Sabido es que la Biología rige por igual a hombres y animales, porque el hombre es un animal racional, sometido a las mismas leyes naturales que afectan al resto de las especies. Y una de estas leyes es que los individuos y especies más adaptados al medio acaban imponiéndose más temprano que tarde. Es por ello que desde los gobiernos se ha venido luchando contra la penetración de especies exóticas invasoras que se adaptan mejor que las locales al nuevo medio que ocupan, de modo que ponen en riesgo la supervivencia de éstas en él, ya porque acaparan las fuentes de alimento, ya porque se mezclan con las locales imponiendo sus genes dominantes, de modo que éstas acaban o desapareciendo, o mestizándose con las de fuera, máxime si llevan siendo tiempo idiotizadas y castradas desde esas mismas instancias de poder.
Porque es cuando menos curioso que estos mismos gobiernos que luchan contra estas especies invasoras fomenten, sin embargo, la llegada masiva a Europa de millones de ciudadanos de decenas de nacionalidades distintas, con costumbres tan ajenas a nosotros como dispares entre sí, y de razas alógenas extrañas a la nativa de este continente, que es la raza blanca. Las razones no se le escapan a nadie, abaratar la mano de obra y reemplazar a la población europea por otra más mansa y menos inteligente que no genere problemas, que sea más domesticable y esté dispuesta a esclavizarse.
Con este propósito se ha diseñado una política tanto legal como propagandística, ésta a través del cine y los medios, que consiste básicamente en dos cosas: por una parte, vender crímenes y abominaciones como si fuesen derechos, para que la población blanca los acepte y practique voluntariamente como si fuese su tesoro inalienable que le puede arrebatar la extrema derecha: enfrentar a hombre y mujer con el feminismo y las leyes de violencia de género, destruir la familia a través del divorcio sin causa justa, asesinar a niños en el vientre de sus madres, fomentar prácticas homosexuales bajo el paraguas institucional del contubernio sodomítico, fomentar la transexualidad y la libertad sexual exacerbada, corromper sistemáticamente a los menores, asesinar dulcemente a ancianos y disfuncionales, promover el consumo de drogas, juego, pornografía y vicios varios, y, en general, dar carta blanca a todo aquello que dinamite una relación matrimonial estable con descendencia blanca y cristiana, medidas económicas destructoras del derecho al trabajo y a la vivienda incluidas. Es, en definitiva, como si a los judíos les hubiesen proclamado que ducharse para despiojarse era su derecho más preciado, y que venían los soldados norteamericanos a quitárselo.
Por otra parte, fomentar la mestización de la población blanca, inculcándole un sentimiento de culpa e inferioridad infundado con la endofobia u odio a todo lo propio (raza, historia, y religión, principalmente), al tiempo que se les vende el mestizaje con las razas extrañas que se meten por millones en el país como una magnífica experiencia cosmopolita de multiculturalidad y de falsa caridad cristiana, en la que la raza de mayor altura intelectual y moral de toda la Historia de la humanidad debería aprender algo de aquéllos que deben su escasa cultura y moralidad precisamente a dicha raza, en los tiempos en que ésta dominaba el mundo, y emigraba porque lo hacía a tierra conquistada, civilizada y evangelizada por sus ancestros blancos y cristianos.
La realidad, sin embargo, es muy diferente: bajada de salarios, saturación de servicios públicos y desmontaje del estado de bienestar, aumento de la delincuencia y de la inseguridad y de lo que se debería llamar violencia extranjera, y no de género: el maltrato, la violación y el asesinato de mujeres. Con ello, el Estado tiene la coartada perfecta para aumentar los medios de represión contra la población autóctona, armándose contra la ciudadanía nativa al más puro estilo soviético: mayor vigilancia, más policía, leyes penales y penitenciarias más duras, prohibición de la legítima defensa y del porte de armas de cualquier tipo, y todo ello, curiosamente, de manos de la derecha y de la extrema derecha, todo por nuestro bien.
Masonería
Esto, evidentemente, forma parte de un plan orquestado por una determinada etnia mafiosa asociada con la finanza internacional, la masonería y el satanismo, que pretende erigirse en el amo del mundo a la llegada de su Mesías, que no es otro que el Anticristo. Este plan de control, esterilización, mestización e idiotización colectiva ya se propuso para la población alemana tras la segunda guerra mundial, por cerebros privilegiados, todos judíos menos el último, como Henri Morgenthau Jr., Secretario del Tesoro de Roosevelt, también judío; Theodore Kaufman, asesor de éste; Ilya Ehremburg, comisario político de Stalin y criminal de la guerra civil española, el abogado Louis Nizer, y Ernest Hooton, profesor de Harvard, padre del plan de mestización de los alemanes.


