En la multitud de fotos que se han desclasificado del caso Epstein, hay varias cosas que llaman la atención. Sin duda, destaca sobre el resto la cantidad de imágenes que hay de casas, mansiones, habitaciones, seguimiento de obras, etc, especialmente de sus dos islas, donde cometía todas sus depravaciones, como si quisiera documentar cada lugar de la casa. Hay una gran documentación de estancias, muchas de ellas lujosas y también desordenadas, que, a priori, no aportan nada como éstas:








Sin embargo, a medida que uno va observando más fotografías interiores hay algo que llama la atención: las obras artísticas que adornan los inmuebles, especialmente los cuadros. Todos tienen un denominador común: es arte degenerado y con tintes sexuales. Dicen que el arte es una radiografía profunda de una sociedad, construyendo una identidad colectiva. A través de la música, la arquitectura, la literatura o la pintura, una sociedad se reconoce a sí misma y se expresa. No es extraño que la degeneración moral de una sociedad nos lleve a un arte grotesco, producto de una modernidad que abraza el relativismo como algo positivo. Al «sí, sí y al no no, el resto viene del maligno«, que diría la Biblia. Si el arte es relativo y ‘para gustos, colores’, como dicen algunos, también lo puede ser la línea que separe el bien del mal. Hay un arte bello y otro grotesco, no hay más. La modernidad prefiere lo grotesco.
Como decía el argentino Alberto Boixadós, escritor, profesor y periodista conocido por su obra literaria y ensayos sobre cultura, política y arte, «el arte debía tener un sentido trascendente, simbólico y espiritual» y criticaba lo que llamaba la banalización del arte contemporáneo. Para él, gran parte del arte moderno había roto con la belleza, la técnica y el significado profundo, sustituyéndolos por provocación vacía o simple mercado, el arte como mercancía. También vinculaba el arte con la crisis cultural de Occidente, afirmando que la pérdida de referencias espirituales y morales se reflejaba directamente en obras vacías, nihilistas o puramente conceptuales. Que razón tenía.
El cristianismo siempre entendió la grandeza del arte, como si se tratara una apertura a una trascendencia superior, a un reino celestial, una obra a imagen de Dios. Un arte místico, divino. Y así quedó reflejado. Aun así, ha perdido valor hoy en día en favor de obras modernas como puede ser el Guggenheim.




Mientras tanto, un ser podrido como éste no podía sino coleccionar obras que fueran con su acorde con su interior, degeneración pura. Semidesnudos, mujeres y más mujeres y cosas extrañas, cosas que preferimos obviar. Incluso hay un cuadro de un señor vestido de mujer que parece el expresidente de EEUU, Bill Clinton. También hay una mesa cuyas patas acaban transformándose en bebés en posición fetal. Perturbador se queda muy corto,.











Multitud de imágenes de este tipo, que demuestran no ya una hipersexualización, sino depravación pura y dura, incluso en sus obras artísticas. Pero esto no es algo intrínseco únicamente al individuo en cuestión, sino un elemento habitual en el arte judío, con tendencias satánicas, lo que nos lleva hasta Marina Abramovich. Resulta que la artista satanista era amiga de Epstein, sale en los mails y su obra se basa en elementos diabólicos, sangre y, lo peor, demasiados niños, lo cuál nos invita a pensar en la relación entre las prácticas de Esptein y las obras de la serbia. Parece que tenían gustos parecidos.






Aquí una imagen de Marina y Lady Gaga bebiendo, lo que puede ser sangre humana, sobre el cuerpo desnudo de un hombre. ¿Es esto arte? ¿Por qué se ha mirado siempre hacia otro lado cuando el río venía sonando desde hace tiempo? Todas las imágenes hablan por sí solas. ¿Vale todo en nombre del arte?



