la población en general, que pide más cadenas porque se siente insegura. La Policía son los cuernos de la Bestia, porque aquí manda Satanás, y no está para proteger a los ciudadanos ni sus derechos, ni para combatir una delincuencia que sus propios jefes generan, ni para garantizar el orden público, como las FOP del Caudillo; antes bien, está para la seguridad del Estado (FSE), del Capital y de sus élites, y va a obedecer cualquier ley o su contraria que venga del Gobierno, sea del palo que sea, porque al final, todos los partidos son sabuesos que obedecen al mismo amo.

Si Pedro Sánchez se aferra al Gobierno como una lapa es porque sabe que este año de 2026 ó, a lo sumo, el próximo, va a declarar un estado de excepción en el que podrá volver a mandar tiránicamente como en 2020; esto ya se lo han dicho los amos del cortijo. No sé si por una nueva pandemia, por revueltas consecuencia de un colapso económico, o por una invasión rusa de Europa, elijan ustedes el jinete apocalíptico que más les guste, pero tengan por seguro que esto va a pasar, y pronto. Lo último que quisiera un tirano en este caso es ver hombres blancos cabreados campando por ahí con armas de caza en sus rancheras diésel 4X4, de ahí que convenga ir denigrando la caza a través de los tontos útiles animalistas, e ir cambiando los coches actuales por basura eléctrica desenchufable y localizable por control remoto, con la excusa de la paparrucha del cambio climático.

¿Por qué hay escasez de munición en las armerías desde que empezó la guerra en Ucrania? ¿Por qué el transporte público está tan bonificado? ¿Por qué se promueve la España vaciada privándola de todos los servicios básicos? ¿Por qué se quiere meter a los inmigrantes en las ciudades a través de expropiaciones encubiertas de segunda vivienda de españoles, habiendo tantos pueblos vacíos? Nada mejor para el caso que tener las reses estabuladas en módulos penitenciarios urbanos de quince minutos, para poder controlar a miles de ciudadanos con cuatro policías en las cuatro vías de salida. El monte es muy amplio y no se le pueden poner puertas.

Datos y dinero
Ha dicho hace poco la ministra de turno que se van a poner tarjetas SIM no extraíbles a las nuevas pulseras de los maltratadores y presos en tercer grado. Pero ¿se creen ustedes que no las tenemos ya en los coches modernos, en los móviles, y los vacunados hasta en el cuerpo? ¿Por qué ya no se puede extraer la batería del móvil? ¿Por qué nos dejan largar nuestros pensamientos en las redes, mails y wasaps para luego ir a casa del que más jarana monte y hundirle la vida con un delito de odio, de asociación criminal, de difusión de bulos o de lo que se les ocurra? ¿Sabían ustedes que todos sus aparatos eléctricos modernos son grabadoras de imagen y sonido? «Ah, yo no he hecho nada, no tengo nada que temer» dirá el tonto de turno. Cuando el último mono del módulo en el que viven ustedes, el que nunca hizo nada, lía alguna gorda, aparece todo lo que ha dicho y escrito desde un año atrás por lo menos. Tienen todos los datos grabados, procesados y cruzados con los de otros emisores, por si fuera el caso. Lo tienen todo de todos. Hasta las grandes empresas tecnológicas tienen expedientes con todo nuestro pensamiento que les hemos tecleado desde los doce años, y lo venden a otras empresas y a los gobiernos; cuando presentamos el currículum con veinticinco años nos conocen mejor que la madre que nos parió. Y nunca hicimos nada. Y hay nombres que ya tienen cruces rojas al lado. Yo tendré unas cuantas.

Cuando llegue la hora, señores, y será más temprano que tarde, cuando les prohíban usar el dinero en metálico para acceder al economato de su módulo, cuando su peculio penitenciario esté controlado por el banco, cuando desde fuera limiten su consumo de luz, agua y calefacción por superar la huella de carbono, cuando les expropien sus bienes por mor de la Ley de Seguridad Nacional del ínclito Rajoy, cuando les irradien con las antenas que han construido en los tejados de los edificios de su centro penitenciario para activar el grafeno que les metieron en las vacunas, cuando no puedan salir del módulo en su nuevo coche chino porque se lo han bloqueado a distancia y han apagado todos los puntos de suministro, cuando les cierren bares y restaurantes que quedarán abiertos sólo para las élites, tranquilos, ya les informará el Gobierno a través de los móviles, la radio y la televisión por voz de periodistas autorizados con carnet, como cuando Franco, y no buleros como yo. Los más jóvenes igual tienen más suerte y podrán ir de vacaciones al frente ruso. Para entonces ya no habrá gente como yo para advertirles a ustedes a través de medios como éste. Habremos desaparecido del módulo como por arte de magia.