Hay un chapapote ideológico que pringa desde hace un par de décadas el pensamiento español, porque yo de pequeño no recuerdo esto, aunque sus orígenes son más antiguos y su extensión por Occidente se remonta a los años sesenta del pasado siglo, que consiste básicamente en una sentencia condenatoria inapelable de doble rasero en relación con uno de los dos elementos de la polarización política, que se ha creído la milonga y, como consecuencia, ha desarrollado un grave complejo de inferioridad ante el otro elemento, en gran parte porque juega con las cartas, con el pensamiento y con el vocabulario del enemigo.
Me refiero al wokismo, o, en términos más académicos, al marxismo cultural de la Escuela judía de Frankfurt, financiada por el Capital del mismo origen. Tras la primera guerra mundial, los marxistas cayeron en la cuenta de que la dialéctica tradicional proletario frente a burgués no les había funcionado. Ya sabemos por otros artículos aquí que esta dialéctica hegeliana adoptada por el marxismo para explicar sin ningún fundamento el devenir histórico, se basa en el absurdo gnosticismo panteísta materialista ateo y en la Cábala judaica, según los cuales de la Nada sale Dios, que evoluciona por dialéctica de contrarios en la materia, y ésta en el hombre, y éste en el Espíritu y la Idea, etc.: de una cosa a su contraria, en definitiva, y a palos por el medio.
Pues bien: quedaron horrorizados los marxistas en 1918 de ver que los proletarios europeos se habían ido en masa a servir bajo las banderas imperiales de los burgueses para luchar para el Capital (porque todo lo espiritual y elevado, como la patria o la religión, no sería para ellos sino una alienación creada por éste), hecho del que no se libraba ni la propia Rusia, en la que no habían triunfado los proletarios obreros, que no existían, ni los campesinos rusos, que murieron en la guerra, en los gulags y de hambre, sino más bien la burguesía judía, muchos de cuyos líderes eran norteamericanos recién llegados que no sabían ruso, unida a lo peor de la chusma local, para vengarse de los pogromos de los zares, todo pagado con dinerito fresco de sus parientes de Nueva York, Londres y París, con la bendición de Berlín .
En este contexto surge el pensamiento original de Antonio Gramsci, continuado después en el EEUU burgués por el judío Herbert Marcuse: así como la socialdemocracia había renunciado al empleo de las armas para la toma del poder, no por motivos morales, sino porque sabía que carecía de fuerza para ganar, por lo que tenía que conquistar el Estado a través de las urnas (para esto, ni más ni menos, está la democracia), Gramsci proponía una revisión crítica, una subversión de las ideas sociales burguesas (léase naturales, tradicionales y cristianas) en todos los campos para que la gente acabase votando de buen grado al marxismo; un diez para este señor, porque cien años después se ha salido con la suya. Y en esto estriba precisamente el marxismo cultural, que, ojo, no es invento del Diablo hecho así, por fastidiar, sino que implica una reestructuración social idónea para que el Capital pueda contar con más esclavos y más dóciles, mujeres, inmigrantes y padres sin familia ni autoridad, ni religión, ni raíces.
Todo radica en un par de cuestiones muy simples. En el mundo y en la Historia, que se mueven para los marxistas exclusivamente por causas y motivos materiales, hay un grupo explotador y otro explotado; de la polarización y lucha dialéctica entre ambos se produce el avance histórico hasta el paraíso en la Tierra, con la abolición de las clases y de las diferencias sociales, culturales y económicas (por lo bajo, claro, ya lo explicó Orwell en su Rebelión en la granja). Este mecanismo, que Marx había pensado exclusivamente en relación a la burguesía y el proletariado, gripa en 1918 por la razón antedicha, de modo que hay que buscar nuevos elementos de polarización: primero, la lucha contra el fascismo, como una nueva forma de la explotación burguesa (aunque es curioso, sin embargo, que la burguesía capitalista mundial montase una guerra junto con los soviéticos para derrotar a Hitler y Mussolini); después, el feminismo (la mayoría de las ideólogas del feminismo son judías), ejerciendo la misma dialéctica de oprimido/opresor de la mujer frente al hombre; después el anticolonialismo indigenista, del hombre blanco frente al nativo, que trajo la extensión del comunismo por todo el actual tercer mundo, que así de bien está ahora, y hoy es punta de lanza en Occidente con la invasión migratoria que sufrimos.

Más tarde, con la revolución sexual, surgió la polarización homosexual (y todo el abecedario LGTBIQ+) frente a lo heterosexual (familia y procreación incluidas), y posteriormente, con la libertad religiosa proclamada por el Vaticano II, la del atroz catolicismo inquisitorial frente al resto de religiones por él pisoteadas. Por supuesto, los judíos se apuntaron a esta creación suya con el fabuloso asunto del Holocausto, lo que les ha permitido hacer su santa voluntad durante décadas, y en ello siguen. El marxismo conseguía con esto multiplicar y diversificar el proletariado oprimido y alienado clásico en una abanico infinito de dialécticas confrontativas explotador/explotado, metiendo en la cabeza a la gente, bajo los lemas clásicos revolucionarios, tan absurdos como atrayentes, dela libertad y de la igualdad (ni somos iguales, ni hay libertad para el error y el mal), las nuevas ideas de Gramsci y Marcuse que, de suyo, llevan a la destrucción de todo el orden social y natural, empezando por la familia, y a una inevitable guerra civil, que es a donde vamos a cuenta de todo este chapapote de degeneraciones elevadas a la categoría de derechos.
