El vicio antidemocrático de no contestar. Por Fernando Cuesta

Los miércoles es el día que se ha habilitado como la fecha de control al gobierno en el Congreso de los Diputados. Cada miércoles el ejecutivo es examinado por la oposición a través de diversas preguntas. Los miércoles en teoría es el día en el que los ciudadanos, a través de nuestros representantes, solicitamos información de la gestión que lleva a cabo el gobierno. Sencillamente fiscalizamos su gobernabilidad de primera mano. En más de una ocasión, los ministros encargados de responder, incluido el presidente del gobierno, han asumido un vicio antidemocrático que es el de no contestar a lo que se le pregunta. Y no contentos con ello se permiten la libertad de preguntar a la oposición, invirtiendo los términos. Es decir, el mundo al revés.

Con un añadido muy preocupante. La presidenta del Congreso, la socialista Armengol, enmudece ante esta distorsión democrática. No ejerce su labor instando a que los distintos ministros y el presidente a que se ciñan a la pregunta que se les realiza. Sin olvidar que a la vez rapta a los ciudadanos de su derecho a conocer la labor que realiza el gobierno. En resumen, sin la presidenta del Congreso los miembros del gobierno no podrían eludir su responsabilidad y obligación de rendir cuentas del trabajo que desarrolla. Un hecho que podría ser considerado fuera del régimen democrático. El ejecutivo, con esa mala praxis, renuncia a su labor incumpliendo las tareas que les están adjudicadas traspasando su responsabilidad a los ciudadanos. Pretende, el ejecutivo, que la sociedad de respuesta a sus propias preguntas.

Los ciudadanos que han confiado, democráticamente, en un gobierno que les defrauda ya que se ve incapaz de rendir cuentas. No asumen sus obligaciones como es el de dar respuesta a lo que le plantean. Lo que se puede traducir que el trabajo que realiza no se alinea con la legalidad y con la decencia. Es una especulación un tanto atrevida, pero la actitud de este gobierno le delata. Es realmente imperdonable asistir miércoles tras miércoles como el gobierno de la nación trate de ocultar la labor que lleva a cabo. Aunque más imperdonable, si cabe, es el que mienta a los ciudadanos. En demasiadas ocasiones, hemos comprobado que el gobierno nos estaba mintiendo. Hemos asistido a sesiones de control donde se nos estaba rindiendo cuentas con argumentos falsos. Esparcen bulos cuyo eco ha llegado más allá de nuestras fronteras colocando a nuestro país en una comprometida situación en el ámbito internacional.

Hemos visto cómo el presidente del gobierno y algunos de sus ministros insultaban a mandatarios de diferentes países. Lo hacían con el presidente de Argentina, Javier Milei o el de los EEUU, Trump, incluso con el primer ministro israelí Netanyahu. Todo ello como pantalla para eludir la responsabilidad que es en este caso y como señalaba, responder a la oposición. Al no prestarse a una fiscalización trasparente se recurría a la mentira, al bulo incluso a una salvaje infamia. Hechos que reflejan una falta total y absoluta de respeto a la sociedad. Un gobierno como el que sufrimos en la actualidad demuestra que no está capacitado para estar al frente de un país democrático. Los ciudadanos no nos merecemos que se nos trate como menores de edad a los que hay disfrazar la verdad para evitar interpretaciones erróneas.

La sociedad española tiene la suficiente madurez democrática que no necesita que nadie la tutele y menos que le mientan. Por tanto, el gobierno de la nación, como he señalado anteriormente nos ofende de una manera consciente. Desde que Sánchez se encuentra al frente, la sociedad ha experimentado un rechazo cada vez más intenso sobre todo lo que esté alrededor de la izquierda y en mayor medida del socialismo, del PSOE. La respuesta son las recientes derrotas en los comicios autonómicos, Extremadura y Castilla y León. Son dos ejemplos muy claros del hartazgo de la sociedad con este gobierno. Nunca, ningún gobierno en las casi cinco décadas de democracia ha mentido tanto a la sociedad. Sánchez recurre una y mil veces a la mentira porque se ve incapaz de gestionar decentemente este país. Aunque no nos debería sorprender. La corrupción en la que se allá inmerso le está arrollando como una catarata. Pero lo lamentable es que está arrastrando a este país a un abismo del que será muy difícil de salir.