Pedro Sánchez ha defraudado a todos los españoles. Desde el plano internacional, pasando por el nacional para finalizar con la corrupción, el gobierno de la nación transita hacia una clara descomposición del estado. El deterioro de las instituciones, en estos últimos ocho años, tiene un único culpable. Con el paso del tiempo se va acentuando ese deterioro que se debe a un proyecto. Conseguir, en caso de delinquir, inmunidad frente a la justicia.
Los episodios y capítulos que sucesivamente han protagonizado el gobierno y el socialismo confirma el proyecto de enturbiar las instituciones para colocarlas al servicio de un podrido socialismo gobernante. Cuando llegó al gobierno el PSOE lo hizo a través de una moción de censura al PP. Lo hizo con un discurso anti corrupción que nunca hizo realidad. Los hechos así lo confirman. La “pureza y castidad” política de la que presume el socialismo es una leyenda.
Hemos conocido que antes de la moción de censura que llevó al socialismo al poder se estaba llevando a cabo labores que hemos visto que no se ajustaban a los parámetros de la justicia. Lo que se ha traducido en una pésima gestión gubernamental. No hay presupuestos. No existe un proyecto real para resolver la crisis ferroviaria. Pero menos aún existe voluntad de una lucha contra la delincuencia y el crimen organizado. Y tampoco existe un plan serio y creíble en la custodia de nuestras fronteras.
Los líos de corrupción que envuelven a la familia socialista que nos gobierna está sirviendo como una verdadera herramienta que debilita al gobierno. La deficiente custodia y defensa de nuestro territorio es una cruda realidad. La invasión de territorio español como ha sido Ceuta es una clara demostración que el ejecutivo, liderado por Pedro Sánchez, no se encuentra a la altura de lo que se espera de un gobierno. Sánchez ha demostrado que, en la actualidad, tiene prioridades divergentes con respecto a la sociedad.
Pero no quiero echar balones fuera señalando a los políticos de diferentes ideologías su cuota de responsabilidad. Los ciudadanos también debemos hacernos responsables de ello, aunque sea en menor medida. Nos hemos movilizado contra el sacrificio de un perro durante la crisis del ébola. Hemos salido a las calles en manifestación. En esta ocasión nos mostramos indolentes. Aunque ya lo hemos demostrado cuando ha amnistiado a golpistas y ha pactado con EH-BILDU, el partido portavoz de ETA.
Parálisis colectiva
No es tolerable que un gobierno se cruce los brazos cuando es invadido una parte del territorio. Los ceutíes han visto y padecido cómo se llenaban sus calles de miles de vándalos que saqueaban comercios y quemaban coches y contenedores a su paso. Pero lo más lamentable es que, a pesar de la gravedad de lo que ha ocurrido en Ceuta, el resto de españoles estamos paralizados. Nos asemejamos e imitamos el gobierno. Nos quedamos con los brazos cruzados. Aunque no estamos solos. La oposición política y sus líderes no han reaccionado cómo se les suponía reaccionar.
No han convocado a los ciudadanos a que se manifiesten en las calles en solidaridad con sus compatriotas de Ceuta y Melilla. Lo que sí han hecho los mandatarios de la oposición son unas grandes declaraciones de condena. Lo cual está muy bien, pero no es suficiente. Los hechos son tan graves que exige una convocatoria a manifestarse en solidaridad con nuestros compatriotas. Más que nunca necesitan el calor del resto de españoles. Además de expresar nuestro rechazo al sátrapa y criminal civil rey de Marruecos, Mohamed VI. Sin olvidar mostrar el malestar y una gran crítica hacia nuestro gobierno por su indecencia y miserable cobardía.
Los españoles echamos de menos unos líderes que demuestren que, más allá de la defensa de sus principios, defiendan también a España. Y lo hagan fuera de sus despachos, convocando a los españoles a manifestaciones sobre lo que les está sucediendo a otros españoles. Nos quedamos en casa como si lo que les sucede a los ceutíes no va con nosotros. Los ceutíes son también víctimas de la indolencia de sus compatriotas.


