El comisionista, parte fundamental de la trama de las mascarillas, evitará la cárcel por colaborar y se gana el aplauso mediático siendo el gran vencedor en este conflicto
España está ante un momento mediático y social tan nefasto que el ciudadano de a pie tiene ganas de referentes y se agarra a cualquier cosa. Entre tanta corrupción, juicios, confesiones y, sobre todo, con individuos tan lamentables y mentirosos en el poder, Víctor de Aldama se ha erigido en una especie de salvador de la patria en un caso sin precedentes. Nunca un corrupto, que luego ‘cantó’ todo y más (y lo que queda) de las tramas corruptas en las que él estaba totalmente implicado para dolor socialista, ha salido tan bien parado ante la opinión pública.
Hay algo profundamente incómodo en la imagen pública que ha dejado la sentencia del caso mascarillas. Mientras el exministro José Luis Ábalos y su antiguo asesor Koldo García reciben condenas que suman décadas de prisión, el empresario Víctor de Aldama —que reconoció su participación en la operativa y colaboró con la investigación— emerge como la figura amable, el delator de los malos, el bueno de la película, el que va a librar de casi todos los cargos y, paradójicamente, uno de los protagonistas del debate público sobre su propio caso. Si esto fuera la película de ‘El bueno, el feo y el malo’, Koldo es el feo, Ábalos el malo y Aldama, el bueno.
La resolución del Tribunal Supremo deja una fotografía que obliga a reflexionar: quien ocupó una posición central como intermediario empresarial de la trama acaba condenado a cuatro años y medio, con suspensión finalmente del ingreso en prisión por una colaboración considerada “muy cualificada” por el tribunal. Digamos que se ve altamente beneficiado por la decisión del Supremo de castigar duramente a cargos políticos importantes, mientras ofrece grandes incentivos a los que colaboran con la justicia.
Aldama no llegó al centro del tablero como denunciante. Llegó como empresario vinculado a una trama que, según el procedimiento judicial, buscó obtener ventajas económicas mediante relaciones privilegiadas con responsables públicos durante uno de los momentos más delicados que ha vivido España: la pandemia. En sus escritos reconoció delitos y admitió pagos irregulares dentro del esquema investigado para obtener una reducción de condena, un hecho abominable.
Además del caso mascarillas, su nombre continúa apareciendo en otras investigaciones abiertas relacionadas con presuntos delitos económicos y operaciones empresariales que siguen bajo examen judicial, entre ellas líneas vinculadas al denominado caso hidrocarburos. Conviene recordar que investigación no equivale a condena y que esas causas mantienen recorrido procesal propio, a la vez que el implicado detalla que tiene aún «mucho que contar».
Platós de televisión
Porque existe una transformación llamativa en el tiempo: quien hace poco aparecía descrito como comisionista o intermediario en una causa de corrupción hoy ocupa horas de televisión, entrevistas y análisis donde, en ocasiones, adopta un papel cercano al del revelador del sistema. No se le escucha únicamente como implicado; muchas veces se le presenta como alguien que expone los mecanismos ocultos del poder.

Una democracia necesita colaboradores eficaces para descubrir redes corruptas. Sin ellos, muchas estructuras jamás saldrían a la luz. Pero también necesita preservar una idea básica: colaborar con la Justicia no convierte automáticamente a nadie en referente moral ni borra el papel previo desempeñado dentro del sistema que ayudó a construir. La figura del arrepentido existe solo porque sirve al interés público.
Y quizá la pregunta incómoda que deja este caso no sea si Aldama hizo bien en colaborar. Probablemente hizo lo que más le convenía y lo que el sistema premia. La pregunta es otra: ¿hasta qué punto una sociedad puede asumir que uno de los actores de una trama termine ocupando el espacio reservado al comentarista de la propia trama y su castigo vaya a ser mínimo?


