Musulmán el que no vote. Por Ignacio Tusurya de Huegun

Hemos oído estos días voces escandalizadas por los gritos multitudinarios de la ciudadanía española habidos en el estadio de un club de fútbol instando a la gente a saltar bajo pena de ser tildado de musulmán. Dicen estas voces tan autorizadas como ignorantes, periodistas y políticos a sueldo del Capital, que se trata de gritos racistas inaceptables, atribuibles sólo a una minoría intolerante de cafres de ultraderecha, sin caer en la cuenta que el Islam, pues de éste término que significa sumisión viene el de musulmán que significa sometido, no se refiere a una raza sino a una creencia religiosa, de modo que cualquiera, blanco, negro o de la raza que sea, puede adherirse a ella y ser con ello musulmán.

Vamos a aprovechar esta noticia para informar aquí de forma breve y amena a nuestros lectores sobre los entresijos ocultos de esta secta diabólica, según palabras de San Pablo, no mías, cuando afirma que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios se lo sacrifican, y no a Dios. En primer lugar diremos que el Islam es una mezcolanza tardía del talmudismo judaico y de herejías cristianas que negaban la Trinidad divina. Los judíos, ya en tiempo de Jesucristo y antes, habían dejado de lado la religión mosaica escrita del Antiguo Testamento, en el que no creen en absoluto, para caer en un fariseísmo sinagogal que seguía una supuesta ley oral revelada a los setenta ancianos en el monte Sinaí, que con el tiempo vino a constituir el Talmud como su Teología moral sobre la base de la Cábala como su Teología dogmática, absolutamente al margen de las Escrituras.

Mahoma fue un político muy inteligente que supo asociar el paganismo idolátrico de los cultos arábigos al dios lunar Shin con el talmudismo judaico extendido por todo Oriente Medio y el Mediterráneo entre prosélitos de diferentes razas, judíos de religión y no de raza, por tanto, y con el cristianismo nestoriano imperante en esa zona que negaba la Trinidad y la divinidad de Jesucristo. No debe extrañarnos, por tanto, que los llamados cinco pilares del Islam no sean otra cosa que el remedo de prácticas cristianas anteriores, y así tenemos la profesión de fe o credo, la oración en maitines, vísperas, completas, etc. propio de los monasterios, la limosna, el ramadán o ayuno cuaresmal, y la visita a los santos lugares, en origen Jerusalén.

Como el judaísmo talmúdico,  el Islam es una religión rudimentaria, formalista, irracional, confusa, contradictoria, hipócrita y basada exclusivamente en una fe simplona y ciega, sin ninguna gracia divina, con tan sólo cinco ritos básicos, fe que disculpa las obras malas, con amplia licencia para el vicio (lujuria poligámica y pedófila, gula en las noches de ramadán) y para el mal en relación a los infieles, las mujeres y los esclavos, todo en un contexto fatalista carente de toda espiritualidad interior, a lo que hay que añadir su división en diferentes escuelas y sectas opuestas. Su fe es negativa, de modo que su credo o shahada es una negación constante y repetitiva de la Trinidad en reconocimiento de un dios unipersonal que San Pablo se encarga de recordarnos que no es otro que Satanás. Arremete contra los asociadores, musherikun o trinitarios, es decir, los cristianos, a los que insta a exterminar: Matad a los cristianos porque son infieles y no creen en Allah (Corán 9, 29). Los cristianos incrédulos son los peores seres de la Creación (98, 6). Allah aterroriza a los cristianos (59, 2). Matadlos a todos dondequiera que los encontréis: atrapadlos, asesinadlos, tendedles trampas (9, 5). Ejecución, crucifixión y amputación de manos y pies (5, 83). El combate (yihadcontra el infiel es obligatorio para el musulmán (2, 216).

Realmente, eso que llaman fundamentalista, yihadista musulmán radical no es más que un musulmán ortodoxo, teniendo en cuenta que el Santo Corán es un dictado divino de Allah a su profeta, y no admite ni discusión ni interpretación, aunque en el batiburrillo de textos contradictorios que este libelo contiene siempre habrá algún hereje musulmán que nos encuentre versículos sobre la bondad de las gentes del libro o sobre la paz y la caridad debida al prójimo, que suele ser lo que citan los imanes cuando les pregunta algún periodista o hablan con algún político.

