Este septiembre, más de 13.000 alumnos han desaparecido de las aulas vascas. Y no, no se han mudado en masa a otra comunidad ni han dejado los estudios; simplemente, no han nacido. El dato, que podría parecer anecdótico, es en realidad la expresión más clara de una crisis estructural. El propio EUSTAT (Instituto Vasco de Estadística) lo confirma: con una tasa de fecundidad de 1,2 hijos por mujer, Euskadi se sitúa entre las regiones con menor natalidad de toda Europa.
– Políticos que miran hacia otro lado:
Ante este panorama, la respuesta del Gobierno Vasco es convocar mesas de diálogo, hablar de pactos contra la segregación y reorganizar plantillas de profesores. Se trata de medidas superficiales que no abordan lo esencial: sin niños, no hay escuelas. El problema no es de ratios ni de equidad, sino de que las familias no pueden o no se animan a tener hijos en un entorno económico y cultural cada vez más hostil hacia la maternidad.
– La inmigración como parche temporal:
Se insiste en que la llegada de 8.000 alumnos extranjeros alivia la situación. Pero la inmigración, siendo positiva y necesaria en muchos casos, no puede convertirse en la única estrategia para sostener un sistema educativo que se desmorona demográficamente. No podemos resignarnos a que el futuro de nuestras aulas dependa de la sustitución poblacional mientras seguimos sin políticas eficaces de apoyo a la natalidad.

– La concertada, víctima colateral:
El cierre del colegio Osotu Lanbarri en Güeñes, con más de 200 niños, ilustra perfectamente la deriva actual. Familias comprometidas con la educación de sus hijos han visto cómo se cerraba un centro viable y necesario, mientras la administración se limitaba a reubicar alumnos y callar. La red concertada, que es elegida libremente por miles de padres, corre el riesgo de convertirse en la gran sacrificada del desplome de matrículas.
– Tres medidas urgentes:
Desde mi punto de vista, si queremos revertir esta tendencia, necesitamos actuar ya, y es por ello por lo que propongo las siguientes tres medidas: 1. Políticas familiares reales: incentivos fiscales a la maternidad, ayudas a las familias numerosas y un modelo fiscal que deje de penalizar a quienes deciden tener hijos. 2. Conciliación efectiva: apoyo económico directo a la crianza, horarios laborales compatibles y servicios de guardería accesibles. 3. Defensa de la libertad educativa: la pluralidad que garantiza la red concertada debe blindarse frenta a tentaciones ideológicas que buscan recortar su espacio.
– El gran reto cultural:
El EUSTAT alerta de que, si nada cambia, en los próximos diez años el número de alumnos puede caer en otros 30.000. Y no habrá mesa de diálogo ni comité interinstitucional capaz de revertirlo. La pregunta es sencilla: ¿queremos un País Vasco con aulas llenas de vida, o resignarnos a ser una sociedad envejecida que celebra como éxito cada nuevo parche demográfico? La respuesta debería ser igual de clara: apoyemos a las familias, defendamos la natalidad y protejamos la libertad educativa. De lo contrario, nos encontraremos con escuelas vacías, pueblos sin niños y un futuro totalmente hipotecado.


