El buen propósito de la asistencia social se ve comprometido por la falta de límites y de orden

La admisión por parte de algunos ayuntamientos españoles de que los servicios sociales municipales están al límite, debido al incremento de las necesidades ciudadanas, es un claro aviso de que el modelo actual de protección social, tal como lo hemos diseñado, necesita una profunda reflexión. En principio, no se puede más que estar a favor de que el Estado y, por ende, los gobiernos locales habiliten redes de solidaridad, apoyo y auxilio para quienes más lo requieren: personas en situación de vulnerabilidad, familias con dificultades o ancianos que dependen de cuidados. Esa es una obligación moral, una tarea noble y una pieza esencial de una sociedad que se considere justa. Pero reconocer que “los recursos sociales están tensionados” o en otras palabras, “saturados” debe llevarnos a plantear dos preguntas: ¿por qué se ha llegado a esta saturación? y ¿cómo podemos reorganizar los medios para que la solidaridad no se convierta en signo de agotamiento estatal?

Causas: la demanda creciente y la ausencia de contención

Por un lado, la demanda de ayuda ha crecido, algo que, desde mi punto de vista, no puede sorprender debido a múltiples factores: crisis económicas, subida de costes vitales, más personas movilizadas por el desempleo, las migraciones, los nuevos perfiles de vulnerabilidad… Pero no basta con señalar el aumento de la demanda: también hay que contemplar que la oferta de recursos no parece haber crecido al mismo ritmo, o al menos no de la forma más eficiente. Que los servicios digan que están “tensionados” indica que han llegado al tejado sin que se haya previsto una expansión proporcional.

Por otro lado, desde una perspectiva conservadora es legítimo preguntarse si no se han difuminado los criterios de elegibilidad, de responsabilidad personal y comunitaria. Cuando los recursos sociales se abren sin una evaluación rigurosa, sin fomentar la autosuficiencia o sin distinguir claramente entre ayuda puntual y permanencia estructural, se corre el riesgo de que el sistema pase de ser un aval de protección a convertirse en un modo de vida. Eso no sólo genera dependencia, sino que agrava la presión sobre los servicios y obliga a que otros grupos en situación menos grave esperen o queden relegados.

Consecuencias: el riesgo de perder eficacia y equidad

Cuando los servicios sociales locales de muchas ciudades reconocen estar saturados, las consecuencias pueden ser varias. Primero, una pérdida de calidad. Si los trabajadores sociales o los programas municipales de atención tienen que asumir más casos de los que pueden atender con garantías, el resultado será una atención más superficial. Segundo, una menor equidad. Aquellos con menores ingresos, sin redes familiares o comunitarias que los apoyen, podrían ser los más perjudicados cuando los recursos se estiren. Tercero, una erosión de la confianza ciudadana. Cuando el sistema muestra signos de colapso, se corre el riesgo de que los contribuyentes, que financian esos recursos, cuestionen su sostenibilidad o su correcta gestión.

Además, desde el sentido común conservador, hay que subrayar que la solidaridad no puede significar indefensión del orden: el Estado debe facilitar, no reemplazar; acompañar, no suplantar. Si la intervención social se convierte únicamente en gasto, sin exigencia de corresponsabilidad, sin fomentar la dignidad del individuo, sin apuntalar la familia como célula básica de apoyo, entonces la sociedad pierde parte de su cohesión.

Propuestas

Para recuperar la eficacia del sistema y aliviar la tensión que existe, se podrían aplicar los siguientes principios:

  • Revisión de criterios de prioridad y de intervención: definir con claridad qué casos son urgentes, cuáles tienen carácter estructural y cuáles pueden derivarse hacia modelos más ligeros de apoyo comunitario o privado. No todos los casos exigen igual intensidad de intervención pública.
  • Fomento de la autosuficiencia y la transición de la dependencia: los programas sociales deben incluir caminos de salida. Ayudar para que alguien vuelva a valerse por sí mismo.
  • Impulso de la familia, la comunidad y el voluntariado: los servicios públicos no deben absorber todo el protagonismo. Asociaciones, entidades locales y movimientos ciudadanos tienen un papel que reforzar. Dejar que sea “el Estado quien lo haga todo” no sólo encarece, sino que debilita el capital social.
  • Control del gasto, evaluación de resultados y transparencia: si los recursos están tensados, hay que asegurar que se emplean donde más impacto generan. Medir resultados, agotar burocracia innecesaria y priorizar programas basados en resultados reales.

Reflexión final

La saturación de los recursos sociales no es sólo un problema de capacidad, sino el síntoma de un modelo que ha confundido solidaridad con asistencialismo. No basta con destinar más presupuesto o ampliar plantillas: la cuestión de fondo es qué tipo de sociedad queremos construir. Una sociedad que apueste por la responsabilidad compartida o una que delegue todo en la administración, convirtiendo la ayuda en un hábito y no en una oportunidad de recuperación.

La verdadera justicia social se alcanza cuando la ayuda pública es un trampolín, no una red perpetua. La asistencia debe sostener, pero también impulsar; debe proteger, pero sin ahogar la iniciativa personal ni el papel insustituible de la familia y la comunidad.