Uno de los vicepresidentes más importantes de la historia de Estados Unidos, Dick Cheney, de 84 años, falleció la noche del 3 de noviembre de 2025, rodeado de su familia, a causa de complicaciones por neumonía y una enfermedad cardíaca y vascular. Nacido el 30 de enero de 1941 en Lincoln, Nebraska, Cheney desarrolló una extensa carrera política, que lo llevó a ser vicepresidente de los Estados Unidos entre 2001 y 2009, bajo la presidencia de George W. Bush. Antes de ocupar ese cargo, fue jefe de gabinete de la Casa Blanca, representante por Wyoming y secretario de Defensa durante el mandato de George H. W. Bush, donde supervisó la operación ‘Tormenta del Desierto‘ en plena guerra del Golfo.
En su currículum, destaca la influencia directa en la política exterior y de seguridad nacional, siendo uno de los principales impulsores de la invasión de Irak en 2003 y de la expansión de los poderes presidenciales tras los atentados del 11 de septiembre. Su figura, sin embargo, fue profundamente divisiva: admirado por los sectores conservadores por su firmeza y criticado por defensores de derechos humanos por su apoyo a las llamadas “técnicas de interrogatorio mejoradas”.
Su legado también estuvo marcado por su carrera empresarial, especialmente como presidente ejecutivo de la compañía energética Halliburton, antes de volver al servicio público. En el plano personal, Cheney libró una larga batalla médica: sobrevivió a cinco ataques al corazón y recibió un trasplante en 2012. En sus últimos años, se distanció del ala trumpista del Partido Republicano, llegando a calificar a Donald Trump como “la mayor amenaza para nuestra república”. Su muerte marca el final de una era en la política estadounidense, la de una generación que definió la estrategia militar y la seguridad nacional de principios del siglo XXI. Aunque su figura seguirá siendo objeto de debate, pocos dudan de que Dick Cheney transformó el papel del vicepresidente y dejó una huella indeleble en la historia contemporánea de Estados Unidos.


