Se queja algún lector de que el estilo literario de mis artículos es un tanto bíblico y pastoso, lo que lo hace poco comprensible al público mayoritario, a lo que suelo contestar que el problema no está en el que escribe, sino en la comprensión lectora del que lee, dando por supuesto que alguien me lea, me pueda leer, o sepa leer y comprender un texto de más de cincuenta palabras, claro. Chanzas aparte, lo que ya estaba en la mente de cualquier persona inteligente antes de la publicación de la noticia de la catastrófica evaluación de España en general y del País Vasco en particular por parte del informe PISA, es que el nivel cultural de la juventud española está por los suelos, y que, si nos vamos a edades superiores entre las primeras víctimas de las leyes socialistas de educación, rematadas por las del PP, allá por 1985 (LODE) y 1990 (LOGSE), la cosa no pinta tampoco bien para los menores de cuarenta y cinco años.
Para excusar su criminal responsabilidad en el aniquilamiento cultural (por no hablar del moral) de prácticamente dos generaciones de españoles, los políticos pretenden echar la culpa al mensajero, a las pantallas de móviles y ordenadores y a la introducción de la inteligencia artificial en las aulas, olvidándose de que lo importante es el contenido, y no el continente: la multiplicación de libros en el s. XVI tras la invención de la imprenta no implicó el nacimiento de la cultura y de la civilización humanas en ese preciso siglo tras una supuesta edad oscura, aunque sí supuso la extensión inusitada hasta entonces de contenidos perversos y maléficos, por torcer la recta Filosofía aristotélico-tomista hasta eliminarla y con ello, en pura lógica, dar la vuelta a la Moral, haciendo de lo malo bueno y de lo bueno malo. Porque primero va la inteligencia, y cuando ésta se tuerce, se afecta irremisiblemente a la voluntad. Por eso la Santa Inquisición, muy sabiamente, hacía índices de libros prohibidos y mandaba quemarlos, no porque no interesara que se leyeran, como los de la Librería Europa, calcinados por nuestro Estado democrático de Derecho, sino por sus errores perniciosos e intrínseca maldad.
Las pantallas y la IA, como las pistolas, son instrumentos, medios que pueden ser utilizados para el bien o para el mal. Son continentes, y si sirven a la verdad dentro de la lógica del recto lenguaje (Gramática) y del buen lenguaje (Retórica), si sus contenidos son racionales, correctos y buenos, son una ayuda legítima al aprendizaje y a la educación, como lo fueron los libros a partir del s. XVI, y la tradición oral a través de la poesía y el canto en tiempos anteriores. El problema es que estos medios están exclusivamente en manos de Satanás para inducir al error y al mal a una inteligencia y a una voluntad humanas afectadas por el pecado original y dominadas por las pasiones.


Las verdaderas causas que se esconden tras los desastrosos resultados de España en el informe PISA son, a mi juicio, las siguientes:
1. El cambio del pensamiento racional por el emocional. Esto es consecuencia de la introducción de la absurda filosofía moderna, hoy imperante por doquier, por parte de Ockham, Descartes, Espinoza y Leibniz, a partir del oscurantismo gnóstico-cabalístico que se nos coló por la Escuela de traductores de Toledo y toda su morralla judeo-islámica, allá por los tiempos de Alfonso X el Necio. Su idea básica es que la realidad es pensada, que todo es relativo, que no hay objetividad ni cognoscibilidad del mundo real (y menos de Dios), que si te sientes perro eres perro, que lo observable (lo material) es lo único existente, que todo fluye irremisiblemente de una cosa a su contraria, que todas las opiniones, aunque sean contradictorias, son respetables, que si quieres, puedes, y que lo bueno y lo malo dependen de cada cual y de las circunstancias de cada momento.
