Sí a la guerra justa. Por Ignacio Tusurya de Huegun

Seguro que todos los lectores han aplaudido hasta las agujetas las palabras del Papa León XIV o del Presidente Sánchez, compartidas por casi todos los dirigentes demócratas del Orbe, aquéllas del «No a la guerra« de los progres pre-podemitas, allá por el 2003 (lo de OTAN no, bases fuera parece que se olvidó). Porque, ¿a quién le gusta la guerra y está dispuesto a ir a ella? La cuestión, sin embargo, no es tan simple, a pesar de que todos, excepto los voxistas financiados por el sionismo, estemos de acuerdo en que esta guerra contra Irán, iniciada por el presidente norteamericano bajo instigación judaica, exactamente igual que las dos guerras mundiales anteriores, es manifiestamente injusta, y digo injusta, y no ilegal, como claman los más, desde el momento en el que la legalidad internacional vigente fue establecida sobre los cadáveres de millones de inocentes asesinados por los mayores criminales de la Historia, los buenos que provocaron y ganaron la segunda gran guerra y constituyeron la ONU.

Por ello, huelgan las palabras del vicepresidente norteamericano J.D. Vance inquiriendo al Papa acerca de si fue legítima la guerra que EEUU emprendió, por segunda vez, contra Alemania, para liberar, esta vez, los campos de concentración en los que sufrían su holocausto particular los judíos y así legitimar el victimismo que permitió la constitución en 1948 de un Estado sionista en Palestina, y que permite ahora a Netanyahu hacer lo que le dé la gana sin que nadie le pare los pies. Por supuesto que Dios no estaba con los norteamericanos en aquélla guerra a la que fueron arrastrados por los poderes financieros judaicos de Londres y Nueva York y por los gabinetes de la misma mafia racial presididos por F. D. Roosevelt, judío de orígenes holandeses, Winston Churchill, judío por parte de madre y León Blum, del mismo origen.

En cuanto a si el señor Vance, como católico que dice que es, tiene derecho a interpelar a un Papa en materia teológica, hemos de responder que, teniendo en cuenta que León XIV ni es Papa, ni obispo, ni sacerdote, ni católico, ni parece saber mucho de Teología, es lícito criticarle sus sandeces, aunque a la vista está que el vicepresidente norteamericano no es la persona más indicada, ni en cuestiones de Teología, ni de Historia.

Pero en este artículo quiero centrarme precisamente en la Teología moral tradicional de la Iglesia Católica de la que este señor, Prevost, alias León XIV, dice ser Papa, una Teología que este señor parece ignorar, al decirnos que el Evangelio condena la guerra, y que él, como Pontífice, debe denunciar y condenar cualquier tipo de aventura bélica, en especial si es por disposición divina. Porque, primeramente, el Antiguo Testamento, que como a buen hereje marcionita le chirría a este señor, está lleno de guerras y matanzas efectuadas por el pueblo elegido de Dios, que no es el de Netanyahu, por cierto, precisamente por mandato divino de jerem o exterminio total de hombres, mujeres, niños y ganado. Evidentemente, el señor Prevost no entiende nada de las razones de todo esto, que Dios las tenía, y que Netanyahu ha usurpado para sí, y se limita a extractar de esta parte chunga de la Biblia sólo aquello de respetad al extranjero porque vosotros también fuisteis extranjeros en Egipto, sin caer en cuenta que se refiere a los prosélitos guerim, el prójimo, y no a los extraños nokrim, a los que, precisamente, Dios ordenaba aniquilar sin piedad alguna.

Pero bueno, pasemos al Evangelio, la parte más guay de la Biblia, siempre y cuando se lea con mentalidad new age. Jesucristo vuelve a la Tierra, porque ya había estado antes hablando en la zarza ardiente, trasteando contra el Faraón y escribiendo con su dedo las tablas de la ley del Sinaí y platicando con Moisés, con el fin de confirmar esta misma ley, pero de modo que no fuese entendida con corazón de piedra, sino de carne, es decir, que fuese asumida voluntariamente por la gracia como algo debido a la vez que amado, pues es ley de amor para con Dios y el prójimo (no el extraño, léanse Levítico 19, 17-18). Pero también dijo nuestro Señor que esa Palabra que salía de su boca era espada de dos filos para separar padres de hijos, hermanos de hermanos, maridos de esposas, coyunturas de tuétanos, alma de espíritu, de suerte que en lo sucesivo no habría paz, sino esa espada, y que Él sería piedra de tropiezo y contradicción, lo cual supondría inevitablemente una guerra entre el bien y el mal, Dios y el Diablo, o estás conmigo y recoges conmigo, o estás contra Mí y desparramas, porque sin fe en Mí no se puede agradar a Dios, y sin cumplir la ley hay pecado y perdición. Sí, sí; no, no; porque todo lo demás viene del Maligno. Y ahora, el que no tenga espada, que venda su capa y compre una.

