La rueda de prensa que ha dado el ministro de Transportes, Óscar Puente, para ofrecer su versión sobre el accidente del tren, ocurrido en la localidad toledana de Urda, apenas la hemos entendido. Su descripción sobre el choque de los trenes ha resultado ser un acertijo imposible de descubrir. Sobre todo, cuando esas explicaciones son dadas por alguien que para nada tiene una mínima formación sobre el tema a tratar.
El emplear el lenguaje técnico por parte de un lego en la materia, como Puente, sobre los dispositivos de seguridad, es aún mucho más dificultoso para ser entendido. Aunque lo que ha quedado bien claro es que su comparecencia ha tenido un objetivo. El objetivo de señalar a una persona, a un trabajador, como culpable del accidente. En eso ha estado muy claro. Su indecencia ha llegado a cotas nunca alcanzadas en la democracia.
Ha señalado la culpabilidad del empleado de tal manera que ha incluido hasta su edad y su experiencia profesional. Lo que nos lleva a deducir que el trabajador ha sido utilizado, por el ministro, como el escudo para esconder su incompetencia y su miseria moral.
Sin analizar realmente las causas del accidente, porque llevará un tiempo largo, Puente ha concluido que el trabajador ha sido el responsable de las muertes por el choque de trenes. Ha llegado a esa conclusión mientras aún desconocemos las causas del accidente ferroviario de Adamuz, tras el paso de diez meses.
Óscar Puente ha demostrado ser un atentico miserable y lo más grave, se ha quitado la careta y hemos descubierto, aunque ya lo intuíamos, que tiene unos principios y valores contaminados. Nos ha dejado muy claro, en vivo y en directo, ser un auténtico incompetente que ha sido incapaz de gestionar adecuadamente la red ferroviaria tras otro accidente, en este mismo año, con numerosas víctimas, sin olvidar las 170 incidencias en los sistemas de seguridad de los trenes, en lo que va de año.
El ministro no está a la altura de su responsabilidad. Está inhabilitado para ejercer un cargo de tanta responsabilidad, como es el ministerio de transportes. Su incompetencia le ha llevado a que se agolpen más de un centenar de cadáveres a su alrededor.
Lleva a sus espaldas, en tres años como ministro, dos catástrofes que han sembrado la tristeza y desolación en más de un centenar de familias. Familias que se han visto impotentes cuando se les ha arrancado la vida de sus seres queridos, por causa de un gobierno que ha demostrado su incapacidad. Un gobierno con un presidente, Pedro Sánchez, a la cabeza, que ha mostrado grandes dificultades para empatizar con las víctimas y sus familiares.
Sánchez huye de las víctimas. No se acerca a ellas por miedo a que sea abucheado y rechazado. No se acerca porque ha demostrado su miserable falta de compromiso y servicio social que ha arrastrado al precipicio donde la muerte aguardaba a sus seres queridos. Como un ladrón indecente y cobarde busca escabullirse para evitar ser escupido en su espíritu repulsivo y así conservar su crecido y desproporcionado orgullo.
Lo que nos indica que ha puesto en valor todo lo peor de una persona. Toma distancia del dolor de las víctimas porque carece de empatía y a la vez porque siente que es el líder del equipo de un gobierno que la última prioridad es mejorar la calidad de la vida de los ciudadanos. Y de ahí lo que sus lacayos, como Óscar Puente, obedezcan al “p… amo”.
Óscar Puente, en esa rueda de prensa, nos ha dicho que va a pasar un calvario debido a estos dos accidentes. Asume que van a insultarle y vilipendiarle. Es decir, se autovictimiza con unos cadáveres aún calientes y unas familias destrozadas que son sus víctimas. Se compadece de sí mismo como si no hubiera tenido que ver para nada en el accidente ferroviario. Como si hubiera viajado en los trenes y hubiera salido ileso.
Votación para cambiar
El señor Puente se coloca a la misma altura que las familias que lloran por su familiar muerto por su negligencia e incompetencia. Puente insulta, falta al respeto a unas familias que se contienen y evitan decirle lo que verdadera piensan. Gentes que están a la altura de las circunstancias y lo único a lo que aspiran es al consuelo. Un consuelo que en ningún caso vendrá del gobierno de España.
Desde que la izquierda, con el socialismo a la cabeza, llegó al gobierno, España ha sufrido un deterioro perfectamente descriptible. Lo más lamentable es que ese deterioro se ha convertido en una gestión criminal. La corrupción y el cohecho o el apagón es pecata minuta si lo comparamos con los dos accidentes horribles ferroviarios o la DANA en el Levante y Andalucía y los incendios.
Los graves accidentes ferroviarios sirven para que los ciudadanos desconfíen de viajar en el tren. Muchos clientes del ferrocarril creen que viajar en el tren es jugar a la ruleta rusa. Temen perder la vida, como ya la perdieron más de cien personas, y eso les hace huir del peligro.
El próximo 29 de noviembre España, los ciudadanos de este país tenemos la oportunidad de opinar a través de los comicios electorales. Las urnas darán la respuesta si estos últimos ocho años nos ha merecido la apena que la izquierda esté al frente del país.
Deberemos decidir si nos merece la pena continuar en la línea por la que nos ha llevado el gobierno actual. En nuestra mano está la decisión. De la sociedad española depende si desea seguir viviendo en un ambiente oscuro y de inseguridad. Si se quiere continuar tomando un tren con miedo y temor a que no llegue a su destino.
Si queremos que los terroristas de ETA sean puestos en libertad sin pagar la factura por sus delitos. El abstenerse no es opción si de verdad creemos en la democracia y queremos ser dueños de nuestro futuro. Porque en un estado de derecho y en una democracia el futuro de la sociedad lo elige la sociedad.