2. La introducción de la moral y de las ideologías revolucionarias disolventes en las aulas. Desde el momento en el que se extermina la única Filosofía válida, la aristotélico-tomista, y se expulsa a los sacerdotes de la enseñanza a partir de 1789 para ponerla en manos de funcionarios del nuevo Estado revolucionario liberal o soviético, el nivel filosófico y cultural de los escolares comienza a caer en picado hasta alcanzar los niveles actuales, aún superables, llegándose al punto de poder ser comprobado que un campesino analfabeto de ochenta o noventa años manifiesta más sentido común, más racionalidad y más cultura (popular) que cualquier joven salido de una universidad. Por no hablar de sus conocimientos prácticos, su capacidad de trabajo, sacrificio y supervivencia, su visión estético-artística y sus convicciones morales, hoy socavados totalmente por el hedonismo materialista, el feísmo del moderno arte degenerado, la hipersexualización y la absoluta falta de referentes y de ideales que den sentido espiritual a las vidas de nuestros jóvenes. Hasta el verbo de los políticos y periodistas de la Transición, por muy malas bestias que fuesen, supera con creces a la mediocridad callejera de los de hoy en día.
3. La exterminación en las escuelas de la enseñanza de la Fe y de la Moral cristianas, del arte clásico, normativo y estético, de la Filosofía escolástica y de las lenguas clásicas, latín y griego, elementos imprescindibles para formar la conciencia, la inteligencia y el pensamiento lógico-racional que se expresa a través de ideas abstractas materializadas en el lenguaje y en una sintaxis lógica.
4. La asimilación de la escuela con una cantera de mano de obra barata al servicio de las empresas y del Capital, no con un lugar de formación integral de la persona. Esto se ve a las claras en la apuesta masiva por las asignaturas técnicas y científicas en detrimento de las humanísticas, en la imposición del inglés como lengua franca de los negocios, en la conversión de las aulas en copias exactas de un centro de trabajo, en lugares cerrados a la Naturaleza, con horarios de ocho a cuatro, y plantillas despersonalizadas de dispares orígenes raciales y culturales y con promiscua mezcla de sexos. La enseñanza de la lengua se limita al objetivo de la mera captación de conocimientos básicos para el trabajo y la recepción de órdenes, sin ninguna pretensión de excelencia literaria ni de formación de un pensamiento crítico. El individuo queda anulado en una masa heterogénea en la que el rasero de la mediocridad borreguil guillotina a todo aquél que sobresalga de la media, tanto en capacidades intelectuales, como en convicciones morales y espíritu de superación y de resistencia crítica al Sistema.
5. La introducción de la mujer en el mercado laboral, es decir, meter en la picadora del robo de la plusvalía del trabajo por parte del Capital, en palabras de Marx, no sólo a papá sino también a mamá, máxime con la generalización de la ruptura de los matrimonios y el incremento exponencial de las familias monomarentales, con la consiguiente condena a aparcar diariamente a sus hijos en centros educativos y a renunciar a cualquier tipo de enseñanza social, moral o tradicional básica dentro de la familia, labor que se delega en funcionarios indocumentados o en empleados ideologizados o depravados de centros públicos, concertados y privados.
6. La inoculación por decreto del virus democrático en los centros docentes, ya desde los tiempos de la UCD con la LOECE de 1980. Y decimos virus porque la democracia es un absurdo lógico y una enfermedad mental que se inyecta en las inteligencias y en las instituciones precisamente cuando se pretende destruirlas, dando igual derecho al error y a la verdad, al bien y al mal, legislando hoy una cosa y mañana su contraria al margen de toda moral estable, entregando a nuestra juventud a los comisarios políticos de turno para alterar sus mentes y sus espíritus en busca de sus votos futuros y de su sumisión borreguil a costa de su degradación moral e intelectual, impidiendo políticas de largo plazo y sometiendo al dictado y censura del Capital y de la subvención pública cualquier proyecto educativo. Lo que resulta claro es que jamás este Capital adoptará la democracia en el gobierno de sus empresas ni de los ejércitos de policías y militares que sirven exclusivamente a sus intereses de clase.
