OPINIÓN | No nos olvidemos de la imputada Begoña Gómez. Por Fernando Cuesta

En un país democrático como es España, toda persona tiene el derecho a la presunción de inocencia. Además, con la garantía, si se sienta en el banquillo de los acusados, de tener un juicio justo. Quien acusa debe demostrar la culpabilidad de la persona o personas a las que se les acusa de algún tipo de delito.

Por dicha norma y poniendo en valor nuestra democracia, la esposa del presidente del gobierno, Begoña Gómez, es inocente de los delitos que se la acusa. Una vez subrayado uno de los pilares de la democracia, debemos añadir algo sobre el comportamiento de la señora de Pedro Sánchez.

Las acusaciones por las que Gómez va a ser juzgada están basadas en unos indicios claros. Indicios, que si no hubieran sido lo suficientemente consistentes, el juez no hubiera admitido sentar a Gómez en el banquillo de los acusados. Porque en nuestro país existe la división de poderes que, a todas luces, el gobierno socialcomunista quiere clausurar. La señora Gómez, esposa del presidente de gobierno de España, es la primera de todas las primeras damas del ejecutivo que no han respetado el papel, no escrito, que de siempre han llevado a cabo dichas esposas.

Gómez, desde que su marido llegara a presidir el consejo de ministros, no ha estado a la altura de las circunstancias. Con un gran desparpajo y una falta de respeto a las instituciones ha tratado de emprender una carrera profesional que para nada la hubiera comenzado si no hubiera sido la esposa del presidente del ejecutivo.

Gómez ha aprovechado el estatus preferente político de su marido para introducirse en varios ambientes de negocios que por otra parte no hubiera podido entrar dado que son ambientes muy limitados y que casi exclusivamente se accede a ellos a través de responsables políticos de gran relevancia como es el presidente del gobierno, su esposo.

No cabe duda que Gómez ha sido consciente de ese privilegio y ha actuado en consecuencia. Un capítulo de ese privilegio es haber requerido una reunión con el director de la universidad complutense de Madrid en la residencia de Moncloa. Una reunión que desembocó en inventar una cátedra para que ella, Begoña Gómez, sin una carrera universitaria como exigencia para las cátedras, fuera además nombrada subdirectora de dicha cátedra.

La apertura de juicio por indicios acusatorios de dos delitos, presuntamente cometidos por Begoña Gómez, ha generado un gran malestar y, sobre todo, una gran alarma, en las filas socialistas. Al grito de guerra del portavoz socialista en el congreso, Patxi López, alias “Patxi Nadie”: «¡TODOS CON BEGOÑA!» Ha buscado la movilización en las calles, pero ha sido estéril. Por otra parte, ha sido un grito de combate ridículo y esperpéntico. Es una consigna desesperante ante un hecho que con independencia de la sentencia es inaceptable y rechazable.

El socialismo, como pollo sin cabeza, se ha lanzado a la defensa de Gómez, sin haber valorado que esa defensa es la prueba de su culpabilidad. Aunque también hay otra vertiente de esa defensa. Tratar de, sin haber habido juicio y por tanto sin sentencia, la defensa a ultranza de Begoña Gómez es un comportamiento que excede lo sensato y confirma el nerviosismo entre las filas socialistas.

La mancha ya la tiene

Las anteriores esposas de los presidentes del gobierno fueron más discretas y no se vieron enredadas en cuestiones judiciales. Por eso, Gómez ha roto el papel que hasta ahora han llevado a cabo las parejas de los presidentes. Pero lo más grave es que se tenga que sentar en el banquillo de los acusados. Que sin haber sentencia la sociedad española ha afeado su comportamiento y un buen sector la ha culpabilizado de su falta de moral y ética.

Con independencia de lo que los tribunales puedan decidir sobre Begoña Gómez, la mancha que ha generado en el socialismo y presidencia del gobierno es imborrable. Su comportamiento no ha sido el más idóneo. No ha sabido gestionar la discreción de una esposa del presidente del gobierno.

Su formas y maneras de actuar han contaminado a la democracia y va a suponer un antes y un después, en relación a las parejas de los líderes políticos de España. Porque es urgente legislar sobre el papel a desempeñar por dichas parejas, para impedir comportamientos tan rechazables que, como el caso al que nos referimos, han llevado a la señora Gómez a sentarse en el banquillo de los acusados.