Piensan los necios que liberalismo y comunismo son dos ideologías opuestas y contradictorias, basada la primera en la libertad individual, el respeto a la propiedad privada y el poder del pueblo o democracia, y la segunda en la restricción de libertades, la propiedad colectiva y el poder omnímodo del Estado sobre los individuos. Craso error, porque ambas ideologías, a pesar de las aparentes diferencias, son exactamente la misma, la ideología de la Bestia o del Anticristo, constituidas para establecer una tiranía integral de unos pocos sobre toda la humanidad.
Cierto es que el comunismo marxista, creación del judío Karl Mordechai, alias Marx, es una continuación lógica del liberalismo que lo antecede, puesto que ambos se fundamentan en los principios de libertad e igualdad de la Revolución francesa, siendo el de fraternidad un simple brindis al sol en honor del Paraíso en la Tierra que, como anzuelo engañabobos, se arroja al populacho previamente desestructurado tras la demolición de la familia, el gremio y el municipio a partir de 1789. Ciertamente, si se da libertad plena, la desigualdad no tardará en aparecer, porque los listos, los poderosos y los amorales sin escrúpulos se impondrán al resto; y si se decreta la igualdad de todos los individuos, será necesariamente a costa de limitarles sus legítimas libertades.
En el fondo subyace un principio común, que es el de que Dios no existe, ni tampoco ninguna ley natural ínsita a la esencia de las cosas, como un manual de instrucciones, ni ninguna ley divina que distinga objetivamente entre el bien y el mal. El hombre en abstracto es dios, tiene licencia para hacer lo que quiera, sin trabas morales, lo cual se expresa a través de sus derechos y libertades. Sin embargo, el sentido común nos dice que no existe derecho ni libertad para el error y el mal, y que no debe confundirse el fin, el bien; con el medio, la libertad, la cual siempre debe estar guiada a tal fin por la recta razón y la ley natural objetiva.
El liberalismo sienta tres principios básicos: en materia religiosa, toda religión es buena y legítima, y existe libertad de conciencia, es decir, amoralidad absoluta, dándose carta de legitimidad a una cosa y su contraria, a Dios y al Diablo, al bien y al mal. En materia intelectual, se extiende la idea a la libertad de pensamiento y de expresión, equiparando la verdad con el error, y atribuyendo a la naturaleza caída del hombre el privilegio pelagiano de poder alcanzar la verdad por sí misma sin gracia divina alguna. En el campo sociopolítico, se proclama la libertad ideológica y de partidos, y en el campo económico el librecambismo, rechazándose la autoridad excesiva del Estado y la responsabilidad por los propios actos, a través de las sociedades anónimas, y proclamando el anarquismo de derechas de la libertad económica absoluta del individuo, tan de moda hoy en el neoliberalismo imperante, y magníficamente expresada por la Escuela de Chicago del judío Milton Friedman.

De aquí viene la defensa del abstencionismo del Estado, reducido a su mínima expresión para que no importune a los poderosos, tanto en materia económica como en la ética individual y social: el Capital actuaría sabiamente creando riqueza según unas supuestas leyes de mercado, y la sociedad sabría darse democráticamente normas de consenso para regirse, todo lo cual es, obviamente, una absoluta fantasía delirante que lleva a la polarización política, la injusticia social, la revolución y la guerra civil. De todo este despropósito surge, como continuación lógica basada en los mismos principios, el comunismo marxista, que propugna una intervención desproporcionada del Estado para restringir libertades, legítimas o no, en orden a una más que dudosa igualdad.
De hecho, el liberalismo ya tuvo que tomar medidas al respecto como consecuencia de sus disparatados principios que llevaban irremisiblemente al caos, fortaleciendo y armando al Estado bajo el barniz del nacionalismo de escuadra y cartabón, causa de la primera gran guerra, preparando el barco para que fuese tomado por los motines revolucionarios marxistas. Allá donde esto no pudo ser, surgió la socialdemocracia, cuyo objetivo era cambiar ciento ochenta grados la mentalidad de la marinería para hacerse con el navío a través de las urnas del liberalismo, y en esto surgieron, como dijimos en otro artículo, Gramsci y la Escuela judía de Frankfurt y la famosa ventana de Overton, a la que dedicaremos unas líneas en otra ocasión: no se puede hacer un hombre de un cerdo, pero sí se puede hacer un cerdo de un hombre, máxime haciéndole creer que su nueva y penosa condición es un derecho inalienable.
