OPINIÓN | Una generación preparada para un futuro que nunca llega. Por Raúl Hidalgo

España cuenta con una juventud cada vez más formada, pero el acceso al empleo de calidad, la vivienda y la independencia económica continúa siendo una asignatura pendiente

Durante décadas, la sociedad española ha transmitido a sus jóvenes una idea aparentemente incuestionable: estudiar, esforzarse y prepararse constituye el camino más seguro hacia un futuro próspero. Nos recomendaron aprender idiomas, obtener titulaciones, adquirir experiencia profesional y continuar formándonos para afrontar un mercado laboral cada vez más competitivo. Sin embargo, cuando llega el momento de abandonar las aulas y comenzar una vida independiente, muchos descubrimos que cumplir con esas expectativas no garantiza las oportunidades que razonablemente esperábamos encontrar.

La situación resulta especialmente paradójica en un país que presume de contar con una de las generaciones mejor preparadas de su historia. Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, el 31,4% de los jóvenes dispone de estudios superiores, mientras que el 39% de los jóvenes ocupados se encuentra en situación de sobrecualificación. Es decir, una parte considerable de quienes consiguen incorporarse al mercado laboral desempeña trabajos que no requieren el nivel formativo alcanzado. El problema no reside necesariamente en que sobren titulados, sino en nuestra limitada capacidad para generar suficientes oportunidades profesionales acordes con su preparación.

Conviene reconocer que la economía española ha experimentado avances importantes. La Encuesta de Población Activa correspondiente al segundo trimestre de 2026 situó el número de ocupados en 22.779.000 personas, mientras que la tasa general de desempleo descendió hasta el 9,87%. Son datos positivos que merecen ser reconocidos, pero que no deberían impedirnos analizar las dificultades específicas de quienes intentan incorporarse al mercado laboral. Porque una economía puede crear empleo y, al mismo tiempo, ofrecer oportunidades insuficientes para determinados colectivos.

A esta realidad se añade un obstáculo todavía más determinante: el acceso a la vivienda. Los datos publicados por Eurostat en septiembre de 2026 sitúan la edad media de emancipación de los jóvenes españoles en los 30,2 años, frente a los 26,3 años del conjunto de la Unión Europea. Una diferencia de casi cuatro años que no debería interpretarse exclusivamente como una cuestión cultural, sino también como el reflejo de importantes limitaciones económicas.

Viviendo con los padres

El Instituto Nacional de Estadística aporta otra cifra especialmente reveladora: en 2025, el 44,3% de los españoles de entre 26 y 34 años continuaba viviendo con alguno de sus progenitores. Entre quienes se encontraban en esa situación, el 47,3% señalaba como motivo principal la imposibilidad económica de comprar o alquilar una vivienda. Resulta difícil hablar de igualdad de oportunidades cuando alcanzar la independencia depende, en tantos casos, de la capacidad económica de la familia de origen.

La situación se comprende todavía mejor al examinar los precios. Según el Consejo de la Juventud de España, el alquiler medio de una vivienda alcanzaba los 1.176 euros mensuales al cierre de 2025, una cantidad equivalente al 98,7% del salario medio de una persona joven. Evidentemente, no todos los jóvenes perciben el mismo salario ni todas las viviendas tienen el mismo precio, pero la comparación ilustra la magnitud del problema: independizarse en solitario se ha convertido en una posibilidad económicamente inalcanzable para muchos trabajadores.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Pedimos a los jóvenes que sean autónomos, responsables y emprendedores, pero mantenemos un entorno económico en el que alcanzar esa autonomía resulta extraordinariamente complicado. Les exigimos experiencia para acceder a determinados empleos, aunque en ocasiones nadie parece dispuesto a ofrecerles la primera oportunidad. Les recomendamos ahorrar, pero una parte creciente de sus ingresos potenciales debe destinarse a cubrir necesidades básicas.

No se trata de defender que cualquier titulación universitaria deba garantizar automáticamente un puesto directivo ni una remuneración elevada. La experiencia, la productividad, el talento y la responsabilidad individual siguen siendo elementos fundamentales para progresar profesionalmente. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre comenzar desde abajo y encontrarse permanentemente sin posibilidades reales de ascender. La primera circunstancia forma parte del aprendizaje; la segunda debería preocupar a cualquier sociedad que aspire a recompensar el mérito y el esfuerzo.

