El camino hacia una verdadera paz.
“Aunque cambiar la conciencia de los seres humanos es difícil, es la única manera de lograr la paz«, EL DALAI LAMA
Aprovechemos el dolor ajeno para aprender, antes de que se haga propio. En los esfuerzos por conseguir la paz, se dice que hay que ir a la raíz del problema, es decir, se necesita un diálogo radical para superar cualquier conflicto. Ir a la raíz significa tratar de comprender y aceptar, lo que ha originado el odio y la violencia. Significa también el tratar de integrarlo curativa y creativamente en una perspectiva de conciencia superior, por encima de todo doloroso dualismo, como dijo el gran Raimon Panikkar. Y superior viene de superar, creando un modelo tan amplio y acogedor como para justificar y dar una sana salida a toda emoción negativa, a todo laberinto de pasiones, uno que consiga despolarizar toda violenta confrontación y ofrezca un nuevo sentido positivo a la vida y una solución global. Y eso es posible.
Cuestión de intuición, imaginación, creatividad, receptividad y humildad, así como de una extraordinaria capacidad espiritual hasta arribar a una reconciliación con la tolerancia y el amor a los diferentes. Y por fin, altas dotes intelectuales que sean capaces de ofrecer nuevas e inéditas ideas para la integración de grandes complejidades en soluciones sintético-superiores que acojan la totalidad. En definitiva, unas características que la experiencia ha demostrado una y mil veces ser las virtudes de la que tanto adolece esa dudosa entidad conocida como la política profesional, siempre encerrados en el ego y el laberinto de un repetitivo y limitado idioma babilónico.
¿Y qué significa la palabra diálogo? El concepto de diálogo en nuestro medio es empleado como un disimulado intento de imposición de una parte sobre otra, una negociación como pulso por el poder sobre la realidad externa, en definitiva. Pero eso no es diálogo (por definición: cosa de dos) sino, como mucho, lucha de monólogos interiorizados, sin comunicación real posible, ambos emocionalmente enfermos. Para empezar, es inútil dialogar con nadie interiormente alterado. Por eso, cualquier diálogo genuino necesita mediadores, no intermediarios. Los primeros son seres con conciencias que pueden, por empatía, meterse en el alma y conciencia de todos los contendientes por igual, hasta ser capaces de lograr que cada uno de ellos se ponga en la piel del otro, en cosmovisión del enemigo. Y es la empatía el preludio del amor ágape.
El mediador es capaz de integrar dos almas opuestas dentro de sí mismo, superando de esta manera toda paradoja y dualismo. Sólo así podrá lograr credibilidad para todas las partes. Es capaz de expresar a todos desde sí mismo, sin intentar cambiarlos. El mediador integral es lo opuesto de un intermediario, que se mete o entromete en medio, pero al nivel del conflicto, no estando su conciencia lo suficientemente evolucionada para acoger la totalidad del problema y todos los enfrentamientos desde arriba, es decir, desde un nivel supraconflictivo y supralaberíntico. En cambio, el mediador sí está capacitado para acoger en su seno, pacíficamente, la globalidad, sin que ésta divida su más evolucionada y ascendida conciencia en dos.
Resumiendo, el concepto de intermediario es opuesto al de mediador. El intermediario es el que sitúa en el medio, al mismo nivel de un conflicto aparentemente irresoluble, nunca por encima del laberinto, que es desde donde se puede ver la salida correcta. Por ello, no puede tener credibilidad, pues no pertenece en cuerpo y menos en alma, a ninguna de las posturas enfrentadas. Tan sólo trata de comprar algo de una parte para vendérsela a la otra. No tiene ideas propias, no es capaz de comprender. Por eso, en Oriente Medio se necesitan mediadores más que intermediarios, que pueden conseguir logros puntuales, pero que, a lo más, buscan el beneficio propio y egocéntrico, y a la larga esto será nefasto, inútil y cínico. En otras palabras: Donald Trump.
¿Pero quién puede mediar en una guerra cuyos protagonistas son Alá y Yahvé, que se disputan la Explanada de las Mezquitas para salvar desde allí el alma de sus seguidores? Tal vez un macro-Dios integrador de ambos nombres que fuera capaz de volver a (re)humanizar a los contendientes. Porque una religión genuina, si eso existiera en realidad, es una de vida, no la que sus rabinos y ayatolas predican, de muerte y odio. Así que, por ahora, la Nueva Jerusalén, esa novia de lo genuinamente divino de la que habla La Biblia tendrá que seguir a la espera de mejores pretendientes, mediadores y políticos más sabios y, sobre todo, menos desalmados, narcisistas y pretenciosos. La paz es posible, pero no sin tu ayuda.


