España: de primeros a quintos en la UNESCO

Inauguro esta sección cultural con un tema que genera en mí sentimientos encontrados:
quizá sea por el orgullo patrio de saberme nacido en un país con un contexto histórico en
tiempo muy superior a los 10 000 años y en el espacio peninsular ibérico, propicio para
intercambios culturales constantes, con el legado patrimonial que ello supone. De otro lado,
sufro con estupor cada palo en los méritos culturales, artísticos, deportivos o científicos no
reconocidos, que en parte son objeto de este artículo.

Este año 2025 es el segundo que no incorporamos ningún lugar como Patrimonio de la
Humanidad por y para la UNESCO, bien es verdad que incomprensiblemente no hemos
presentado candidatura alguna estos dos últimos años. Se espera que en 2026 se incorpore
-si gana- la Ribeira Sacra gallega (al sur de Lugo y norte de Orense: paisajes agrarios
vitivinícolas con abruptos desniveles, monasterios románicos… cuya población más
conocida es Monforte de Lemos), como un paisaje cultural, y, para 2027, quizá entre a la
lista Itálica la primera colonia romana de la Península Ibérica o de Hispania (-206), actual
Santiponce, a 8 km de Sevilla. En dicha ciudad -que he visitado dos veces- destaco el
anfiteatro romano más grande de la Península Ibérica, que ahora se puede recorrer casi
completo y acertadamente promocionado por la serie “Juego de Tronos”, al tratarse de un
escenario de su rodaje.

Vaya por delante mi deseo de éxito de ambas candidaturas consecutivas; pero lamento que
España ralentice tanto estos procesos y aún hoy veamos como maravillas del calibre de
Sigüenza (Guadalajara) o el paisaje marciano (a una hora de Santiponce / Itálica) de Minas
de Riotinto
no lleven años en dicha lista.


Tenemos cincuenta Bienes Patrimonio de la Humanidad, por lo que estamos justo detrás de
Francia (con 54 inscripciones), Alemania (56), China (60) e Italia (61), gran niña bonita -Il
Bel Paese- de esta agencia para la educación, ciencia y cultura de la ONU. Estuvimos en un
segundo puesto unos 20 años, pero en menos de diez hemos pasado al quinto y
-lamento decirlo- en el mundo solo se conocen los tres primeros puestos en cada entrega
de premios (deportivos, claro), a saber: oro, plata y el no valioso -pero meritorio y digno-
bronce, esto es, no importan los cuartos ni quintos premios. Esto devalúa el atractivo turístico de
nuestros paisajes naturales y culturales, pues solo lugares tan icónicos como las Obras de
Gaudí
en Barcelona o el arte nazarí de Granada van a llamar la atención del turista cultural,
bajo la creencia errónea de que estos lugares están muy por encima de otros mucho menos
conocidos para mentes no tan aficionadas a la historia, geografía o el arte (como el Puente
Colgante de Vizcaya
o los Dólmenes de Antequera, obras maestras del genio creativo
humano.

Si no destacamos en los primeros puestos con nuestro patrimonio, parte de nuestro sector
terciario vía turismo, industria y agricultura irá muy a la cola de otras economías
occidentales. En suma: pasamos a la irrelevancia real o a ser una suerte de país turístico
barato (de playas y pinchos, preferentemente) y sin gran cosa que ofrecer a quienes se
dejan atraer por España.
No albergo peros con el estado de la cuestión en mi adorada Italia, donde he residido y
trabajado varias veces; pero España no tiene menos patrimonio cultural (no digamos
natural, con muchísimas Reservas de la Biosfera) que ofrecer y hemos de hacerlo valer,
mas, para eso, hay que conocer todos los aspectos de nuestra tierra en diferente nivel,
“aprehenderlos” y valorarlos, lo que nos lleva a un tema algo más dramático -si cabe- y disperso: nuestra educación, en lo que es mejor no entrar -para evitar el llanto-.


Reflexionemos: ¿tienen Francia o Alemania más patrimonio que enseñar y con más valor
que España? A este paso nos va a adelantar el Reino Unido de la Gran Bretaña, vecino
gibraltareño, llanitos que llanamente en 2016 incluyeron -a la vez que hizo Málaga con los increíbles
dólmenes antequeranos- su (¿nuestra?) cueva de Gorham como Bien UNESCO. Todavía
recuerdo la transmisión en línea (lo seguí desde entonces en mi despacho brigantino, en
Portugal): la euforia agradecida de los antequeranos y miembros defensores de aquella
candidatura ante una UNESCO incrédula (fue, de largo, el monumento más meritorio de
cuantos lograron inscripción aquel verano).

¿Es que tenemos que suplicar o implorar para que nos valoren? He llegado a escuchar
varias veces a diferentes colegas paisanos: “No suspendamos a muchos alumnos, que, si
no, no estudian la asignatura de Español” (sic). Vamos, que nos tenemos que hacer
perdonar el tener la suerte de ser hablantes del segundo idioma nativo del mundo. Nos
estudian como limosna al mendigo.
Reflexionemos…