Aunque, realmente, la parte más truculenta del Islam no está en el Corán, sino en una serie de libros que los imanes procuran no traducir ni enseñar a los infieles, libros que se llaman los jadices o dichos del Profeta, que Fulanito dijo que Menganito dijo que Zutanito dijo que Mahoma dijo, básicamente, y que también son dictado divino. Ahí encontraremos desde detalles muy precisos para lapidar a una mujer o educarla a palos, hasta las fórmulas a emplear para entrar y salir del baño y limpiarse el ano con la mano izquierda, que es con la que los musulmanes acostumbran saludar a los incautos infieles, poniéndola sobre su hombro.

El Islam se opone a todo lo que no sea él mismo, y tiene una vocación totalitaria y mundialista, como el marxismo, no distinguiendo entre orden civil y religioso, y dividiendo la Tierra en dos zonas, la que denomina la sometida o islamizada, y el resto, que es territorio de guerra y conquista (Dar el islam y Dar el harb): hasta la sumisión del infiel y que sea sólo el Islam el que impere (2, 193). Desde que Algacel allá por el siglo XI prohibió toda especulación racional o teológica sobre religión, el Islam permanece estancado y alejado de todo avance filosófico, técnico o científico, materias en las que en tiempos anteriores manifestó ciertas luces exclusivamente en territorios heterodoxos dominados por ciertas razas, como la España omeya y la Persia chiíta: Por sus frutos conoceréis el árbol. Aparte de que el Corán prohíbe toda discusión religiosa con un infiel. Es una última revelación divina que no aporta nada y amputa a su gusto y persigue con saña a las anteriores, mosaísmo y cristianismo, confeccionando un auténtico engendro intragable, repetitivo y contradictorio que es en lo que consiste el Corán.

Tres motivos

El Islam carece de notas de divinidad ni motivos de credibilidad, sin profecías, milagros, santos, misterios, sobrenaturalidad ni vida espiritual, aparte de la herejía sufita, y su extensión se ha realizado a través de la emigración progresiva (hégira) hasta formar masa crítica y la ulterior conquista a sangre y espada. Es profundamente racista con afirmaciones como la de que los musulmanes son las mejores criaturas (98, 7) y los árabes son la mejor raza (3, 110). La mentira es la regla básica de comportamiento hacia el infiel cuando todavía no puede ser sometido: Que los creyentes no tomen a los infieles como amigos en preferencia a los creyentes; quien haga esto no tiene conexión con Allah, a menos que sea que sólo se protejan de ellos, para estar a salvo (3, 28).

Sobre el ánimo que pueda mover a nuestros periodistas y políticos escandalizados con el fin de reprimir la memez de unos cánticos espontáneos del público en un estadio de fútbol, sólo apuntaré tres razones, para reflexión de los lectores, pues está claro que la libertad religiosa o el amor al extraño no es motivo de su interés, al contrario que la Conferencia Episcopal de okupas de la Iglesia: una, el deseo del Capital en obtener mano de obra barata incrementando su oferta para, tras el holocausto de millones de niños españoles abortados desde 1985, acabar con los derechos y ventajas laborales y sociales conseguidos por la legislación franquista de inspiración netamente falangista. Dos, crear una nueva población española a base de razas menos belicosas, menos inteligentes y menos problemáticas que la celtíbera, a la que hay que abortar o mezclar en puré tutti-frutti en eso que la señora Irene Montero ha reconocido públicamente como gran remplazo. Y finalmente, la creación de un nuevo proletariado en la dialéctica marxista de explotador-explotado, en este caso nacional español versus inmigrante racializado, para alimentar las urnas con la polarización derechas-izquierdas que siga dando de comer a nuestros egregios políticos franquiciados por el Capital, desde Podemos hasta VOX. ¡Musulmán el que no vote!