9 de mayo: Día de Europa, de una Europa decadente que no se reconoce

Europa vuelve a celebrar este 9 de mayo el llamado Día de Europa, una fecha concebida para conmemorar la unidad del continente y el nacimiento del proyecto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cada vez es más difícil, por no decir un sinsentido, celebrar una jornada en la que se conmemora ¿el qué? ¿la decadencia absoluta de un continente y una civilización gloriosa? Porque resulta incomprensibe celebrar una Europa que no crea en sí misma, en su grandeza, en su cultura y en su papel histórico.

Durante siglos, Europa fue el corazón intelectual, artístico y político del planeta. Desde la filosofía griega hasta el derecho romano; desde las catedrales medievales hasta el Renacimiento italiano; desde la literatura española del Siglo de Oro hasta la Ilustración francesa; desde la música clásica alemana y austríaca hasta la tradición científica británica. El continente europeo construyó gran parte de los pilares culturales sobre los que se levantó Occidente, la envidia del planeta, el sistema casi perfecto. En las Ferias Mundiales, como la de París de 1900, donde se presentó al mundo la ‘Tour Eiffel’. En ellas se exponía el desarrollo logrado, los avances y la grandeza. En el siglo XX se eliminaron y la historia pasa de puntillas sobre este hecho, una muestra más de que el deterioro no ha sido fortuito, sino programado.

Las grandes capitales europeas fueron durante generaciones sinónimo de civilización, la armonía en todos los órdenes. París representaba el pensamiento y el arte; Roma, la herencia histórica; Viena, la música; Atenas, la filosofía; Madrid y Lisboa, la expansión del mundo moderno; Berlín, la ingeniería y la ciencia; Praga y Budapest, la sofisticación cultural; Londres, el parlamentarismo y el comercio. Europa era diversidad, pero también una conciencia compartida de pertenecer a una civilización milenaria. Ahora es la Europa del feminismo, del aborto y la eutanasia.

Europa es como esa madre que no valoras hasta que ya no está. Crecimos en la normalización de la excelencia y pensamos que era lo normal, tampoco habíamos conocido otro modelo, por tanto no lo valoramos suficiente. Suele pasar. Europa fue lo más parecido al Jardín del Edén sobre la tierra. Armonía, orden, belleza y arte, un arte, el gótico por ejemplo, que aún esconde secretos cruciales a la vista de todos y que acompaña, el arte eclesiástico, cada ciudad o cada pueblo. La tierra que Dios hubiera diseñado para sí, la correcta evolución de la humanidad. ¿Acaso hay orden en Sudámerica, Asia o África?

Hubiera estado encantado con sus catedrales, monasterios y abadías, palacios imperiales, acueductos y calzadas romanas, ciudades amuralladas, universidades históricas como Salamanca, Bolonia o Oxford, bibliotecas, óperas y teatros, museos, cascos históricos, ruinas de otras civilizaciones, ciudadelas, caminos de peregrinación. De todo lo citado, ¿hay algo que haya mejorado, algo que se haga ahora que no se hacía nada? No, claramente Europa vive sobre los restos de civilizaciones mucho más avanzadas que la actual, la que se empeña en destruir e vez de en crear, la de dividir en vez de unir. Nos engañaron.

La Segunda Guerra Mundial no fue más que el principio del fin, creada aparte por injerencias extranjeras, como siempre. A partir de ahí se creó la Unión Europea, cuyo objetivo no es otro que destruir la Europa que conocimos por otra multicultural, desordenada, caótica, peligrosa, que no se reconoce y que grita que quiere regresar a un pasado cercano glorioso, mientras los ciudadanos viven anestesiados, cada vez más pobres y cada vez más infelices. Además, tenemos que aguantar que una ‘tipeja’ como Úrsula Von der Leyen diga que no debemos tener hijos porque ya rompió ella la media con 7. Es como Irene Montero en vieja, de esas que dicen yo con los obreros a tope siempre, mientras termina de pagar la letra de su nueva mansión. ¿Y a Von der Leyen quién la ha votado en este sistema tan democrático basado en el sufragio universal?

En lo económico, el continente ha perdido peso económico frente a Estados Unidos y China. Su influencia internacional disminuye año tras año. Las grandes innovaciones tecnológicas ya no nacen en Europa, mientras muchas de sus industrias sufren deslocalización y dependencia energética exterior. Pero la crisis va más allá de lo económico. Muchos europeos perciben una pérdida progresiva de identidad colectiva. Las raíces culturales y cristianas del continente han quedado relegadas, mientras las instituciones europeas aparecen cada vez más alejadas de los ciudadanos y obsesionadas con una burocracia que sirve de parapeto. O estás con el arte o estás con la burocracia.

Von del Leyen, con su numerosa familia, la que no quiere que tengas tú

Europa parece haberse convertido en un espacio administrativo sin alma, más que en una civilización consciente de sí misma. A esta sensación de agotamiento se suma una profunda crisis demográfica y una sustitución racial. Europa envejece aceleradamente mientras pierde capacidad para proyectar fuerza y confianza hacia el futuro. Muchas sociedades europeas viven atrapadas entre el miedo al declive económico, la fragmentación política y la incapacidad de ofrecer un proyecto común reconocible. Europa se está suicidando y habrá un punto de no retorno.

Las nuevas generaciones conocen poco de la historia europea, de sus tradiciones o de su grandeza, pero algo no les cuadra. Se encontraron con una pandemia, con una pérdida de valores morales, con un ateísmo tremendo, con que no pueden caminar tranquilos por los mismos barrios que sus padres sí lo podían hacer, con que no tienen la misma capacidad adquisitiva que ellos, que no se pueden independizar, etc. Y a ellos no les engañas tan fácil porque no han sido manipulados mentalmente para estar eternamente atontados. Y a ellos se agarra Europa en su ilusión por resurgir y volver a ser la tierra elegida.