El caso de China
Lógicamente, la dictadura del proletariado, porque la sociedad próspera y sin clases es una quimera milenarista engañabobos, debía mantenerse indefinidamente a rajatabla, hundiendo las economías de tipo soviético e igualando a todos sus ciudadanos, salvo los camaradas del partido, en la más absoluta de las miserias, y esto a pesar del apoyo de los parientes judíos capitalistas de Nueva York, Londres y París, quienes financiaron y controlaron desde el principio la aventura revolucionaria soviética. Y la razón del fracaso fue, a pesar del capital que entraba a espuertas, que el Estado soviético se lo tragaba todo, en beneficio exclusivo de los camaradas, en una pésima gestión basada en la división, el odio y la envidia de clases en la que el ciudadano soviético no tenía medio de prosperar ni nada que ganar, salvo la supervivencia más precaria. De ahí que China diera con la fórmula mágica de unir dos sistemas aparentemente contradictorios, pero que, en el fondo, como vamos viendo, no son sino el mismo.
Y aquí es donde el anarcocapitalismo libertario del neoliberalismo rampante y la economía de mercado del Partido Comunista chino se dan la mano, matices diferenciadores aparte. En el fondo hay un utilitarismo mezquino y materialista y un egoísmo amoral de ética relativista, subjetiva y de conveniencia, en los que las cosas son buenas o malas no según principios absolutos, sino según para qué y siempre en el orden hedonista libertino material de búsqueda del placer y huida del dolor, que sería el bien supremo y fin último, ideas ya pergeñadas por Descartes, Hume y el racionalismo ilustrado. De aquí que ambos sistemas se fundamenten en el primado de la Economía y del bienestar material puramente animal, negando a Dios y todo elemento espiritual en el hombre, y por ello ambos suponen un criadero de cuerpos para el infierno y un matadero de almas. La plutocracia librecambista, la república democrático-tiránica de partidos en la que unos pocos tienen el monopolio de las riquezas y del Estado, se diferencia en bien poco del sistema chino de partido único y libertad de mercado. Usted no decide nada con su voto, y puede tener libertad para hacer o decir lo que quiera, si tiene medios, pero según lo qué puede perder por ello todo su patrimonio y dar con sus huesos en una celda.
En China acabas igual, pero sin esa libertad de necios. Porque la clave de todo está en la tecnología, ya lo avisó sabiamente el eximio ludita Theodore Kaczynski en su manifiesto, y máxime en nuestros días, por razón de una inteligencia artificial que no está concebida para ayudar al hombre, sino para convertirlo en guarida de demonios y destruirlo, pues no bebe del pozo de la verdad, sino de un maremágnum caótico de partos mentales contradictorios sin ninguna moral factible. Se impone la idea prometeica, gnóstica y cabalística de que la Tierra debe ser conquistada hasta alcanzar el Olimpo del progreso material infinito, a pesar del cuento de los recursos limitados y del cambio climático que sólo afecta al vulgo, a través del genio humano divinizado en forma de creación tecnológica, a pesar de que la Ciencia no haya avanzado nada con sus patrañas y engaños desde hace más de un siglo.
Y todo ello con el fin de liberar utópicamente al hombre abstracto de su maldición bíblica de arrancar con arduos trabajos el pan de una tierra llena de espinos, quien sin embargo, en concreto, se ve controlado, clasificado, esclavizado, y exprimido como un limón por el Superestado tecnocrático y plutocrático en esta granja humana, so pena de experimentar el dolor de la carencia de los bienes materiales más básicos, aparte del inexorable vacío existencial de su espíritu apartado de Dios y entregado irremisiblemente a los demonios. Ésta es la ideología del Anticristo: hacernos vivir como cerdos ilusionados para hacernos morir como desesperados.


