El dinero es la trampa. Por Daniel Harguindey

Da igual las narrativas históricas que hay alrededor del dinero, da igual que sepamos que existen ricos que no consiguen ser felices, hemos visto constantes casos de jóvenes deportistas millonarios que acabaron arruinándose por no saber gestionar la economía, hemos visto personas cuya desgracia fue que les tocara la lotería, antes tenían poco, después no tenían nada, muchos además destruidos, quisieron regresar al punto exacto donde estaban. Da igual que los grandes maestros a lo largo de la historia nos advirtieran de que el dinero es un foco de peligros y preocupaciones.Equipaje ligero”. Con la codicia pasa lo mismo que con otros muchos deseos, que la razón y el sentido común son trasladados a un segundo plano para dar paso a la ambición humana más animal. ¿No nos trasladamos en muchas ocasiones a la edad prehistórica, comportándonos como auténticos salvajes en cuanto hay dinero de por medio? Sí, porque se activan los instintos más primitivos del ser humano y el ego se siente golpeado. Y el sistema lo sabe, está encantado se aprovecha.

Porque mientras el hombre persigue el dinero, no persigue otras cosas. “O estás con Dios o estás con el dinero”. Piensa que una vez conseguido, todo cambiará para mejor. Y, lo más triste, es que después de tanto esfuerzo, no hay nada. Hablo de buscar la riqueza, no hablo de tener lo suficiente. Con tener suficiente, es suficiente, eso es lo que el ser humano es incapaz de comprender. Porque algunos te dirán que el dinero da seguridad, te da tranquilidad, no te digo tener tan poco como para no vivir dignamente, te hablo de querer más y más. La salud y la educación son gratuitas en España. Sí, el dinero te puede dar experiencias, te puede ofrecer actividades, puede paliar tu aburrimiento, te puede hacer viajar, pero al final vuelves a tu casa contigo mismo, con tus pensamientos, tus dudas, tus miedos. Podrás acumular todo tipo de experiencias, pero repito, si eso fuera importante en el global de nuestra existencia, no habría ricos infelices, y ‘haberlos, haylos’.

La gente piensa que acumular experiencias te cambiará. No variará nada, tampoco viajar, a no ser que en uno de esos viajes descubras algo que te cambie la vida directamente. Desde tu cuarto puedes entender el mundo entero. Y es por eso que gente que parece aburrida muchas veces es la más feliz. Porque entendieron algo primordial: no se trata de llenar tu vida con experiencias, se trata de no necesitarlas ya, de estar en paz en tu aburrimiento, de saberse aburrirse, de estar bien con lo que tienes y no anhelar mucho más. La felicidad es ausencia de infelicidad. Por ejemplo, la gente mayor, más sabia por lo general, después de toda una vida de experiencias, solo buscan paz, porque han entendido que no es el ruido ni la diversión lo más importante, sino la paz.

Cuando tienes todo aquí y ahora, ¿qué te puede ofrecer el mundo que no tengas ya? ¿Dónde se compra el equilibrio, el amor o la tranquilidad? Y esa gente suele estar más cerca del campo que de la ciudad, más cerca de Dios que del dinero, más cerca de la sabiduría interna que de las noticias internacionales. No es casualidad que los primeros apóstoles de Jesús, a los primero que escogió, fueron humildes pescadores: Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Quizás porque el sabio siempre es humilde y el necio no, pero no eligió estudiosos, no eligió viajeros, no eligió poderosos, eligió a los humildes, a los “pequeños”. Realmente no hay nada grande que no haya pasado por ser pequeño previamente. Ese era uno de los mensajes. Aquellos desconocidos pescadores acabaron siendo personas que pasaron a la historia, ni ellos mismos creían tanto en ellos. Todo es relativo.

¿Y por qué dos pescadores? Porque los observó primero. Echaban las redes y confiaban (fe), no tenían prisa (falta de preocupación), lo que pescaban era lo que había (aceptación) y podían pasar en el mar todo el día (paciencia), incluso con temporales (valentía). Él vio grandeza donde otros no veían nada. ¿qué es la iluminación sino? Empezar a ver donde antes había oscuridad. Luego escogió pastores, nunca quiso saber nada de ricos y tampoco de academicistas, acumuladores de conocimientos pero para su propio beneficio, como él los definía. Si sabías, debías compartirlo con el resto, esa es una premisa cristiana. En esta parábola está la clave. Filipenses (4:12-19): Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Esa es la clave, poder disfrutar cuando se tiene y poder aceptar cuando no. No se trata de vivir siempre en la abundancia, se trata de adaptarse.

Para que veas que el dinero no es lo más importante, te podría hacer varias propuestas económicas en caso de que aceptes la otra parte. Te ofrezco 1.000 millones de euros, a cambio de un cáncer. ¿lo quieres? O te lo doy a cambio de la soledad absoluta. Tendrás todo pero no podrás disfrutarlo con nadie, siempre solo, ¿te vale la pena?, o te extraigo la capacidad de ser feliz para siempre. Por tanto, de primeras ya entendemos que la salud, la compañía y la felicidad estarían por encima. El dinero se amolda al relativismo puro. Porque los ricos buscan una cosa: exclusividad. Si todos tuviéramos una mansión con piscina, ya no serían valoradas, porque ya no serían exclusivas. Bajo esa ridícula premisa para borregos hacen dinero las marcas. No es tanto el lujo como la exclusividad. Esa ropa de esa marca exclusiva, un helicóptero, un coche que tenga pocas réplicas en el mundo, lo diferente, lo que te hace sentir especial, en definitiva, el alimento para alimentar un ego desmedido. “Mi coche, mi casa, mi chica….” Nada será tuyo cuando ya no estés aquí, es una ilusión pasajera. ¿Cómo te vas a agarrar a algo impermanente?

La película acaba mal

Y eso no es lo peor. Igual que existe la codicia y la avaricia, existe la perversión de los sentidos. Cuando tú ya has pasado por tantas experiencias o riquezas que ya nada te sacia, en ocasiones se pasa de la diversión a la perversión, cuando tus sentidos no se han saciado y quieren más y más. El ser humano sin conciencia siempre quiere subir la dosis y ese es el camino de la perdición y la perversión. El consumismo no es más que una manera infantil de gastar sin una proyección, sin un sentido, sintiendo que el gastar aplacará momentáneamente cierto malestar, un círculo totalmente vicioso, del que luego es difícil volver. Cuando dejas de valorar lo pequeño en pos de supuestos ideales grandes, ahí debes dar la vuelta.