Definía Santo Tomás de Aquino al arte como conjunto de normas que aplican la recta razón a la confección de cosas materiales. Pero esta confección deja de ser un arte desde el momento en el que la libertad revolucionaria de 1789 proclama, contra Dios, el satánico non serviam, la libertad para el mal y el error, aboliendo las normas racionales en el nombre de la Ley y de la Razón, para sustituirlas por las emanadas del inexistente pueblo soberano, en cuyo nombre se expresa la tiranía de intereses de las élites. Esto no tuvo lugar de la noche a la mañana, porque el liberalismo triunfante en la Revolución ilustrada gustaba de los lujos de los aristócratas que les precedieron en el poder y, tras un periodo iconoclasta, se subieron al tren del progreso tecnológico capitalista y se adhirieron al lujo y boato de la Iglesia Católica, que no tardó en bendecirlos, al menos de hecho, de manos de León XIII y S. Pío X en aquél famoso Ralliément o realineamiento de Dios con el Diablo, que sembró el anticlericalismo entre los más humildes.
Durante el s.XIX y principios del XX se mantuvo la estética artística simplemente porque el arte era sólo para los ricos burgueses triunfantes en la Revolución liberal. La funcionalidad barata y sin gusto se reservó para las fábricas y las vivendas y barrios de los obreros, quienes, evidentemente, no tenían mucho tiempo libre para desarrollar su gusto estético ni disfrutar del arte. La estética pasó a ser, de repente, un elemento de diferenciación social que, a pesar de lo que nos cuenten las películas sobre la Edad Media, no era tan acusado en siglos anteriores, en los que los campesinos disponían de sus galas propias según regiones y aplicaban la exquisitez a sus artesanías y construcciones, prueba de lo cual cualquier villa medieval visitable.
La primera guerra mundial es el gran punto de inflexión en este tema como en tantos otros: es el fin de la era liberal y el comienzo de la era soviética, en la que nos hallamos hoy todavía en todo Occidente, aunque la URSS haya desaparecido hace décadas. Del mismo modo, marca el fin de la estética artística, sólo mantenida, y de aquella manera, por el nacionalsocialismo alemán frente a la decadencia de la República de Weimar, precusora del lamentable estado moral y estético de nuestro tiempo; Italia cayó en la peste futurista y en España no había mucho dinero para estos menesteres, aunque destacaron grandes figuras como Jose María Pemán en Poesía o Juan de Ábalos en Escultura, el Arno Breker español.


Aún los años cincuenta mantuvieron ciertas formas, pero es en los sesenta cuando el arte y la estética son definitivamente sepultados en los territorios de la otrora floreciente Cristiandad, tanto en el diseño de elementos técnicos, como en la vestimenta, en la Arquitectura y en todas las artes, incluyendo también la Liturgia tras el iconoclasta Concilio Vaticano II. El solipsismo subjetivo más arbitrario se alzó frente a la naturaleza creada y las leyes más básicas de la tradición artística, las más de las veces por falta de pericia y de talento de los mal llamados artistas, pero también por mala fe y oscuros intereses políticos y económicos.
La estética de la fealdad, o feísmo, consistente en subvertir las normas en las que consiste todo arte, es iniciada principalmente por autores de orígenes judíos, como, en Pintura, Camille Pissarro, padre del impresionismo amorfo, Pablo Picasso, Gustav Klimt, Marc Chagall, Amadeo Modigliani y, más recientemente, Mark Rothko, Jackson Pollock o Andy Warhol, algunas de cuyas obras pictóricas y escultóricas de su tiempo, el expresionismo judeo-alemán especialmente, fueron mostradas en la exposición de arte degenerado de Münich de 1937. En Literatura se rompió con todos los moldes lógicos de expresión humana y se introdujeron temas obscenos, sórdidos y morbosos, muy especialmente en contra de la familia y de la patria: Henry Miller, Erich María Remarque, Stefan Zweig, Franz Kafka, Charles Bukowski, Allen Ginsberg… Corriente continuada después por los nefastos escritores del llamado boom latinoamericano de los sesenta.
Música y cine
La influencia judía en la degeneración musical es anterior, con precursores que iniciaron el camino a la perdición a pesar de cierta esteticidad en sus obras, muy criticadas en su tiempo: desde Beethoven, Félix Mendelssohn, Jacques Offenbach o Gustav Mahler, hasta el sepulturero absoluto de la música, Arnold Schönberg. Sobre cine, nada que decir sino que la gran mayoría de directores y productores de la época dorada de Jewllywood pertenecían a esta raza, y que llevan décadas, hasta hoy, deformando la moral y el inconsciente colectivo de varias generaciones en todo Occidente.
Porque la imposición por decreto de la estética de lo feo por parte de estos fanáticos pedantes a sueldo no es una casualidad, es algo consustancial a la modernidad: responde a una causa y busca un objetivo. La causa es la negación del reinado de Cristo en la sociedad, por lo que se proponen subvertir satánicamente los valores naturales y cristianos, presentar la vida y la Creación del revés, como si estos poetastros alucinados fueran dioses que odian al Creador y su obra pretendiendo ponerse en su lugar, para, de paso, justificar sus propias taras y abominaciones, difundiéndolas entre el gran público. Y el propósito es manipular nuestras mentes, idiotizarnos, enviciarnos, desarmarnos y llevarnos a la depresión y el suicidio, porque la estética en el arte es expresión material de lo humanamente espiritual, es alimento del alma, y sin él vibramos más bajo y somos más fácilmente accesibles a los demonios, esos mismos para cuya llegada nos vienen preparando tras décadas de películas sobre extraterrestres.

