¿Coger el coche en Semana Santa o pegarse un tiro directamente?

El sistema actual se encarga de dificultad al máximo la libre circulación en esta repetida cruzada contra los coches, con el pretexto de un presunto cambio climático

Cualquier tiempo pasado fue mejor. Dicen que se trata de una fabricación mental, un automatismo de la mente que borra lo malo y considera siempre el pasado un mejor momento que el actual. Pero invito a que alguien pueda contrarrestar este artículo, argumentando que no es así en el caso que nos ocupa. Me refiero a la circulación por carretera. «Éramos libres en la carretera y no lo sabíamos«, podríamos afirmar. Vale, antes viajar tenía cosas malas también. Los coches eran pequeños, debía entrar toda la familia y con las maletas no cabía un alfiler, incluida la abuela, que a veces roncaba en el viaje, mientras el niño preguntaba cada diez minutos «¿cuánto queda?», cuando en dirección a Chiclana aún no has llegado a Aranda de Duero. Viajar tenía sus cosas, pero, ¿y lo de ahora?

No daba tiempo nunca a parar a comer en Aranda nunca porque «luego nos coge el calor«. Ya cuando esto ocurre en pleno invierno el niño entiende de sopetón la lección de que «no todas las mentiras son malas». También es cierto que el mundo ya no es para los pillos, sino para las normas. Con el calor, a veces salía aire medio fresco a través del climatizador automático y a veces fallaba; si no había solución, subías la ventanilla a mano y sacabas un poco la cabeza. Los viajes eran interminables, no teníamos GPS, la abuela tenía que parar para ir al baño cada hora, parabas a preguntar si te perdías, en algunos coches se escuchaba, por ejemplo, un casete con los chistes de Arévalo porque la radio perdía la señal «en esta zona de montañas«. Con que hubiera una montaña en el horizonte, razón más que suficiente para justificar la pérdida de señal. Lo aceptábamos todo con entereza. Eran otros tiempos, en los que, a pesar de la incomodidad, se respiraba libertad. De modo, que la primera lección es esa, la incomodidad nunca es el mayor de los problemas. Porque la comodidad induce a la zona de confort y de ellas la historia no ha escrito nada.

Total que ya empiezas el viaje asustado y encima tienes un diésel, que te dijeron que era lo correcto hasta que te dijeron que ya no lo era y te lo vendieron más barato hasta que luego ya no, por lo que sea, y ahora es el demonio; y tú te replanteas durante un microsegundo si es verdad eso que dicen que nos vamos a cargar el planeta con tantos humos. Para humos los que te van subiendo por la cabeza cuando paras a repostar y ves que los precios de antes ya no están. «Es por la guerra«, te dice el dependiente, aunque recuerdas que también subió ‘momentáneamente’ en la pandemia, luego tuvo la culpa Putin y ahora sí que le puedes encuentras sentido a que el bloqueo del estrecho de Ormuz es el causante, y recuerdas que el globalismo tiene estas cosas, pero qué mala suerte que te afecte lo que pasa tan lejos, si yo nací en Pancorbo. Si solo quieres ir unos días a Chiclana, que te has pasado todo el año trabajando.

Y tú empiezas a mascullar medio bajo medio alto y la abuela, que es tu suegra, ve la oportunidad y le mira a su hija diciéndole: «Vaya carácter que tiene este, podías haber elegido mejor«. Y una vez que ya emprendes la marcha, ves que las cosas no están funcionando como imaginabas, aunque a estas alturas has pasado por lo peor y lo crees tener todo controlado, excepto la lengua de serpiente de esa señora. Pero es una fantasía, realmente el viaje te controla a ti, porque cuando menos te lo esperas, te sobreviene un concepto en el que no habías reparado antes, pero que te arruina ese lapso de paz puntual: La maldita baliza v-16. «¿Qué querrá decir lo de 16?», te preguntas, aunque reconduces rápido tu mente a lo que importa: «Tenía que haberla comprado por si acaso», te dices. Ya no eres tan valiente como aquel día que dijiste que «yo nunca la voy a comprar«, pero a la vez apelas al sentido común. «Si no funciona bien, eso no vale para nada. Es más, yo no sé si es obligatoria todavía«. Lo sea o no, tú no la tienes y visualizas en tu mente a ese uniformado que te para y te pregunta. «Caballero, caballero, ¿lleva la baliza v-16 reglamentaria verdad?».

Y tú no quieres vivir esa situación, solo quieres tumbarte en la playa, porque la reglamentaria como tal no la tienes, pero también recuerdas que la razón y la sensatez no tienen prioridad en estos días y tú, que no creías ni en la lotería, abres de repente la puerta a una suerte de azar universal kármico. «Sería un milagro que justo me paren a mí». «Con lo gafe que eres, seguro«, suelta tu mujer, que se está hartando y ya no está colaborando en mantener la armonía familiar en ese espacio minúsculo. «A ver, que no me van a parar«, te repites confiado, queriendo silenciar esas ideas pesimistas que no te sueltan desde el inicio del trayecto. Y cuando parecía que la cosa ya marchaba, el primero de los muchos peajes se encuentra ante ti. Encima, hay un cierto colapso, lo cuál obliga a frenar el coche. Tiempo suficiente para que la suegra, a la que este año habéis decidido no dejarla la Semana Santa en la residencia y que así te lo paga, te suelta una frase que te deja pensando. «Esto es un sacacuartos. En mi época ya había carreteras y no había de estos, cómo os engañan. Todo es pagar«. Y aunque no quieres oír ni una palabra más de la abuela, en el fondo sabes que esa señora está en lo cierto, pero tu apuesta en este momento no se basa en la razón sino en la paz, y sabes que le gusta provocar para calentar el viaje y así entretenerse y tú aún tienes los estribos.

