No se puede entender nada sobre la Historia de España si hacemos caso omiso de la Religión Católica. El ideario de Patria en un patriota español es completamente diferente del que pueda tener cualquier otro patriota extranjero, por lo que debemos alejarnos absolutamente de sus extravagancias. El más común en él es el de una Nación, más que Patria, basada en elementos absolutamente novedosos y artificiales que hacen tabla rasa de toda la Historia anterior a 1789. Son modelos revolucionarios, jacobinos, de pura raigambre liberal, centralistas, unitarios, idealizados, totalitarios y profundamente transformados por una uniformización de costumbres, pensamiento y lengua, y ante todo, profundamente materialistas y ateos. Un francés, un inglés, un norteamericano, cualquier sudamericano, un portugués, un belga, un alemán o un italiano no tienen más referente patriótico que el que surge de su respectiva revolución nacional, más temprana en el caso del británico, más reciente en el del portugués, todas en un mismo sentido ideológico y con un mayor o menor proceso de larvación hasta el estallido final. En ocasiones, este proceso se extiende en el pasado hasta la inoculación del virus protestante, padre remoto del liberalismo y del comunismo (países nórdicos), y en otras, se retrasa hasta épocas recientes por razón de la unificación (Italia, Alemania), la independencia (Canadá, Australia, países balcánicos) o por pura madurez que hace caer la fruta tardía (Portugal).
España es un caso aparte. Es el primer Estado moderno en constituirse, en la época de los Reyes Católicos, tras una fragua de ochocientos años de Reconquista que continúa en América sin solución de continuidad, y es el único en el que la Revolución no ha logrado aún constituir, a pesar de sus múltiples intentos, aunque poco le falta ya, un modelo patriótico moderno firme (diríamos mejor nacional), que sustituya al tradicional. Pretendieron los primeros liberales construir e imponer ese nuevo modelo basándose en la Constitución de Cádiz pero, desgraciadamente para ellos, y a pesar de doscientos años de liberalismo que llevamos ya padecidos, las guerras carlistas y la Cruzada pusieron fin a tales intentos, que no lograron prosperar, porque el liberalismo en el poder, dejando de lado los primeros años radicales de 1820 a 1840, siempre fue de Misa diaria y de exquisita educación en colegio de curas, hasta el punto de poderse decir que el reinado de Isabel II y la época de la Restauración a partir de 1876, fueron sin duda una balsa de aceite en comparación con otros regímenes liberales extranjeros, mucho más agresivos y corrosivos, de modo que jamás se pudo constituir en España un modelo patriótico novedoso y contrario al tradicional.
Este modelo de quinientos años, al menos en su expresión moderna, no se desbarata hasta 1978, con la ominosa Constitución actualmente vigente, remedo de las dos liberales anteriores, la de 1876 y 1931, y con la profunda y devastadora destrucción social, intelectual, moral y espiritual que a su sombra se acometió, en especial a partir de 1982, si bien los preámbulos de la catástrofe ya se hallaban bien dispuestos, al menos, desde 1958, con el fin de los gobiernos de cariz falangista. No es posible concebir tal reversión de valores, tal aniquilación del ideario tradicional de Patria española, y en tan breve tiempo, sin la extinción absoluta de la Fe católica que se ha producido en los últimos sesenta años, extinción que no se puede explicar sin la activa colaboración de la jerarquía eclesiástica en el harakiri operado en la Iglesia Católica, no ya a nivel español, sino mundial. Por eso hemos perdido la guerra que ganamos. Los restos contrarrevolucionarios que hubieran podido quedar en Europa después de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, resultaron definitivamente aniquilados tras la revolución operada en la Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano II, que ha traído como consecuencia la práctica ocupación masónica y extinción de la misma. La conclusión es trágica para los que aún nos conservamos patriotas e hijos de la Iglesia: el que va a misa los domingos, el cura de la parroquia, el obispo de nuestra Diócesis, ni son católicos, ni es sacerdote, ni es obispo; y, por lo demás, son nuestros enemigos, y no podemos permitirnos la imprudencia de tenerlos con nosotros en las trincheras. ¡Cave catholicos! ¡Cuidado con los católicos!
España no se entiende sin la Fe Católica de nuestros ancestros. Ninguna gesta histórica se comprende sin el carácter sacrificado y austero de nuestros héroes, forjado a la sombra de la Cruz, sin que faltasen tampoco los intereses crematísticos, el deseo de poder y todas las miserias propias del hombre caído. Nuestro patriotismo no puede ser entonces al estilo extranjero nacional de ningún país; nuestra Patria no es ésta, no es el modelo de Nación liberal inaugurado bajo perjurio por la Constitución de 1978. No creemos en la Nación, en patrias ideales, unitarias, centralistas, tiránicas, revolucionarias al estilo liberal jacobino, basadas en la mezcolanza de razas extrañas y dispares, religiones a la carta, lenguas artificiales, Estados endiosados, leyes inicuas y antipatrióticas, voluntades populares, derechos humanos y democracia, por mucho que durante un tiempo sea absolutamente necesaria una severísima dictadura para limpiar la Patria y darle su antiguo esplendor. Revolución contra Revolución. Todo auténtico patriota debe dejar de mirar hacia afuera, hacia modelos revolucionarios extraños, para dirigir su mirada al pasado, a las enseñanzas de la Iglesia eterna y de su recta Filosofía, que fueron definitivamente sepultadas en 1962, y que han constituido el alimento espiritual de nuestra Patria y de sus héroes desde Recaredo. Y debe ser también consecuente en sus actos con su Fe.
Supervivencia
No hay Revolución fuera si no la hay dentro primero, ni hay sociedad nueva sin hombre renovado por el Evangelio, si no se asumen los principios básicos del pensamiento filosófico tradicional y no se actúa con una recta Teología moral fuertemente afianzada en el corazón. Así se construyó esta Patria, con una raza muy concreta forjada en los sudores de la Reconquista, con la Filosofía de Santo Tomás y la doctrina de la Iglesia inmortal. Esta no es patria de ateos, herejes, perjuros, impíos, sacrílegos, blasfemos, desobedientes, escandalosos, pendencieros, onanistas, sodomitas, adúlteros, fornicarios, ladrones, estafadores, usureros, corruptos, mentirosos y maledicentes. Tampoco es patria para cananeos ni razas bastardas que nada tienen que aportarnos sino la lapidación de la herencia genética que nos ha hecho fuertes, sabios y santos, porque constituimos el verdadero pueblo elegido de Israel. La supervivencia de la Patria está en manos de los que aún creemos en ella y en sus valores eternos, y estamos dispuestos a aplicarlos en el sacrificado día a día de nuestras pequeñas e insignificantes vidas. Porque no hay España sin Dios y sin raza.