Por eso las ciudades se han convertido en centros penitenciarios, con módulos de casas feas, muebles de Ikea, coches insustanciales que parecen aspiradores, iglesias de estética marciana, esculturas abominables en las rotondas, monedas y billetes de banco hechos a escuadra y cartabón, vestimentas carcelarias de corte deportivo cutre y colores cucarachescos, músicas tribales de percusión con letras autistas o chumba-chumbas que le hacen sentir a uno como un calcetín en una lavadora. Siempre con preferencia de lo de fuera, porque la cultura occidental cristiana es necesariamente mala y culpable. Y, sobre todo, caras y almas tristes tras muchas pastillas por la noche y mucha pantalla por el día. Porque caminamos mirando para abajo como los perros.
La patria es un engaño, la religión es una alucinación, la guerra y la violencia nunca es una opción, sé libre de cintura para abajo, hazte gay, la familia es la raíz de tus problemas, las pistolas son sólo para los polis buenos y los malos de la peli, la ley siempre triunfa, la ciencia es tu única esperanza, somos polvo de estrellas, si quieres puedes, la multiculturalidad es muy buena, mestízate, pronto vendrán los extraterrestres a solucionar tus problemas y, mientras tanto, trabaja y cotiza. Todo va a salir bien. Si ves algo estéticamente bonito, será un Ferrari, un Rólex o un ricachón que entra al Casino de smoking: todo un espectáculo.
La modernidad
Verdad, bondad y belleza son los trascendentales del ser en su unidad, y toda obra artística debe responder a ellos a través de la luminosidad, la integridad y la proporción. Por eso, la modernidad carece de estética y de arte, porque, de suyo, ni tiene ética ni sigue la ley natural; porque lo oscuro, lo inmoral, lo morboso, lo falso, lo mutilado, lo desproporcionado, anulan el valor, la profundidad, la sublimidad y la grandeza de la obra artística, por mucha técnica que tenga el autor, que está al servicio del mal y del error.

El ateísmo produce un hombre de interioridad anímica fea y vacía, oscura, contradictoria y trivial, intrascendente, que no puede producir obras profundamente bellas aunque su talento y pericia sean sobresalientes. Un artista egoísta y amargado, que prefiere el mal al bien, la mentira a la verdad, el caos al orden armonioso, que estima absurda la vida, que está desesperado y que acabará probablemente suicidándose, es incapaz de producir una obra de arte llena de luminosidad y armonía, pletórica de fuerza y alegría, profundidad y trascendencia. (P. Jose Mª Iraburu, De Cristo o del mundo).
Arte y estética son inconcebibles sin el Creador y sin la razón de utilidad, hermosura (formosura, de forma) y amor aplicada a su obra, pues Él fue el primer artista y el primer esteta: Los cielos proclaman la gloria de Dios, y su expansión revela la obra de sus manos; un día a otro le transmite su palabra, y una noche a otra le comunica su sabiduría… Su ley es perfecta y reconforta el alma, mientras que su testimonio es fidedigno y hace sabio al ignorante.