Y, en muchos casos, en tu ruta tienes que cruzar una ciudad para proseguir tu marcha. Entonces, la segunda paz momentánea que habías conseguido se ve vuelve a ver perturbada: Zona de Bajas Emisiones. «A ver si me voy a meter y la liamos». Porque no tienes autorizado conducir por las calles que consideres si tu coche es viejo. Sal del centro, pobre. Tu suegra no entiende lo que dices pero te mira como si fueras tonto de nuevo y piensas. «Sí, esto también es un sacacuartos, señora«. Y mi coche encima sigue siendo diésel, igual que hace diez minutos. Vaya panorama, no te acuerdas de la matrícula como para acordarte de qué año es el coche. «Tenía que haber mirado lo de la etiqueta medioambiental«, te dices, haciéndote consciente de que de aquella rebeldía ‘antisistema’ lógica en el salón de casa un día cualquiera, ya no queda nada, a la vez que recuerdas que tú solo querías ir de un punto a otro de tu país ahora que te han dado vacaciones. «Bueno, una vez que crucemos Madrid, ya es todo recto«, le dices a tu familia en tono esperanzador aunque con reticencias lógicas en tu foro interno, pero reparas que solo te ha oído tu mujer porque los niños van enfrascados en el móvil y la abuela se ha quedado dormida y está con la boca abierta.

«Písale un poco, que vas pisando huevos«. Vaya, no no estaba dormida. «Solo falta una multa por velocidad, Herminia, cómo se nota que no la paga usted», señalas ya medio molesto, porque sería lo único que faltaría para redondear el viaje. Pero no me había dado cuenta. No me puedo meter por la M-30, que es la que cruza Madrid, que es solo para coches nuevos y como el mío es Diesel, y matriculado antes de 2006, me van a sacar foto y me van a multar. Recuerdas que antes las multas no llegaban de una ciudad a otra, pero ahora sí. «En este país no te libras de pagar nunca«, piensas, a la vez que tienes que indicarle al GPS una ruta alternativa para poder cruzar la capital. «Ya verás como nos comemos todos los semáforos de Madrid» te dice tu mujer, que está sufriendo también las vicisitudes de viajar en España y tú le lees el pensamiento y no te gusta lo que intuyes: «Con un coche nuevo, esto no pasaría». Vamos a tranquilizarnos.

«Caballero, caballero..

Se te ha quedado grabada la frase de tu mujer. Es verdad que si tuvieras más dinero podrías comprarte un coche más nuevo, pero a la vez te parece injusto un mundo, en este caso, dividido entre ricos que pueden comprar coches nuevos y pobres que no. Te sientes en el lado equivocado del muro que separa a los que tienen coches coches modernos de los que no. Un viaje da para pensar, a veces demasiado. Y una vez que cruzamos Madrid, cómo no, nos encontramos con la primera caravana, ya que al parecer había habido un accidente a la altura de Valdemoro. Eso sí, las colas siguen estando, eso no ha desaparecido. Empiezas a plantear que la próxima vez te lo vas a pensar dos veces antes de cruzarte España en coche. Paras a repostar en una gasolinera porque no llenaste el depósito, con esa extraña voluntad de que quizás más al sur del país, la gasolina esté más barata, pero no. «Nos tienen controlados como quieren«. Bueno, en esto no, esto es normal, pero ya lo empiezo a ver todo negro. «El mundo ya no es para los pillos«. Eso sí.

Y en el desvío, como no hay nadie, decides tomar el camino recto y no dar la vuelta entera a la gasolinera. Con tal mala suerte de que un coche de la policía, que estaba repostando, ve la maniobra en primera línea. «No puede ser», te dices, sabedor de que de esa emboscada no te vas a librar. «Caballero, aparque el coche aquí, por favor«, te dice esa voz antes de la tormenta. Porque aparte de que te vas a comer una multa importante, el oficial te lo va a hacer pagar moralmente. «¿Le parece a usted normal hacer esa temeridad con toda su familia en el coche? Le pregunto: ¿Le parece normal?«. Entonces, tú, que te das cuenta de que en ese preciso momento no importa nada el dinero, el currículum o los masters que tengas, te sientes como un perro acorralado que solo acierta a contestar. «He mirado bien y no venía nadie«. Una contestación que sabes que no va a cambiar el marcado curso de los acontecimientos y de la que te arrepientes cuando el policía te contesta: «¿Pero las normas están para algo, no? ¿o usted va haciendo lo que le da la gana por la vida?». En ese momento, ya eres un estropajo viejo y pisoteado delante de tu familia.

No estaba en los planes, pero de un momento al otro te vuelves a ver cómo ese alumno asustado al que el profesor le acababa de pillar copiando, que niega con la cabeza gacha, que quiere marcharse de ahí, pero directo al infierno, encima con la multa, pero que el mal trago ya ha hecho que eso pase a un segundo plano, porque si te hubieras levantado hoy enfermo y hubieras estado todo el día vomitando, hubiera sido una clara victoria personal. Y cuando parece que todo va a acabar, oyes una segunda voz que arguye. «Caballero, ¿sabe usted que lleva estropeada la luz antiniebla del faro derecho? ¿sabe que es ilegal y que repercute en su seguridad?». Parece una pesadilla, pero sientes que ya lo has vivido antes. «Caballero, ¿de paso me deja ver la baliza por favor? La próxima Semana Santa nos quedamos en casa, ya lo he(mos) decidido.