La segunda cuestión, después de la polarización, es la del doble rasero fundado en el victimismo (se puede ser víctima y miserable a la vez, ser víctima no te da la razón, y esto supuesto que seas verdaderamente víctima), y esto lo vemos cada día en las noticias y en la calle: el explotado, la víctima, siempre tiene razón y barra libre, legal o no, para atacar al explotador victimario. Y éste, por el contrario, debe aguantar con paciencia cristiana todo lo que le venga encima. Si le caes mal a un negro, eres un racista. ¿A una mujer? Eres machista y maltratador. ¿A un demócrata? Eres un nazi. ¿A un gay? Eres un homófobo. Procura no tener jaleos con ellos. Esto supone la creación de una nueva moral maniquea y cainita, en la que Caín tiene todos los derechos y Abel ninguno, de modo que si Abel fue asesinado, es porque lo merecía, por ser vos quien sois, sin análisis de hechos. Porque da la casualidad de que el malo de la película es siempre el macho heterosexual blanco y cristiano, facha, nazi o burgués siempre, por añadidura.
Al que hay que sumar a los traidores, los obreros que votan a la derecha, las mujeres no feministas, los homosexuales que no se dejan camelar por la mafia homosexualista, los inmigrantes que no odian al blanco y respetan a Colón y a Hernán Cortés, los vascos que se sienten españoles, o el socialista que empieza a tocar culos a sus compañeras de partido. Todos estos deben ser cancelados con la damnatio memoriae, o, en los casos más extremos, ser acusados de delito de odio, o de violencia de género, que están especialmente confeccionados sólo para cuando el explotador se pasa de la raya con el explotado. Cuando se alaba el comunismo o su genocidio, se justifican crímenes contra hombres perpetrados por mujeres, se excusa a inmigrantes por su situación de vulnerabilidad, o se aplaude a aquéllos que animan al asesinato de fascistas, aquí no pasa nada. La exaltación de la Dictadura, sin embargo, es un horrendo crimen. Este doble rasero no lleva a la igualdad ni a la libertad, sino al apartheid y al miedo de los disidentes.
Síndrome de Estocolmo
Pero lo más curioso de todo esto es el síndrome de Estocolmo que ha infectado a todos los supuestos explotadores, principalmente porque han asumido las ideas marxistas y democráticas del enemigo, y se creen que el problema realmente lo tienen ellos mismos, y de esto no se libra nadie, porque derechita cobarde son hasta los de VOX, que tragan con todos los preceptos del decálogo woke al que sólo critican para obtener votos y luego no hacer nada, porque ni pueden, ni les interesa, ya que están a sueldo de los de la famosa Escuela. Fue el egregio Wilhelm Reich, miembro también de ésta, quien inventó la brillante idea de crear la etiqueta primero y la psicopatología después, de modo que vd. no está loco todavía porque aún no le hemos puesto nombre a lo suyo. Para este judío pedófilo, todos los fachas son neuróticos malfollados que renuncian al yo para ponerse en manos de la autoridad, al servicio de la burguesía.
Realmente, mucho del vocabulario que hoy se usa corrientemente y que sirve como prueba de cargo para condenarle a vd. por un delito de odio o de violencia de género (primero va la etiqueta y luego la condena), es elaboración de los sabios de la citada Escuela: así, racismo es invento del judío norteamericano León Bronstein, alias Trotsky; homofobia del judío George Weinberg; nazi del judío Konrad Heiden; xenofobia jamás se usó en la cultura griega, y es un neologismo de finales del XIX, igual que machismo o feminismo, término éste inventado por el socialista Charles Fourier. Si se fijan, todos los términos recuerdan a alguna enfermedad mental, y tienden a generar sensación de culpa y de rechazo; no en vano, Freud era también judío, pero tonto el que se lo crea. Quizá de aquí venga este odio que tienen muchísimos españoles hacia lo suyo, Conferencia Episcopal incluida, mientras que babean ante todo lo extraño de fuera, siendo capaces de entregar a su hija al primer indocumentado de fuera que pase. Endofobia, creo que lo llaman, pero tranquilos, esto no es materia para incurrir en delito de odio ni sufrir psicoanálisis.
Es por esto que hay que aprender a sacarse de encima todo el vocabulario y todas las ideas chapapote del enemigo, y dejar de jugar con sus cartas y bajo sus reglas, y, sobre todo, no sentirse culpables por no pensar como ellos, y estar muy orgullosos de actuar al contrario de lo que nos dictan, aunque todo el mundo parezca pensar igual que ellos y esto nos suponga la exclusión social y el ostracismo. No desesperemos. No tenemos un problema moral de pérdida de valores, sino un problema intelectual de pérdida de la recta Filosofía. La verdad no está al albur de las mayorías, a Dios gracias. Los tiempos están cambiando, y ellos lo saben. Ya no tienen las pistolas. Pronto volverá a reír la primavera y en España volverá a amanecer.
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