El primer ministro se queda sin mayoría para gobernar, al obtener 53 diputados y ahora dependerá de los partidos árabes
Israel afronta un nuevo escenario de incertidumbre política después de que la Comisión Electoral Central publicara los resultados definitivos de las elecciones celebradas el pasado martes. El Likud de Benjamín Netanyahu ha conseguido la victoria con 27 escaños, pero el resultado no le garantiza la continuidad en el poder, ya que su bloque parlamentario suma 53 diputados, ocho menos de los 61 necesarios para alcanzar la mayoría absoluta en la Knéset.
La segunda fuerza política será Yashar!, liderada por Gadi Eisenkot, que obtiene 21 escaños. El bloque opositor alcanza los 48 representantes, mientras que las dos formaciones árabes suman otros 19 diputados. Esta distribución convierte a los partidos árabes en una pieza potencialmente decisiva para desbloquear la gobernabilidad, aunque todavía no está definido qué alianzas podrían materializarse.
La composición del bloque de Netanyahu refleja también el peso de las formaciones ultraortodoxas y ultranacionalistas. Judaísmo Unido de la Torá obtiene siete escaños, Shas consigue seis, Poder Judío logra siete y Sionismo Religioso alcanza otros seis. En la oposición, además de Yashar!, destacan los doce diputados de Juntos, los ocho de Los Demócratas y los siete de Israel Beitenu.
La victoria electoral permite a Netanyahu mantener a su partido como primera fuerza parlamentaria, pero no despeja las dudas sobre su capacidad para formar Gobierno. Las negociaciones con otras formaciones serán determinantes para conocer quién consigue reunir los apoyos necesarios.
Israel, bajo la lupa por las acusaciones de injerencia y amenazas
El resultado electoral llega en un momento especialmente delicado para las relaciones de Israel con varios países europeos, entre ellos España. El Gobierno de Pedro Sánchez ha señalado públicamente la existencia de redes vinculadas a Israel y Rusia que habrían participado en campañas de desinformación destinadas a aumentar la polarización política y social en Europa. Estas acusaciones han sido rechazadas por las autoridades israelíes, que niegan cualquier implicación de su Estado en operaciones de desestabilización.
Uno de los episodios que ha elevado la tensión diplomática se produjo el pasado 10 de septiembre, cuando Dana Erlich, encargada de negocios de la Embajada israelí en España, lanzó una advertencia al Ejecutivo español durante un encuentro del Fórum Europa. «No trabajar con Israel sobre nuestra defensa tiene también un precio sobre los ciudadanos españoles», afirmó la diplomática, en referencia al deterioro de la cooperación entre ambos países.
Sus declaraciones se produjeron después de que Sánchez relacionara a redes prorrusas y proisraelíes con la difusión de bulos durante la crisis migratoria de Ceuta, en la que decenas de miles de personas llegaron desde Marruecos a finales de julio. El presidente sostuvo que esas campañas buscaban debilitar al Gobierno español y alimentar la división dentro de Europa. Israel negó las acusaciones y exigió pruebas. ¡Gobierno israelí organizara la entrada masiva de migrantes ni que esas redes provocaran el movimiento inicial de personas.
A este escenario se suma ahora otro elemento: la propia Israel investiga posibles interferencias extranjeras en sus elecciones. El presidente de la Comisión Electoral Central ha solicitado al servicio de inteligencia Shin Bet que investigue sospechas de financiación procedente de entidades extranjeras para influir en los comicios. Las primeras informaciones apuntan a posibles fondos procedentes de Catar, aunque las sospechas todavía no están acreditadas y las autoridades han descartado que exista una prueba de fraude electoral generalizado.
La coincidencia de estos acontecimientos vuelve a situar la influencia extranjera, las operaciones de desinformación y la utilización de las redes sociales como instrumentos de presión política constantes. La victoria de Netanyahu, sin mayoría suficiente para gobernar, abre además una nueva etapa de incertidumbre en Israel, mientras sus relaciones con España y otros socios europeos siguen marcadas por las tensiones diplomáticas y las acusaciones cruzada


