Opinión: DIOS NOS LIBRE DE ALÁ Y YAHVÉ por Salvador Sánchez-Harguindey (1ª parte)

En las guerras, uno suele estar siempre con los perdedores. En Oriente Medio, las bestialidades de palestinos y judíos nunca han sido tan diferentes, si bien los segundos comenzaron esta lucha, así que tampoco conviene tomar partido en este círculo vicioso de acción-reacción de la violencia. Se ha dicho que toda guerra es una guerra religiosa, y lo más probable es que esto, de una u otra manera, sea totalmente cierto. Su fondo y raíz lo es, indudablemente, si entendemos por religión los valores finales y absolutos del ser humano, por los que está dispuesto a matar o a dar la vida, por muy deshumanizada que sea su forma de expresar su religión particular. En Palestina e Israel, la religión siempre ha sido una parte importante en el origen de organizaciones radicales.Unos, los de Yahvé,  gracias a  los “derechos” que piensan que les da un libro escrito haces miles de años, mezcla de sabiduría humana, neurosis y, según el mismo Einstein, una serie de cuentos infantiles, y los otros, los de Alá, por parecidas, aunque más recientes razones, allá por el año 622.

Cierta terminología ayuda a creer tales afirmaciones. Los árabes dicen que la guerra es ‘santa’. Pero sólo la ‘nuestra’, claro, la de los buenos y elegidos, los de ‘Alá el misericordioso’, lo que automáticamente convierte al enemigo en lo contrario que un santo, es decir en un demonio. Son los del Génesis en adelante. De esta manera, el asesinar vilmente a veinte jóvenes hace tiempo en una discoteca de Tel Aviv, con suicidio de terrorista incluido, secuestrar o asesinar a cientos o miles de judíos -los nacionalistas (‘nazisionistas’)-, según ellos, les convierte en un acto de grandeza y sublime generosidad ‘espiritual’ que, por si fuera poco, garantiza una vida eterna en el Paraíso, al menos, un lugar o estado para el amor y el odio– aunque puedan tener razones “racionales” para su irracionalidad. Un cielo, a todas luces (y sobre todo oscuridades) inexistente, al menos para el racionalismo occidental.  

Madre Tierra

Dios nos libre de Alá y Yahvé, visto todo desde los sagrados parajes de la diosa Mari. Desde la visión utópica y colectiva de la conciencia ancestral de este pueblo, la del hombre moderno, más individualizado, ya no tiene una idea telúrica y animista de la religión, un concepto también propio del ancestralismo de muchos pueblos indígenas del mundo. La religión de un pueblo indígena es la sacralidad otorgada a la Madre Tierra, como en la película Avatar. Por ella se da todo, para ella se vive, por ella se muere, en ella se nace y a ella se vuelve. A la mayoría, seres humanos algo más maduros, eso no le es suficiente. Aspira a algo más dentro de sí, apuesta por más fuerte y poderoso; el Dios personal. Eso no quiere decir que no ame y respete su tierra como el que más. Vive para ella, pero no mata por ella. Su cosmovisión y realidad son más universales.

Tal vez por eso, es más frío y racional, así que también en general ama y odia menos. En resumen, la guerra, como algo santo, no existe, ha existido o existirá jamás. Pero el poder del odio, a veces comprensible, pero no aceptable, puede hacer que el santo más iluminado regrese a un estadio prehumano-preindividual-colectivista y deshumanizado, tanto unos como otros.  Pero Alá es grande, o Yahvé está de nuestra parte, al menos eso dicen. Tal vez la verdad esté detrás de lo que Napoleón le dijo a uno de sus generales cuando, justo antes de la batalla de Waterloo, con quién estaba Dios en esta batalla.  Y Napoleón, cual Netanyahu moderno, le contestó: “En la guerra Dios está con el que tiene más cañones”.