El partido morado firma su sentencia de muerte en Aragón al obtener por primera vez desde su fundación cero escaños
Aragón puede recordarse como la tumba definitiva de Podemos. Sí que es cierto que el partido venía mostrando síntomas de enfermedad, al igual que algunos de sus miembros, pero el descalabro en las elecciones de Aragón vienen a demostrar que el partido morado ya resuene más en los ecos de un pasado oscuro que en cualquier atisbo de presente. Es la primera vez desde su creación hace diez años que no obtiene ningún representante en una región grande. A última hora, Irene Montero pensó que su verborrea y sus gritos en la campaña aragonesa iban a variar en algo el guion que vienen escribiendo últimamente. Por no entrar en el fondo de su última premisa, sustituir a los españoles ‘fachas’ por extranjeros. Ha querido morir matando.
El reemplazo ya está aquí, el reemplazo de Podemos en el tablero político, no el que ellos promueven. En este caso, le echa de la partida VOX, que ha vuelto a doblar resultados, igual que ocurrió en Extremadura. Porque si Podemos observa las elecciones extremeñas, los siete escaños que rascó allí le parecerán ahora una barbaridad. Pero en Aragón estaba destinado al fracaso. Contaba con solo un voto en las pasadas elecciones, el cuál también ha sido sesgado de raíz, y lo que queda ahora es un desierto donde las bolas de polvo pasan de tanto en tanto movidas por el viento. La absoluta nada, vaya. Quizás ahora Ione Belarra ya no se saque de la chistera el frasco de lágrimas fachas con el que ironizó en una campaña que no sirvió para nada, sino para ahondar en el ridículo.
Aragón no está para tonterías. A Podemos ya le tenía señalado, pero ahora lo ha acabado de dejar moribundo. Un partido que solo sirvió para captar el descontento inicial de un país que iba a la deriva, para engañar, para crear polarización, para enfrentar a la sociedad y, en definitiva, para enfangar más un país mientras la casta del partido se enriquecía a la vez que disertaba sobre las bondades del comunismo. El partido de Iglesias y Montero, de la mansión de Galapagar y del «hermana yo sí te creo«, una ley que se acabó llevando por delante a uno de los promulgadores, Ínigo Errejón, un dislate absoluto. Un partido más del régimen del 78 que no ha servido sino para crear odio y confrontación.
Ahora, Podemos podrá seguir hablando de reemplazos, podrá seguir apretando los dientes, levantando la voz, odiando a los hombres, pero lo que es cierto que las caras de odio de Montero ya no interesan a nadie. En Extremadura, la coalición ‘tripartita’ de izquierdas salvó los muebles, pero lo de Aragón no es más que un indicador de lo que va a pasar en el resto de España en los próximos comicios: Castilla y León en marzo. La caída del PSOE es evidente, pero el partido de extrema izquierda ya empieza a ser una sombra andante. La formación había obtenido escaños de forma constante desde su entrada en la política autonómica española en 2015. Una muerte anunciada.


