Sarah Santaolalla dice ahora que «hay sobrecarga de trabajo» en los trenes cuando, después de Adamuz, aseguró que «viajar en tren es muy seguro»

La tertuliana despreció en enero a los que advertían de los problemas de seguridad ferroviaria tras Adamuz y los calificó de «ultras, ignorantes o carroñeros»

Monos con pistolas. Ese es el mejor símil para representar lo que algunos actores de la actualidad llevan a cabo al hablar de todo sin saber de nada, y todo ello delante de un micrófono para que miles de personas les escuchen. No son técnicos, generalmente no han estudiado nada y simplemente se dedican a hacer propaganda barata al servicio de grupos políticos. Y como su obra en una chapuza desde el principio y hablan desde el desconocimiento, siempre acaban equivocándose.

Porque equivocarse es humano pero hablar de seguridad en las redes ferroviarias después de que 46 personas perdieran la vida en Adamuz es ridículo, pero para eso está ahí. Ahora, después de un segundo accidente con más víctimas aún, dice que «hay sobrecarga de trabajo y falta de personal». Todo lo que sea que no coja sus cosas y se vaya a su cosa definitivamente serña una huida hacia adelante, dejando muchos cadáveres morales en cuanto a declaraciones sesgadas y partidistas que, como suele ocurrir, envejecen muy mal.

Es el caso de Sarah Santaolalla, que el pasado 22 de enero, apenas unos días después del accidente ferroviario de Adamuz, decidió impartir una lección de seguridad ferroviaria desde las redes sociales. «Viajar en tren es seguro, muy seguro. No hagáis caso a ultras, ignorantes o carroñeros. Ya está bien de asustar a la gente», escribió en X. No se limitó a defender que el ferrocarril español era un medio de transporte seguro. Fue bastante más lejos: descalificó a quienes cuestionaban la situación de las infraestructuras, reclamaban explicaciones sobre el mantenimiento o advertían de posibles deficiencias en la gestión ferroviaria.

Su mensaje no fue una reflexión técnica ni una explicación basada en una investigación sobre las causas del accidente. Fue una descalificación política. Quienes planteaban preguntas incómodas tras 46 muertos en las vías pasaban automáticamente a formar parte del grupo de los ultras, los ignorantes y los carroñeros. Una manera bastante peculiar de ejercer el análisis político: primero se señala al discrepante y después, si acaso, se discuten los argumentos. Bazofia moral.

Ahora sí hay sobrecarga de trabajo

El accidente de Urda, en Toledo, con 69 fallecidos según el balance conocido, ha devuelto aquellas palabras al primer plano. Y el debate ha cambiado radicalmente. Ahora suelta informaciones sobre las condiciones laborales de los trabajadores de los centros de control, la falta de personal, el estrés y la sobrecarga de trabajo que soportan quienes regulan la circulación ferroviaria. Es decir, que reconoce que es cierto lo que defendían a los que llamó carroñeros

De hecho, el Sindicato de Circulación Ferroviario ya había advertido a Adif el 23 de enero, apenas cinco días después de la tragedia de Adamuz, sobre las cargas de trabajo desbordantes y el desgaste emocional de sus profesionales. También reclamó medidas para evitar que la presión operativa pudiera comprometer la seguridad. Las advertencias continuaron durante los meses siguientes.

La pregunta es inevitable: ¿dónde estaban entonces las voces mediáticas que se dedicaban a tranquilizar a la población y a desacreditar a quienes exigían explicaciones? ¿Por qué resultaba tan sencillo calificar de alarmistas a quienes cuestionaban la gestión ferroviaria y ahora hay que hablar de sobrecarga, falta de personal y posibles deficiencias organizativas? Decencia ninguna.

El problema de convertir cualquier crítica al Gobierno en una amenaza

Santaolalla tiene todo el derecho a defender sus posiciones políticas y a expresar su opinión sobre el sistema ferroviario. Lo que resulta cuestionable es utilizar un altavoz televisivo y las redes sociales para presentar como ignorantes o carroñeros a quienes reclaman transparencia y responsabilidades después de una tragedia. Le da igual los muertos, le importa el relato y lo ha perdido totalmente. Su credibilidad ya no puede caer más bajo.

La seguridad ferroviaria no puede convertirse en una cuestión de obediencia política. No depende de que las críticas procedan de la izquierda, la derecha o cualquier otro espacio ideológico. Depende del mantenimiento de las infraestructuras, de los sistemas de señalización, de la inversión, de la organización del trabajo y de que los responsables públicos respondan ante los ciudadanos.

En este contexto, lo último que necesita el debate público son tertulianos más preocupados por descalificar al adversario que por exigir explicaciones en cuestiones mortales. Quien utiliza un micrófono para presentar como ultras a quienes reclaman responsabilidades debería, como mínimo, tener la honestidad de revisar sus propias palabras cuando los acontecimientos posteriores obligan a replantear el debate y de dimitir, igual que se les exige a los mandatarios.