La vicepresidenta y ministra de trabajo, Yolanda Díaz, no se suele caracterizar por la discreción. Es una miembro del gobierno que con más frecuencia y ‘afición’ se coloca delante de los medios de comunicación. Se sitúa delante de los periodistas para, más que rendir cuentas de sugestión, criticar y en mayor medida para descalificar a la oposición. Lo suele hacer con un discurso argumental carente de sentido común y sobre todo con una falta de capacidad intelectual evidente. Sus críticas aceradas hacia el PP y VOX en ocasiones se parecen más a sonidos cacofónicos que a unas declaraciones de una responsable política de relevancia. Da la impresión de que busca protagonismo. Es muy posible que su pasado esté salpicado de innumerables complejos que se ponen de manifiesto públicamente con declaraciones peregrinas. Consciente de que su gestión al frente del Ministerio de Trabajo no está dando los ‘frutos’ deseados, trata de esconder su fracaso a base de frases estridentes y en ocasiones ridículas contra la oposición. Incluso, origina una vergüenza ajena sin apenas precedentes.
Estos días hemos sabido de la detención de un pederasta huido de la justicia a Cuba, que ha sido capturado. Estaba condenado a 13 años de prisión por agredir sexualmente a una menor con brutalidad. El pederasta Martiño Ramos Soto no es un personaje cualquiera. No es un pederasta ‘común’. Es un delincuente que fue compañero de la ministra Yolanda Díaz y ambos fueron socios fundadores de la agrupación gallega ENMAREA. Lo que sorprende de la ministra es su silencio. Díaz, como he señalado, saca ‘a pasear muy a menudo la pituitari’”, aunque en esta ocasión parece que los labios los tiene sellados. Una persona como Díaz, que exhibe su feminismo allí donde tiene ocasión, en relación al despreciable personaje Ramos Soto su silencio es un insulto a las menores que cayeron en sus ‘garras’. Su silencio es cómplice de un miserable que nunca debería estar en libertad.
En la izquierda, cuando los autores del delito pertenecen a su espectro, la reacción es todo un fraude. Su sectarismo es tan miserable que son capaces de cerrar los ojos e incluso disculpar al delincuente, aunque sea como en esta ocasión un despreciable pederasta. Yolanda Díaz, como otras feministas, las de salón, algunas del 8-M y sobre todo, sectarias como Irene Montero o Begoña Gómez e incluso Carmen Calvo, se delatan con el prolongado silencio, que deja claro que el feminismo del que presumen representar es sólo una herramienta política que emplean para arremeter contra los rivales políticos. Para estas feministas la mujer no tiene ningún valor solo es ‘un arma arrojadiza’ política.