Para proteger este plan existen los delitos de odio, ajenos a la tradición jurídica europea e introducidos sólo muy recientemente, a partir de los dos mil, desde EEUU primero y Reino Unido después, de manos de jueces judíos como la eximia Ruth Bader Ginsburg. Estos delitos pretenden condenar por una pasión natural y legítima en todo ser humano, que es el odio al mal por amor del bien. Y es que aquí no se trata de odiar al capote, la inmigración masiva que, como tal, carece de culpa, y a la que se manipula y se le abren las puertas como al mar, sino de combatir al torero, que es el que maneja el capote, instrumento para llevarnos o al matadero, o la bastardización y pérdida completa de identidad y de raza para convertirnos en puré tutti-frutti servido a los empresarios en platos de lujo.
Europa fue poblada en primera instancia por la descendencia de Shem, hijo de Noé, el toro blanco mencionado en el libro de Henoc (Proyecto mil genomas 2008-2015). Después, otros descendientes de Shem, los semitas, parientes colaterales de Abraham, conquistarían Europa en la llamada invasión indoeuropea, surgida, como el pueblo de Israel, en Mitanni, entre el Tigris y el Éufrates. Posteriormente, a partir del s. V. a.C, las diez tribus de Israel expulsadas de su tierra por los asirios, la casa de ‘Ömri, los cimerios o cymru, iniciarían su avance a Europa para ser evangelizados por San Pablo y unir su sangre con Roma en las invasiones bárbaras: tal es el origen de la raza blanca en Europa, el verdadero pueblo de Israel, evangelizador de los gentiles.

Cam, el toro negro, africanos, chinos e indios, tendría el gen angélico dominante fruto de la unión de ángeles y mujeres, y Yafet, el toro rojo, eslavos, kurdos y turcos, principalmente, el gen angélico recesivo. De ahí que la evangelización se dirigiese exclusivamente a las ovejas perdidas de la casa de Israel en Europa (Mt. 15, 24). Finalizado el tiempo de ésta para la conversión de los gentiles a la fe católica por la desaparición de la Iglesia en la gran apostasía tras el Concilio Vaticano II, Israel, Europa, ya no debe mestizarse más para atraer a aquéllos a la fe a través de la difusión de sus genes entre ellos, porque lo cierto es que la genética predestina a la recepción de la fe y a la salvación (ver el capítulo sobre la predestinación racial en mi libro El Holocausto de la Iglesia Católica).

Es por ello por lo que el mantenimiento de la raza se impone como primer deber fundamental, no sólo de lucha, resistencia y supervivencia frente al poder tiránico de la Bestia que nos gobierna, sino deber además hacia nosotros mismos, la herencia de nuestros predecesores y de nuestros descendientes, quienes no pueden acabar siendo un batiburrillo de mestizos descastados, esclavizados e idiotizados al servicio de una élite satánica que controle el mundo después de tres guerras mundiales provocadas por ellos para nuestro aniquilamiento o esclavización. De ahí que, con todo el respeto que se debe a nuestros semejantes por el hecho de ser también criaturas de Dios, deban implementarse de modo inmediato políticas no sólo de prohibición de toda inmigración extranjera, salvo casos muy tasados, ya que el que no pone barreras fuera de casa va a tener que ponerlas dentro, sino además de remigración voluntaria o expulsión forzosa de todos aquéllos que no sean descendientes de españoles sin mezcla, conforme a nuestra inveterada tradición de los expedientes de limpieza de sangre y de prohibición de entrada a la Península de indios y negros de ultramar, y a las sabias y afortunadas expulsiones de judíos y moriscos, no culminadas, desgraciadamente, con la gran redada de Fernando VI en 1749.
El hecho de ser católico el inmigrante nada cambia en este extremo, pues ya no hay católicos, sino seguidores de la secta romana del Vaticano II. No es una cuestión relativa a la bondad o maldad de la persona extraña, que por sus genes angélicos tiene mayor tendencia al mal, como resulta empíricamente demostrable, hemeroteca y datos en mano, sino de la supervivencia de las especies nativas, como el lince ibérico. Tenemos derecho a ser blancos en un país exclusivamente de blancos, sin ofender a nadie.
«Cuando Yahweh tu Elohim (Jesucristo, Epístola de Judas 5) te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Yahweh tu Elohim las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia. Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo. Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos… Porque tú eres pueblo santo para Yahweh tu Elohim, quien te ha escogido para serle un pueblo (genéticamente) cerrado, más que todos los pueblos que están sobre la Tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Yahweh y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Yahweh os amó, y quiso guardar el juramento que hizo a vuestros padres (por sus genes, no por sus obras)» (Deuteronomio 7).