7. La omnipresente droga entre la juventud, desde el tolerado porro lenitivo y tranquilizante de hashish o de marihuana hasta las anfetaminas y la cocaína para los estudiantes más aventajados, que nuestras Fuerzas y Cuernos de seguridad de la Bestia no son jamás capaces de eliminar, quizá por aquella consigna que les viene de sus jefes de arriba de que siempre es bueno que los borregos tengan droga a mano pero no armas de fuego, bastante más difíciles de encontrar en el mercado negro, al menos para la población blanca.
8. En particular en las provincias Vascongadas, Navarra, Galicia, Asturias, Valencia, Baleares y Cataluña (comunidad ésta que ha sabido tapar sus pecados dejando de aportar datos para el citado informe PISA), la introducción forzosa, por razones de ideología política, de lenguajes artificiales e inventados sin ninguna vinculación con la tradición popular y sin registro coloquial práctico. Porque sabido es que si se exige el árabe para entrar en la Administración, se acabará islamizándola; y si se exige el batúa oficial, se acabará aberchalizándola (y no vasquizándola). El objetivo es crear un país, y un Estado consiguiente, por arte de magia, donde no lo hay ni nunca lo hubo, y todo para hacer surgir de la nada una razón que justifique que los aberchales tienen derecho exclusivo a gobernarlo. Las bases objetivas de ese país, no importan: el que vive en Euskadi es vasco, el que se sienta vasco, es vasco, fascistas aparte; al menos Sabino Arana tuvo la decencia intelectual de invocar la raza, la religión y la lengua popular de una Vizcaya mayoritariamente tradicional que sufría una invasión migratoria similar en ciertos puntos, no en todos, a la que sufrimos nosotros ahora, aunque luego se inventó una jerga propia incomprensible y una Historia llena de mitos y mentiras, pero yo al menos puedo ponerme un poco en su pellejo.

Desde el momento en el que se inventa un idioma, para crear nación con icurriña de partido sin ningún otro fundamento objetivo, a partir de lenguas (no dialectos) cuyos hablantes no se entienden entre sí, por obra y gracia de Chillardegui-Michelena, Pompeu Fabra o Rodríguez Castelao, idioma consistente tan sólo en una conjugación, una declinación y una ortografía más bien arbitrarias, siendo su corpus un batiburrillo heterogéneo de términos de aquí y de allá, con estructura castellana, tipo from the lost to the river, de perdidos al río, el cual se impone a la fuerza tanto a hablantes nativos como a castellanoparlantes, y a toda la recua de extranjeros de decenas de países que se ha inyectado a estas regiones para servicio del Capital y reemplazo racial de los españoles, no sólo se consigue exterminar las lenguas vascuences, gallegas o catalanas tradicionales, ya extintas en la práctica, sino que se cierra la puerta de acceso al conocimiento elevado a los escolares de estas autonomías al privarles, en la mayoría de los casos, de su lengua nativa familiar, instrumento de cultura, como es el castellano. Y así, mientras los politicastros vasquitos siguen clamando a coro por más eusquera y más inmigración para mayor gloria del Capital, se quejan de los resultados del informe PISA y blindan a sus hijos de moros, gitanos y panchitos en sus icastolas de pago a cuenta de este mismo eusquera, sin darse cuenta de que están creando una generación futura de zopencos como mano de obra barata al servicio de las empresas.
No nos creamos, por tanto, la milonga ludista de que la tecnología es la culpable de este trágico descalabro monumental que ya está teniendo funestas consecuencias entre nosotros, porque esta gentuza que está al mando del Titanic en el que vamos embarcados, y a los que votamos, saca del magnífico manifiesto de Theodore Kaczynski, alias Unabomber, lo que le interesa. Aquí el problema es que esa tecnología está específicamente diseñada para infundir el mal y el error en las mentes y en las almas, porque se trata de auténticas ouijas digitales en las que habita el almirante de todos ellos, Satanás. Y cuando se habla de limitarla a los jóvenes, realmente se piensa en preservarlos del mensaje antisistema que cada vez, a Dios gracias, va aumentando en las redes y en todo Occidente: el mensaje contrarrevolucionario de los que estamos dispuestos a volver a quemar libros, leyes y constituciones y a sus autores con ellos.
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