España necesita recuperar las condiciones que permiten generar prosperidad. Eso implica facilitar la creación y el crecimiento de empresas, reducir obstáculos burocráticos innecesarios, favorecer la inversión productiva y mejorar la conexión entre el sistema educativo y las necesidades reales del mercado laboral. No podemos aspirar a salarios propios de las economías europeas más avanzadas sin aumentar nuestra productividad, del mismo modo que tampoco podemos utilizar esa necesidad de mejora como justificación permanente para ofrecer condiciones laborales poco atractivas.

La vivienda exige igualmente reformas estructurales. Necesitamos incrementar la oferta residencial allí donde existe demanda, agilizar los procedimientos urbanísticos, garantizar seguridad jurídica y fomentar la colaboración entre el sector público y la iniciativa privada. Las ayudas económicas pueden aliviar situaciones concretas, pero difícilmente resolverán por sí solas un problema de escasez de viviendas. Si queremos que los jóvenes puedan emanciparse, debemos facilitar que existan suficientes hogares a precios compatibles con sus ingresos.

Las consecuencias de esta situación trascienden el ámbito estrictamente económico. La imposibilidad de independizarse condiciona decisiones tan importantes como cambiar de ciudad, aceptar una oportunidad profesional, convivir en pareja o formar una familia. España lleva años preocupándose por el envejecimiento demográfico y la baja natalidad, pero no siempre parece comprender que la incertidumbre laboral y residencial influye directamente en la capacidad de las nuevas generaciones para planificar su futuro.

Esta realidad adquiere una dimensión especialmente cercana en ciudades más pequeñas. Muchos jóvenes deseamos desarrollar nuestra trayectoria profesional en nuestra tierra, contribuir a su economía y construir aquí nuestro proyecto personal. Sin embargo, las oportunidades laborales especializadas no siempre abundan, y la posibilidad de trasladarse a grandes núcleos económicos termina apareciendo como una alternativa difícil de evitar. La movilidad puede ser enriquecedora y debe formar parte de una sociedad abierta, pero marcharse debería ser una elección, nunca una obligación impuesta por la falta de oportunidades.

Tampoco podemos olvidar que esta problemática no afecta exclusivamente a quienes han cursado estudios universitarios. España necesita profesionales de Formación Profesional, técnicos especializados, trabajadores industriales, autónomos y emprendedores. Una economía competitiva no se construye únicamente acumulando títulos académicos, sino ofreciendo distintas vías de desarrollo profesional y reconociendo el valor de quienes contribuyen a generar riqueza desde ámbitos muy diferentes.

Nuestra generación también debe asumir responsabilidades. Ningún país puede garantizar el éxito individual y ninguna formación asegura, por sí sola, una trayectoria profesional determinada. Debemos aceptar que el progreso exige perseverancia, adaptación y disposición para aprovechar oportunidades que quizá no coincidan inicialmente con nuestras expectativas. Pero reclamar esfuerzo a los jóvenes no puede servir para ignorar las deficiencias estructurales que condicionan sus posibilidades de prosperar.

Esfuerzo recompensado

La cuestión de fondo es qué modelo de país queremos construir. Podemos conformarnos con una economía que mejora sus indicadores generales mientras una parte de su juventud continúa retrasando indefinidamente sus proyectos vitales. O podemos aspirar a una sociedad en la que trabajar, formarse y asumir responsabilidades vuelva a traducirse en posibilidades reales de independencia y progreso.

España no necesita convertir a los jóvenes en protagonistas ocasionales de los discursos electorales. Necesita políticas económicas y educativas que favorezcan la creación de oportunidades, una estrategia de vivienda a largo plazo y un tejido empresarial capaz de aprovechar el talento que nuestras instituciones contribuyen a formar. Porque no estamos reclamando que nadie nos regale el futuro. Estamos reclamando que el esfuerzo vuelva a tener una recompensa razonable y que la capacidad de construir una vida independiente no dependa fundamentalmente del patrimonio familiar.

Una nación no puede considerarse plenamente próspera mientras sus jóvenes, después de años de preparación, descubren que trabajar no siempre les permite independizarse y que formar una familia se convierte en un proyecto constantemente aplazado. El verdadero fracaso no consiste en que una generación tenga que esforzarse para alcanzar sus objetivos. Consiste en que, incluso después de hacerlo, demasiados jóvenes terminen convencidos de que su futuro será necesariamente peor que el de sus padres. Porque el progreso de un país no se mide solamente por la riqueza que genera, sino también por las oportunidades que ofrece a quienes tendrán que construir su mañana.