Olvida el señor Prevost que hubo otros antes que él, que eran Papas y católicos, al contrario que él, que convocaron a la Cristiandad, el verdadero pueblo elegido de la raza de Israel, a guerrear en nombre de Dios contra los extraños, los nokrim, que aquí se empieza a entender aquello del Antiguo Testamento, en eso que se denominó las Cruzadas. No en vano, durante la edad de oro de dicha Cristiandad, en la Edad Media hasta el comienzo de la guerra de los cien años que marca el inicio de la Edad Moderna, es difícil encontrar grandes conflictos bélicos promovidos por las autoridades cristianas contra hermanos en la fe, el prójimo. También a Santa Cruzada se llamó a los españoles para combatir el comunismo en la Carta colectiva de los obispos de España el 1 de julio de 1937, tras la bendición de Pío XI el 14 de septiembre del año anterior y del 19 de marzo del mismo año, y posteriormente la de Pío XII el 16 de abril de 1939. Porque la guerra siempre es un mal, pero a veces hace falta un mal para combatir otro mal peor, en eso que en Derecho penal se llama legítima defensa, y en Teología moral católica, legítima defensa social, la cual, lógicamente, tiene sus condiciones. Existe, pues, guerra justa y guerra injusta.

El Compendio de Teología moral católica de Zalba y Arregui, anterior por tanto al Concilio Vaticano II, que no es católico, empieza definiendo la guerra como lucha de una muchedumbre contra otra, entablada con la intervención de la autoridad pública por el bien común. La guerra, aun la ofensiva, puede ser lícita cuando es medio necesario y proporcionado para conservar o vindicar los derechos propios. Continúa explicando con claridad, brevedad y precisión cuáles son las condiciones para que una guerra pueda ser declarada como moralmente justa; tales son:

1. Autoridad legítima.

2. Causa justa.

3. Ausencia de otro medio eficaz menos grave.

4. Ejecución conforme a las leyes de la guerra, el Derecho natural y de gentes.

5. Duración limitada a la consecución del justo objetivo pretendido.

Para que la guerra sea lícita además de justa, se exige:

1. En la defensiva, esperanza racional de victoria o al menos armisticio; en la ofensiva, probabilidad sólida o certeza de triunfo.

2. No previsión de males superiores a los bienes que se puedan obtener con la victoria.

3. Falta de daño mayor a la Religión Católica.

Acabemos este artículo con la enseñanza moral del mayor pacifista del s. XX, interpelado por el mismo Gandhi en carta de fecha 23 de julio de 1939:

«Está claro que usted es hoy la única persona en el mundo que puede evitar una guerra que podría reducir a la humanidad a un estado salvaje. ¿Estará dispuesto a pagar ese precio por un propósito cualquiera por muy digno que le parezca? ¿Escuchará la llamada de quien ha evitado deliberadamente el método de la guerra no sin considerable éxito?». Lo cierto es que Gandhi, como la mayoría de la gente, no tenía ni idea de quién había declarado la guerra a Alemania seis años antes de su carta, y que fue pacifista sólo porque no tenía otra cosa para la guerra que un montón de indios zarrapastrosos como él, y que, por supuesto no entendía la moral católica sobre guerra justa e injusta, defensiva y ofensiva, pero nuestro personaje pacifista, sí. 

Como a todo el mundo, no le gustaba la guerra, ni justa ni injusta, pues vivió en propia carne sus horrores, no obstante lo cual se preparó para la guerra que le habían declarado, ya en marzo de 1933, ciertos poderes ocultos que manejaban las finanzas mundiales y los gobiernos norteamericano, británico y francés, y que, una vez iniciada seis años más tarde, intentó detener en varias ocasiones, enviando a su mejor ministro en misión de paz y evitando el aniquilamiento de sus oponentes en Dunkerke. Éstas son las palabras de aquél que luchó contra todos los cuernos de la Bestia que hoy nos gobierna, con la cruz teutónica y el lema Dios con nosotros en los uniformes de sus soldados frente a la estrella de Satán de sus enemigos, al tiempo que defendía la paz, en especial con sus hermanos de raza del verdadero pueblo de Israel en Europa:

 «Nosotros, y la nación alemana entera, deberíamos estar felices al pensar que podemos ahorrar a nuestros hijos y a los hijos de estos, lo que nosotros como hombres honorables hemos tenido que contemplar en los largos y amargos años que nosotros mismos tuvimos que sufrir. La historia de los últimos ciento cincuenta años, con todos sus variados cambios y suertes, nos debería haber enseñado al menos una lección: la de que los cambios importantes y permanentes no pueden ser adquiridos con el sacrificio de la sangre…
 Tal vez el mundo se convenza, con esta declaración, que en la lucha por la igualdad de derechos y el honor, la nación alemana declara que mantiene los mismos idénticos puntos de vista que su gobierno, y que ambos están inspirados de corazón del único deseo de cooperar a poner fin a una era de errores trágicos y de lamentables querellas y luchas entre aquéllos que, como habitantes de un continente de la más grande importancia cultural, tienen una común misión que cumplir en el futuro para la humanidad entera. Tal vez esta demostración de nuestra nación en favor de la paz y el honor tenga éxito en base a suministrar a las relaciones internas de los Estados europeos los requisitos necesarios, no sólo para poner fin a las luchas y disputas mantenidas durante siglos, sino también para construir de nuevo una mejor comunidad de naciones, y especialmente el reconocimiento de una alta labor común fundamentada en unos derechos comunes de igualdad».  (14 de octubre de 1933).