El problema demográfico español. Por Fernando Cuesta

La actualidad social y política se encuentra topada y cubierta casi totalmente por la corrupción que envuelve al socialismo, y a todo aquello que está bajo su influencia. Algo que es de una gravedad muy notoria ya que dicha corrupción está colocando al sistema democrático de nuestro país al borde de una crisis de consecuencias incalculables si no se frena de manera rápida y respetando los cauces legales.

Es decir, aplicando la ley sin atajos como ocurrió en alguna etapa de nuestra historia que, para luchar contra el terrorismo de ETA, se quiso llevarlo a cabo de espaldas a la ley formando un grupo que operaba de manera semejante a los terroristas, pero contra ellos que se denominó Gal, en los tiempos donde se encontraba al frente del gobierno el PSOE con su líder a la cabeza, Felipe González (¿señor X?), en un paralelismo con lo que ocurre en la actualidad.

Pero siendo este episodio notorio, en nuestro país existe, como se dice coloquialmente, vida más allá de la corrupción. Aunque tal vez, se pueda considerar que forma parte, a lo que me voy a referir, un apartado del vicio de algunos aspectos políticos.

La tasa de reemplazo social de nuestro país va acentuando su particular crisis. El número de fallecimientos en España va incrementándose sin que el número de nacimientos tienda a compensar la cifra de defunciones para, por lo menos, equilibrar la balanza. En definitiva, mueren más ciudadanos de los que nacen, lo que deriva en una pérdida de población. Perdida que se compensa a través de la emigración, pero no deja de ser un parche. Un remedio temporal que no resuelve el verdadero problema.

Los ciudadanos de este país no parece que estén dispuestos a renunciar a algunas de las ventajas que conlleva el no tener herederos y máxime en la actualidad, ya que un nuevo miembro de la familia se considera que va a desdibujar el proyecto de vida de futuro y por tanto es una carga muy pesada. Sin contar que el no tener el número de descendientes suficientes es una amenaza para un importante deterioro de las pensiones.

A pesar de un déficit poblacional, si nos atenemos a lo que nos indican las estadísticas, también veremos que la emigración de los últimos años está siendo tan intensa que ha hecho que se haya incrementado el número de ciudadanos de manera muy importante. Es decir, gracias a quienes han venido de fuera de nuestro país se ha contribuido a ese aumento de la población y se ha amortiguado ese desequilibrio de la población. En los últimos siete años el número de habitantes de España ha crecido en unos dos millones de ciudadanos, fruto de esa creciente emigración.

Tenemos entonces un reto muy difícil por delante. La sociedad, a través de los responsables políticos, tiene el deber de diseñar políticas para el reforzamiento de esa tasa de repoblación ciudadana. Los representantes de la sociedad deberían valorar las políticas que hasta ahora se venían llevando a cabo en relación a la familia.

De un tiempo a esta parte se ha vaciado de contenido el significado de la familia hasta el punto de confundir a la sociedad. Desde el progresismo de la izquierda se ha desdibujado el significado y el valor de la familia y se ha llevado a construir un capítulo en el que existen varias clases de familias. Se ha considerado que una familia puede estar formada por personas del mismo sexo. Es algo que no guarda el concepto y el verdadero valor significativo de lo que es una familia. Lo cual no quiere decir que la unión de dos hombres o dos mujeres sea algo negativo.

Pero no debemos confundir esa libertad y todos los derechos de las personas a convivir con otras del mismo sexo que sea una familia convencional. Es un acuerdo de convivencia y que no es un matrimonio, aunque oficialmente se les denomina de una manera errónea.

Aborto

Porque la familia al uso convencional puede albergar a descendientes sin recurrir a métodos artificiales, salvo si un miembro del matrimonio o los dos la naturaleza u otras incidencias se lo impiden. La familia es la columna vertebral de las sociedades. Sin esa unión, el matrimonio civil, religioso o sencillamente en pareja sin compromiso de normas y leyes civiles o eclesiásticas, o ambas, no se refuerza y no se trata de incentivar, la sociedad va perdiendo nervio y entra en una tremenda crisis existencial.

Los poderes del estado, sobre todo el ejecutivo y legislativo deben poner los medios necesarios para fomentar y aumentar el número de nacimientos. Porque el colocar el aborto voluntario como un derecho no solo es una grave equivocación. Es un atentado contra la naturaleza y, lo que es peor, es contribuir al crimen de un no nacido al que no se le da la oportunidad de opinar sobre su futuro. Los responsables políticos tienen una gran tarea y no es otra que evitar entrar en una crisis crónica existencial, reforzando a las parejas de hombres y mujeres, para que haya un aumento significativo de la natalidad. Deben reforzar la ayuda a las familias para evitar la esterilidad voluntaria de la pareja.

Porque el aumento de personas que viven solas de manera voluntaria es más que escandalosa y eso significa una renuncia a ese relevo generacional. Porque es muy entendible que la actualidad, en la vertiente económica, contribuye casi al cien por cien a dimitir como padres sin llegar a serlos. Pero la culpa de esa dimisión como padres no solo recae sobre los renunciantes, también contribuye a esa renuncia el político. Es, desde “el altar de la política”, la homilía debe cambiar para reorientar nuestro futuro y de esa manera la pirámide demográfica reforzará la base para evitar que se derrumbe.