¿Y si Trump tiene su mejor carta escondida?

La guerra del petróleo y el estrecho de Ormuz suponen dos frentes tan importantes que pueden situar a Estados Unidos en el papel de ganador

Si algo me sigue llamando la atención en el conflicto que en los últimos meses marca los acontecimientos geopolíticos es el papel lateral de Estados Unidos en la contienda bélica. Digamos que, al contrario de otras ocasiones, se encuentran cómodos en el rol de villano de la historia. Y eso no es normal. Estados Unidos no solo invertía en vencer, también en convencer. El cine patrio siempre les ha pintado en el papel de salvadores, también han sabido vender el discurso y el relato de que, si había muertes, eran necesarias, por el bien de la humanidad. Pero en esta guerra, las reglas han cambiado la partida. Y algo hay detrás que se nos escapa.

Estados Unidos se ha convertido en el niño abusón del colegio al que todos le tienen ganas, pero la mayoría no se atreve. No trata de edulcorar su actuación, ya no. Su fama ha decaído en picado tras los últimos acontecimientos. La entrada en Venezuela se entendió dentro de una lógica, después la amenaza de invasión a Groenlandia le granjeó lógicas enemistades, pero a estas alturas de la película, y después de formar dupla con Israel y de su rol en la guerra de Irán, casi todo el planeta se sitúa en el bando contrario. Y lo raro es que están cómodos en ese papel. Y no contentos con eso, han decidido proseguir en ese rol, al cargar contra los países neutrales o que no le bailan el agua, como es el caso de España o, en los últimos días Italia, críticas constantes al Papa… y a todo aquel que ose contrariarlos. Incluso Trump crea imágenes con IA como si fuera el mismísimo Jesucristo. No es la imagen de alguien que no controle la situación.

Las guerras son, en gran medida, batallas económicas, como lo fue la Segunda Guerra Mundial. Y para encontrar respuestas, hay que seguir la estela del dinero. Y el dinero está en el petróleo, con el estrecho de Ormuz como enclave fundamental en este entuerto. Los mayores productores de petróleo del mundo son Estados Unidos, Canadá, Rusia, Venezuela, Arabia Saudí, Irak, Irán y Emiratos Árabes. Y los mayores compradores son otros países asiáticos, destacando China, India, Japón, Corea del Sur, aparte de la Unión Europea. Los cuatro países asiáticos y Europa dependen del estrecho de Ormuz para conseguir el fuel. Por tanto, si el paso marítimo está cerrado o bloqueado, ni los países del Golfo Pérsico pueden vender, ni los recién nombrados pueden acceder, y las necesidades de China son muy altas. De modo, que si todo continúa así, el colapso económico es inevitable.

Y aquí se puede producir el jaque-mate de Estados Unidos. Porque mientras no se pueda mover el petróleo, ellos tendrán el monopolio. Rusia sería la que menos sale malparada, puesto que ellos generan su propio líquido, pero el resto del planeta dependería de los americanos. Y qué casualidad que el ejército americano ya domina Venezuela, otro de los grandes productores, quiere poner sus zarpas en Groenlandia, plagada de recursos, incluidas, además de que bajo sus aguas y su plataforma continental, podría albergar reservas de petróleo y gas natural. Canadá también dispone de algunas de las mayores reservas probadas y, vaya, sí existen tensiones puntuales entre ambos relacionadas con el petróleo y la energía y la construcción de infraestructuras como el proyecto Keystone XL.

Se podría resumir en que todas las fricciones internacionales de USA han sido y siguen siendo con países productores del combustible. También surgieron problemas o amenazas con otros territorios como México, Colombia o Cuba. Los dos primeros son productores medios, mientras que el último cuenta con recursos aún poco desarrollados. Se repite el patrón. Quizás todo sea una maniobra de distracción para que todos miren a un sitio para poder esconder cosas en el otro y que, cuando todos creían jugar una partida, realmente Estados Unidos esté jugando otra. Esa es la base de la geopolítica. Quizás la mejor propaganda sea desviar la atención de lo importante y lo que le interesa a Trump es lo contrario de lo que proclama: mantener cerrado el estrecho.

Puede que si todo colapsa, Estados Unidos será el abusón más odiado pero al que todos necesitan para sobrevivir. Asia y Europa dependerían por entero de su petróleo. China, que no está en el campo de batalla y máxima competidora económica de USA, vería su capacidad reducida sin saber por donde le vienen los tiros, relegada de repente al papel de comprador necesitado, mientras que EEUU volvería a recuperar el terreno perdido en favor del Imperio del Sol Naciente y Trump se retiraría como un gran estratega y auténtico ídolo de sus seguidores, que le pintarían, efectivamente, como una especie de Dios. Estados Unidos volvería a ganar otra guerra y los americanos muertos, el peaje a pagar.