Con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump ocurre una situación preocupante. La razón de su elección en aquellos días parece residir en lo que el director norteamericano Robert Altman ha definido como el hecho de que “los Estados Unidos se dirigen a la estupidez total”, lo que ya se demostró con la doble elección de George W. Bush Jr. La psicología moderna admite que en la base del fenómeno psicopático encontramos un narcisismo patológico particularmente agresivo, dos situaciones en que la relación entre ambas queda cada vez más difuminada.
Un narcisismo que se entremezcla psicológicamente con el ‘Síndrome de Peter Pan’, tal vez a partir de ahora también ‘Síndrome de Donald Trump’. Sus principales características son: chauvinismo, desprecio a los diferentes, total falta de empatía – característica clave de todo psicópata -, ausencia de compasión y respeto por otros, sobre todo por los más débiles y desfavorecidos. A estos nunca los ve como seres humanos sino como víctimas de megalomaníacas y sadomasoquistas maniobras destructivas, algo que comparte este presidente con la mentalidad excluyente del dictador.
Su extraordinariamente inflado ego le hace presentarse a sí mismo al mundo de forma tan exhibicionista y antinatural como frívola y ficticia, como si fuera el centro del Universo. Su desmesurado afán de sentirse admirado u obedecido ciegamente, un ininterrumpido esfuerzo y necesidad por crear dependencias y sumisiones, hace que únicamente otorgue valor a aquellos que estén de acuerdo con él, le alaben, lo enaltezcan y sigan sin rechistar una pendenciera y conflictiva volubilidad y una beligerancia inusitada.
En su afán desmesurado por dominar, actitud debida a una necesidad imperiosa de control absoluto y totalitario de su mundo medioambiental y relacional, este tipo de narcisista patológico, un arquetipo de personalidad que ya describimos en un relato anterior, apoyado por un sentido de omnipotencia, trata obsesiva y compulsivamente de convencer a los demás que la realidad externa es tal como él quiere que sea. Para eso no duda ni en poner en peligro de extinción nuclear a la humanidad entera con frases tan estúpidas como muy infantiles (“mi botón nuclear es más grande que el tuyo”). Esta estructura de pensamiento delirante se conoce en psicología como ‘pseudología fantástica’, y pertenece a seres que acaban por creer sus propias mentiras al mismo tiempo que confunden la realidad con sus enfermas conciencias.
Dichos personajes, a veces extraordinariamente hábiles y manipuladores, encuentran imposible aceptar que no se esté completamente de acuerdo con sus opiniones y dictados, por lo que a la simple contrariedad reaccionan insultante y violentamente creando situaciones paranoides y confabuladoras que en ocasiones pueden llegar a convertirles en personas extraordinariamente agresivas y peligrosas. Su comportamiento puede incluso llegar a la violencia, desde dialéctica a física (veto a la prensa, insultos y menosprecios a periodistas, amenazas a cualquier enemigo, real o paranoicamente inventado, etc.), comportamientos aderezados con una inusitada beligerancia contra propios y extraños, habitualmente expresada con una ira y un odio impropios de una personalidad sana.
El estadio siguiente de un narcisista patológico y megalómano como Trump, para el cuál el mundo es sólo un escenario en el que él y su ego son los protagonistas principales y los demás ‘su’ público, le arrastra a una manía persecutoria. Al sentirse perseguido se adelanta al peligro, real o imaginario, persiguiendo con violenta saña a cualquiera que se ponga en su camino, uno exclusivamente destinado a servirse y pagarse a sí mismo. La deformación sistémica de la realidad conduce a ilusiones (delusiones) donde lo irreal lo disfraza de genialidad y se otorga a sí mismo la sensación de poseer un valor inigualable donde todo en es materialismo. Esto va acompañado de sentimientos de una grandiosidad infantilizada y una presunción extremas, además de una irracional e inmadura impetuosidad, creencia en su infalibilidad, pre y omnipotencia y una permanente tendencia a la ostentación.
No hay cura
A su vez, cree elevarse a sí mismo tratando de rebajar en todo lo posible a los demás, a los fuertes para evitar competencia y a los débiles para someterles y humillarles aún más (los “países de mierda” o shit holes en sus propias palabras). Aparece en último término como un falseador compulsivo capaz de alterar cualquier dato para que todo se ciña a sus neuróticos deseos. Como pronóstico médico, estos enfermos suelen ser difícilmente curables, representando alter egos psíquicos de un cáncer galopante. Ya lo dejó dicho Albert Einstein: “El destino de las naciones no debe dejarse inevitablemente en manos de los irresponsables dueños del poder político”. La actual esposa de Trump, Melanie, tal vez podría echar una mano a la humanidad y salvarla denostando a su marido. En su mano está. Su comportamiento y expresión corporal no deja dudas de que no es nada feliz. ¿Hasta cuándo va a aguantar?
Tiene que ser muy difícil vivir cerca de alguien que desprecia toda compasión, cultura, ciencia, bondad, empatía, generosidad, espiritualidad y sabiduría humanas por mucho que, como dice el refrán, “el dinero, la fama y el poder atraen a la mujer”. Además salvaría a su entristecido y aturdido, aunque maravilloso hijo Barron, de seguir los peterpanescos y caóticos pasos de su progenitor. Parece que ya ha conseguido no dormir en su cama. De paso se evitará que el joven Barron crezca desequilibrado por este hipócrita maligno y desalmado psicópata narcisista, antes de que apriete el botón nuclear para de paso acabar con su infladísimo ego; es decir: con su ego-ísmo, ego-centrismo y ego-latría. A no ser que se le adelante algún iluminado, que todo es posible. ¿America first? No, por favor. La humanidad muchísimo antes que eso.


