Los suicidas no van al cielo. Por Ignacio Tusurya de Huegun

Nos ha chocado a todos aquellos con un mínimo de sensibilidad el caso de esa pobre adolescente violada por chicos tutelados cuya procedencia podemos adivinar aunque no haya trascendido, que se ha acogido al derecho de ser legalmente asesinada por el Estado a través de la Sanidad pública contra la férrea e inútil oposición de su padre, un ogro cruel cristiano sin sentimientos. Inmediatamente se han oído voces bienintencionadas, sin duda, pero ignorantes y borreguiles, diciendo que los desgraciados que se suicidan van al Cielo, como se ha insinuado en este medio, sin darse cuenta de que con su buenismo están alentando a que otros malhadados sigan el mismo ejemplo, para gozo del Diablo.

Y aunque en su análisis critiquen o condenen la eutanasia, o asesinato consentido, teológicamente se equivocan, primero porque no hay nadie en el Cielo todavía (con muy contadas y egregias excepciones), ya que ni carne ni sangre entrarán en el Reino de Dios: sin resurrección no hay Cielo, y así las almas de los santos están hoy en el Seno de Abraham, bajo tierra, y no en el Cielo, y sus cuerpos en los sepulcros; y segundo, porque el suicidio es el camino más corto para ir al infierno eterno. No me dirijo en este artículo a todos aquellos malnacidos gnósticos progresistas que no creen en Dios, ni en el Cielo ni en el infierno, porque lo que aquí se diga les va a resultar absolutamente indiferente, porque o son malvados, o enfermos mentales, ya que ni Satanás es ateo.

La existencia de Dios es algo que la inteligencia se ve forzada a aceptar por razón, no por fe, por motivo del principio de causa-efecto. El hombre es religioso y espiritual por naturaleza, y si no cree en el Dios verdadero creerá en un dios falso, en un ídolo, o en sí mismo; el ateísmo teórico es imposible, y el práctico, vivir como si Dios no existiese, es posible, por estupidez o maldad, pero sólo a través de la adoración y fe dadas a otro dios. Sin embargo, el destino sobrenatural del hombre y de la humanidad es real e ineludible, y el no querer ver las cosas no va a impedir que éstas sigan su curso imparable: el bien será recompensado, y el mal será castigado, no acabarán igual buenos y malos, y en el Cielo no estarán juntos aquéllos que luchan por la vida y aquéllos que luchan por la muerte, ni los que libre y conscientemente deciden suicidarse.

Me dirijo quizá en este artículo a aquellas gentes de buena voluntad que tienen aún sentido común y discernimiento entre el bien y el mal, y que esperan en la bienaventuranza para los justos y en el castigo para los malvados, si no es en esta vida, al menos en la otra. Gente muy confundida por pseudo-curas okupas que han hecho de la Iglesia Católica una abominable ramera hasta el punto de haberles hecho perder la fe. Porque la Iglesia siempre nos dijo que el suicidio es intrínsecamente malo e injusto, por disponer de algo, la vida, que no nos pertenece, y por impedir el ejercicio de la voluntad de Dios en nosotros, la cual muchas veces se vale del mal causado por el pecado original en el ser humano para obtener un bien, no necesariamente en esta vida, sino en la otra: el misterio del mal radica precisamente en la voluntad libre del hombre caído, y la labor de Dios es, por la gracia, hacer bien de este mal, en orden a la salvación eterna.

O aceptamos el ejemplo de la cruz de Cristo en nuestras vidas, asumiendo para bien todo mal que nos venga, o la cruz nos será impuesta por fuerza, y aquél que quiera librarse de ese peso por la puerta de atrás, siempre y cuando su decisión sea meditada y libre, se condena irremisiblemente, y no va al Cielo al fin del mundo ni nunca, porque antes de ese momento no se puede ir. Pero sobre todo, escribo este artículo en legítima defensa propia, porque sabido es que todo mal elevado a la categoría de derecho, como el asesinato consentido, al final acaba siendo una obligación para todo ciudadano improductivo y no funcional que suponga un grifo abierto para el erario público.

Abominable Babilonia

La digitalización, el coche eléctrico, la cuenta bancaria, la educación y la sanidad públicas, el sexo desordenado, el divorcio, el feticidio, las nuevas formas de matrimonio, el feminismo, no son derechos, son imposiciones con el fin de transformar radicalmente la sociedad privándola de sus fundamentos naturales. Usted no puede funcionar sin móvil, sin vehículo ecológico, sin banco, sin escolarizar a sus hijos, sin ser sometido a tratamientos nocivos sobre su salud, radio, quimio, vacunas de grafeno y drogas varias; usted no puede formar una familia cristiana, teniendo los hijos (blancos) que usted quiera y yendo de macho alfa o de mujer modosa y sumisa por la vida. Y mucho menos ser un fascista. Usted ya no puede ir a caballo a los sitios, como en la época de los vaqueros. Usted no puede pretender seguir viviendo a cuenta del Estado sin producir.

Usted, simplemente, no puede ir en contra de los tiempos, en pleno siglo XXI. Usted debe progresar o ser liquidado y convertido en nutritivo Soylent Green. Efectivamente, los suicidas no van al Cielo, y esta nefanda sociedad nacida de la Revolución asesina de 1789, continuada en la de 1917, va camino de su suicidio al haber dinamitado todos los fundamentos naturales que constituyen el orden social, basado en la raza y en la familia, en una recta Filosofía que permita la correcta inteligencia de la realidad,  y en una moral concebida a la luz de la religión en el único Dios verdadero y de la ley natural de las cosas. La cruz de la que se despojaron esta legión de desgraciados que nos rodea pronto les será impuesta por fuerza, y aquéllos hombres de buena voluntad que tengan la gracia de vislumbrar el colapso de esta abominable Babilonia, sepan que su liberación del poder del Faraón está próxima.