El fin del papado. Por Ignacio Tusurya de Huegun

Quisiera en este artículo, de forma breve y amena, resumir una de las tesis que expongo en mi libro de inminente aparición, El Holocausto de la Iglesia Católica, en relación con el Papado. La cosa no es baladí, y aunque la mitad de los que lean este artículo se reirán porque les da igual que haya Papa o que no, que haya Cuerpo de Cristo en la Eucaristía o no, o que la Iglesia Católica se haya ido por el desagüe o no; y que la otra mitad se escandalicen y soliciten mi excomunión ipso facto por estropearles la vana ilusión que constituye una parte importante de sus vidas, la cuestión es que el Papado está extinto, el Episcopado prácticamente, al Sacerdocio le queda muy poco, Cristo no está en el Sagrario ni en la Hostia, y el poder de jurisdicción apostólica (de enseñanza y gobierno) se ha acabado y no hay manera de recuperarlo por medios humanos.

¿Significa esto que la Iglesia Católica ha desaparecido? Prácticamente sí, pero sólo para constituir, con el resto fiel del verdadero Israel genético (no confundir con los judíos) una nueva etapa de la eterna Iglesia de Jesucristo en el Milenio adveniente, tras la resurrección de los justos, que están llamados a ser reyes y sacerdotes. Y la cosa no es baladí, ni de risa, porque entre medio vienen ya, con esta guerra de Irán, los horrores del Apocalipsis y la segunda Venida de Cristo.

Cuando en diciembre de 1965 Pablo VI, obispo elegido canónicamente Papa, firmó la Declaración Dignitatis Humanae afirmando que la libertad pública de cultos falsos era de divina Revelación, y que por tanto debía ser creída con fe católica y divina, reconociendo implícitamente que dichos cultos eran medio de salvación (tesis desarrollada después en el Concilio por una serie de decretos ecuménicos), no sólo contradijo la Escritura y la doctrina tradicional de la Iglesia expresada por Pío IX en su Quanta Cura cien años atrás, y no sólo llevó al mayor holocausto de almas de la Historia de la Iglesia al propiciar cambios constitucionales y legislativos en todos los países católicos del mundo, incluida la España de Franco; y no sólo dinamitó el fundamento lógico de la fe en la única Iglesia del único Dios que es única arca de salvación; y no sólo permitió la entrada de religiones falsas a las sociedades católicas llevándolas a la apostasía general de San Pablo, sino que, de paso, dejó de ser Papa por razón de una declaración pública y formal de herejía, suscrita por la mayoría de obispos del Orbe, con consecuencias funestísimas para la fe y las almas. 

Muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición llevando consigo muchas almas (palabras de la Virgen en Garabandal, años sesenta). Roma perderá la fé y será la sede del Anticristo (en La Salette, a mediados del XIX). Y es que la Iglesia no es un Parlamento democrático en el que hoy se vota una cosa y mañana la contraria, hoy el aborto es delito y mañana derecho, porque en el Cielo no pueden estar juntos aquéllos que defendieron una cosa y su contraria. La Fe es inmutable.

Sobre si su predecesor Juan XXIII era masón o no; sobre la elección como Papa del Cardenal Siri en 1963, cargo al que renunció por presiones y amenazas para dejar paso a Pablo VI, no tenemos más que sospechas más o menos fundadas, pero la cuestión clave es que, a partir de la publicación de la Dignitatis Humanae, ningún obispo consagrado por mandato de Pablo VI recibió el poder de jurisdicción apostólica, y además, los consagrados a partir de 1969 con un nuevo rito, remedo del anglicano, e inválido por no determinar ni el oficio ni la gracia del Episcopado, cosa que declaró por anticipado León XIII para el caso actual en su Apostolicae Curae, éstos ni siquiera recibieron el poder de Orden, es decir, jamás fueron obispos. De los sacerdotes ordenados por ellos (también se alteró el rito de ordenación sacerdotal, invalidándolo), no diré, por pura lógica, sino que son laicos y que jamás recibieron el Orden: son impostores, y por supuesto que no consagran el Cuerpo de Cristo, aparte de que también alteraron esencialmente la Misa en 1968, protestantizándola y haciéndola inválida.

Todos estos cambios sacramentales fueron confeccionados por el reconocido obispo masón Aníbal Bugnini en esa década ominosa. La secta herética del Vaticano II, sí, la de la ciudad del Vaticano y la de la parroquia de usted, no sólo lleva infectada por masones durante décadas, si no siglos, (véase la famosa lista Pecorelli o la famosa obra al respecto de Ferrer Benimeli), sino por usurpadores demoledores laicos y herejes que sólo buscan su destrucción desde dentro, usando métodos varios entre los que destaca el de la pederastia, de la que jamás se acusó al clero español durante la guerra civil por parte de los rojos, lo que prueba que es un fenómeno más reciente. Huya usted de tales usurpadores como de la peste, no vaya a sus misas porque sólo recibirá patatas fritas, y busque en algún asilo a un sacerdote mayor de ochenta años para confesarse. Puede también intentar buscar con lupa algún cura u obispo lefebvriano de buena Misa por ahí, pero recuerde que carecen de jurisdicción apostólica y que ofrecen el Cuerpo de Cristo al Padre a través de Prevost y toda su recua de laicos heréticos embaucadores, mal llamados sacerdotes y obispos católicos.

Pero bueno, sigamos con el Papado, que ya sabemos que, aparte de tres obispos, uno mexicano, otro coreano y otro nigeriano, y sacerdotes ordenados antes de 1969, mayores de ochenta años, por tanto, ya no existe el poder de jurisdicción apostólico sobre la Tierra, ni jerarquía episcopal católica, aparte de que todos los citados han asumido las herejías y aberraciones sacramentales del Vaticano II desde entonces. La limitación a ochenta años de los cardenales electores hace que, en este momento, todo el Colegio cardenalicio esté formado por laicos como usted y como yo, y herejes manifiestos, por añadidura, por lo que ya es imposible elegir Papa. Sabemos que Benedicto XVI, Ratzinger Rieger, judío por parte de madre igual que Pablo VI, Montini Alghesi; Juan Pablo II, Vojtyla Katz, y Bergoglio Sívori, al menos era sacerdote, cosa que no se puede decir de sus dos sucesores, el Francisco y el León, laicos y herejes de la peor ralea.

Sabemos que Ratzinger y sus antecesores hasta Pablo VI gozaron del poder de jurisdicción apostólica por haberlo recibido de quien lo tenía, pero ahora nos encontramos con una situación única en la Iglesia: un Antipapa laico, ni ordenado sacerdote ni consagrado obispo por defecto de forma, y hereje público y manifiesto. Sabemos que el hereje no forma parte del Cuerpo de la Iglesia, y que nadie puede ser Cabeza si no forma parte del Cuerpo, máxime cuando carece de todo Orden y gracia sacerdotales válidos, y ninguna jurisdicción. Es quizá por eso que San Malaquías en su famosa lista profética de Papas recoja a Gloria Olivae, Benedicto XVI, como último Papa. Después, en un párrafo aparte solamente en la primera edición impresa de Arnaldo de Wion, describe un tiempo más que un Papa: En la Persecución última o extrema que se asentará en la Sede Romana de la Iglesia, conforme a muchas revelaciones marianas relacionadas con la destrucción de Roma por una guerra y la huida del Papa. Para acabar, en este mismo sentido, con el lema final del último Papa, quien parece será investido con intervención divina: Pedro el Romano que apacentará a las ovejas en múltiples tribulaciones, pasadas las cuales la ciudad de las siete colinas será destruida, y el Juez tremendo juzgará a su pueblo. Fin.