La Iglesia y la regularización de la inmigración en España. Por Ignacio Tusurya de Huegun.

Hace unos días que la Conferencia Episcopal en nota de prensa,  a través de algunas organizaciones satelitales, y con alguna disidencia por parte del obispo de Oviedo, manifestó su alborozo por la decisión del Gobierno socialista de regularizar a cerca de medio millón de extranjeros ilegalmente residentes en España, la mayoría de los cuales ateos como Sánchez, o bien musulmanes, o evangélicos protestantes, mano de obra imprescindible, después de millones de niños abortados, para que los engranajes del Capital sigan suficientemente engrasados de sangre. No debe extrañar a la feligresía bienpensante esta aparente contradicción en los términos, cuando la doctrina ecuménica del pasado y ya viejuno Concilio Vaticano II pregonaba a los cuatro vientos la igualdad de todas las religiones, todas las sectas, todos los cultos y todos los dioses del Olimpo para alcanzar el paraíso en la Tierra y, a continuación, la salvación eterna en el Cielo, sin desechar en este afán a los ateos, cristianos anónimos salvos desde su concepción por razón de la supuesta Encarnación de Jesucristo en todo ser humano, como pontificaba el inefable teólogo gnóstico Karl Rahner.

Esta concepción netamente masónica, naturalista y buenista del pasado Concilio y de la Iglesia Católica vigente la fundamentan muchos en aquello que decía Dios en el Antiguo Testamento de que había que respetar a los extranjeros que residían entre los israelitas porque también ellos fueron extranjeros en la tierra de Egipto. Esta interpretación papanatesca obvia la neta diferencia que el texto bíblico guarda entre el guer o extranjero racialmente próximo al israelita, y el nekar o extranjero cananeo que debía ser exterminado junto con sus mujeres, hijos y ganado, para evitar la contaminación genética del pueblo de Israel. Estas sutilezas etimológicas las aprendieron bien en sus relaciones con los palestinos aquéllos impostores que pretenden ser descendientes de aquellos israelitas.

También olvidan los sermoneadores parroquiales en sus disquisiciones dominicales que la Buena Nueva estaba destinada sólo a las ovejas perdidas de la casa de Israel, es decir, a una raza concreta, para que a través de ella y sólo de ella se difundiese a los gentiles, y es precisamente esa raza la que constituye la materia fundamental de la Iglesia Católica que evangelizó y fecundó con sus genes todo el Orbe, principalmente desde España. La Iglesia Católica no es otra cosa que el verdadero Israel y su semilla, amalgamada en la Fe. La autoridad que puedan tener para aleccionarnos los hoy autodenominados sacerdotes u obispos católicos, incluido el de Roma, es nula, y por tanto hay que tenerlos como gentiles y publicanos, como okupas indocumentados de la casa de Dios, como demoledores de su Iglesia, como concha sin perla, y han de ser expurgados de ella a latigazos, por usurpadores. Saquémonos ya de encima estas cadenas, esta rémora infiltrada de masones de la lista Pecorelli.

Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II asumió tres herejías fundamentales condenadas por el Magisterio anterior, la libertad religiosa, contraria a la Quanta Cura de Pío IX; el ecumenismo, opuesto a la Mortalium Animos de Pío XI, y el cuestionamiento del primado de Pedro, que supuso la introducción de la democracia liberal en la Iglesia a través de la aberración de las Conferencias Episcopales, democracia expresamente condenada junto con el liberalismo, el socialismo, el comunismo y el progresismo por diferentes encíclicas de finales del s.XIX y principios del XX (Diuturnum Illud, Humanum Genus, Immortale Dei, Quod Apostolici, Libertas, y Divini Redemptoris principalmente).

Recordemos que la Iglesia del Concilio es la responsable directa de la apostasía general en todo el mundo por razón de la equiparación de todas las sectas con la única religión válida, que es la católica, y por la proclamación de la tan dañina libertad religiosa, que equipara legalmente el error y la verdad, el Diablo y Dios. En España, es la responsable fundamental de la entrada de la democracia y del apuntillamiento de toda resistencia eficaz en el final del franquismo contra la Revolución masónica del 78. Cosas parecidas se vieron en Hispanoamérica, en especial en Argentina.

Toda la Teología actual de la falsa Iglesia Católica, la secta del Vaticano II, fue condenada como cloaca de todas las herejías principalmente por Pío X en la Pascendi y por Pío XII en la Humani Generis. La radical transformación de la práctica totalidad de los sacramentos tras el ominoso Concilio ha llevado a que hoy no haya Misas válidas ni Cuerpo de Cristo en todo el mundo, con la excepción de las Iglesias cismáticas orientales, y que prácticamente todos los sacerdotes y obispos sobre la Tierra que se dicen católicos no estén ni ordenados ni consagrados, siendo todos laicos, y herejes por añadidura. Como consecuencia, el poder de las llaves o de jurisdicción apostólica está definitivamente extinto, la sede de Pedro está vacía y no es ya posible humanamente elegir a un Papa católico, valga la redundancia.

Por eso les animo, señores lectores que se tienen por católicos, a que despierten de su letargo de tantas décadas, que se quiten el parásito de encima, y se pregunten si, en mitad de la apostasía general predicha por San Pablo y San Lucas, el verdadero Israel aún debe seguir mestizándose con los cananeos para con ello introducirlos en la única Iglesia de Dios cuando ya ni los católicos tienen fe, o si por el contrario, siguiendo las sabias leyes de nuestros antepasados, quienes se preocupaban de confeccionar con sumo rigor los expedientes de limpieza de sangre e impedían la entrada de nativos de otras tierras del Imperio en la Península, o la profesión como sacerdotes de negros, esclavos e indios, debemos oponernos al exterminio del verdadero pueblo de Israel que constituimos, y que está llamado en el Apocalipsis a ser la vanguardia triunfante que reciba a Nuestro Señor en la Parusía.